Las últimas encuestas ya no permiten hablar de un fenómeno pasajero. Aliança Catalana se ha consolidado como segunda fuerza política y, de mantener su crecimiento, no sería extraño que en 2028 disputara al PSC la primera posición. Su ascenso responde a la confluencia de varios fracasos políticos y culturales.
La primera tentación consiste en explicarlo únicamente por la inmigración o la inseguridad. Sin duda influyen, pero no bastan para entender la dimensión del fenómeno. Recordemos que en 2024 Aliança solo obtuvo el 3,78% de los votos emitidos y dos asientos en la cámara catalana.
El terremoto revela el agotamiento de un sistema político que durante décadas ha vivido instalado en demasiados lugares comunes. Basta el ejemplo de la escuela catalana, de la que hasta hace no pocos años se afirmaba que era un modelo de éxito.
O el colapso de las infraestructuras, particularmente de las autopistas, que ahora se reclaman vuelvan a ser de pago tras haber presentado la supresión de los peajes como un gran éxito.
Resulta llamativo que Sílvia Orriols defienda la restauración de un Estado catalán cuya existencia pertenece a la mitología. Sin embargo, ese nacionalismo medieval no solo no le resta apoyos, sino que atrae votantes desde Junts hasta la CUP, pasando por el PSC.
La razón es sencilla: durante décadas el nacionalismo ha impregnado la vida pública catalana con la afirmación de que la nación catalana es anterior a 1714. Quien acepta sin discusión la existencia de un sujeto con siglos de historia difícilmente puede escandalizarse porque alguien lleve esa lógica hasta sus últimas consecuencias.
Existe además una paradoja. A Orriols se la califica de xenófoba, pero resulta difícil encontrar en ella planteamientos tan etnicistas como algunos formulados en su día por Oriol Junqueras.
Su discurso sobre la inmigración pivota sobre la integración cultural, la seguridad y las prestaciones sociales, no sobre una supuesta identidad biológica de los catalanes.
Aliança tampoco puede entenderse solo en clave nacional. Orriols encarna un nuevo tipo de liderazgo: habla sin paños calientes. Canaliza el hartazgo frente al buenismo, el wokismo y un progresismo más preocupado por la superioridad moral que por resolver con pragmatismo los problemas cotidianos.
Defiende la energía nuclear para preservar la industria catalana; critica la hipertrofia de la Generalitat, con un exceso de altos cargos, organismos y gasto político que alimenta más a los partidos que a los ciudadanos; y reivindica la propiedad privada frente a unas políticas intervencionistas de vivienda que, por ahora, tampoco están logrando mejorar el acceso a ella.
Ese liderazgo también empieza a atraer a una parte del electorado del PP y de Vox. No tanto por una coincidencia plena como por la percepción de que Orriols representa un liderazgo desacomplejado y con posibilidades reales de ganar.
Si esa tendencia se consolida, no sería extraño que en 2028 una parte del voto útil de la derecha identitariamente española acabara respaldando a Aliança.
Sería un fenómeno paradójico, pero no inédito: durante los años ochenta y noventa muchos votantes no nacionalistas optaron por Jordi Pujol porque lo consideraban el dirigente con más opciones de impedir que las izquierdas gobernaran la Generalitat.
También influye el descrédito de los partidos convencionales. El procés terminó en un fracaso, pero nadie hizo autocrítica. Es más, el Gobierno de Pedro Sánchez, mediante la amnistía, asumió implícitamente buena parte del relato soberanista, dejando políticamente huérfanos a muchos catalanes constitucionalistas.
Tampoco el PSC ha sabido ocupar ese espacio. Salvador Illa ha aportado estabilidad, pero su discurso se parece demasiado al de ERC y, en ocasiones, al viejo pujolismo.
Aliança no representa la negación del procés. Es su heredera más coherente. Desaparecen las máscaras pseudoprogres, el envoltorio europeísta y la retórica inclusiva.
Permanece un nacionalismo que sigue presentando a España como el principal obstáculo para la plenitud de Cataluña y que vuelve a prometer una ruptura política como solución.
Si el procés fue el intento fallido de hacer saltar por los aires el marco constitucional, Orriols propone un nuevo golpe al tablero político adaptado al clima ideológico de hoy.
Muchos votantes independentistas no la perciben como una fuerza de extrema derecha, sino como la continuidad del proyecto abandonado por Junts y ERC.
