Fui a conocerle, a finales de los ochenta, en las oficinas de las Torres Negras de la Diagonal de Barcelona. Su despacho estaba en el penúltimo piso, sin balcón pero con vistas. Quería conocerme, porque era la única persona que salía repetida en las dos listas pedidas a hombres de su confianza —Joan Tapia (director de La Vanguardia) y Xavier Vidal-Folch (jefe de Economía de El País en Cataluña)—.

Josep Vilarasau, ingeniero y economista, estaba ya entonces abriendo oficinas por toda España haciendo posible lo imposible. Y quería cubrir la plaza de director de comunicación de La Caixa.

No entendí, en un primer momento, qué pintaba yo en todo aquello. Pero fui a la cita. Por curiosidad, por cortesía, por ganar una fuente... Estuvimos hablando durante más de una hora. De economía, de mi anterior vida en Inglaterra y Australia, de libros, del Banco de España, de la última ópera escuchada en el Liceu…

Volví a la capital, a mi mesa en la sección de Economía de El País Madrid, segura de haber conocido a uno de los hombres más inteligentes y elegantes de España. Iba, lo supe ya entonces, a revolucionar La Caixa, a hacerla internacional.

Y pronto habría una oficina con la estrella de Miró en cada ciudad española. La idea del logo y de su autor había sido también suya. Por el momento, la caja catalana ya tenía una de las carteras de acciones más importantes de España (Gas Natural, Telefónica, Acesa, Saba, Aguas de Barcelona…).

Enseguida me llegó la oferta, que ni buscaba ni quería. No me veía por aquellos pasillos llenos de corbatas, lo de la puñetera comunicación no era para mí, mejor hablaban con alguien más financiero…

Pero el director general —eso sigue siendo para mí— mantuvo su insistencia; cada vez que viajaba a la capital española, me invitaba a otro café sin azúcar en las oficinas de la entidad, en la Castellana. Me hice amiga de todas las secretarias.

Pasaron meses, hasta que un día, mi marido, periodista del gran periódico de la Transición fundado por Juan Luis Cebrián y Jesús Polanco, me preguntó: "¿Por qué no lo pruebas? Ese hombre parece interesante; aprenderás".

A principios del siguiente año —aún estábamos en los ochenta—, entré por la puerta central de las torres de la Diagonal enfundada en mi único traje de chaqueta, uno azul marino sin gracia alguna; el que llevaba a las ruedas de prensa de las juntas de accionistas.

Y allí me quedé 14 años. Aprendiendo del mejor. De un hombre que ni en los momentos de extrema tensión —durante el inacabable caso de las primas únicas— perdía el talante ni la calma.

Siempre encontraba la solución, una que los demás no imaginaban. Nunca le escuché culpar a nadie. De aquello salimos más grandes, con sucursales por toda la Península Ibérica, también en Portugal, y la idea —también suya— de convertir la gran caja catalana (la de la Vejez y de Ahorros) en un banco.

Justo enfrente de las Torres Negras tenía su sede Banca Catalana, que, como todos sabemos, se desmoronó y dejó en la ruina a sus inversores. Vilarasau no quiso comprarla, y así se lo confirmó a Jordi Pujol, el gran jefe de la Generalitat y del banco quebrado, con quien mantuvo unas relaciones correctas, pero distantes.

Vilarasau nunca aceptó que la política se metiera en la Caja o dictara sus pasos. Cuando no había más remedio, como en el caso de PortAventura, salvaba al muerto, pero se aseguraba de que, quien en el futuro estuviera al frente, no fuera un político, menos aún un turbio empresario, sino un profesional.

Nada que ver con lo que pasó en el resto de entidades de ahorro catalanas, todas quebradas por exceso de hipotecas malas durante la crisis inmobiliaria de 2008.

La Caixa es, hoy, un gigante financiero español e internacional. Es un banco con una acción muy robusta, como quería Josep Vilarasau y ha conseguido materializar Isidro Fainé. El entonces presidente explicó su plan de futuro bancario en una reunión anual del Comité de Dirección, en Puigcerdà, lejos del ruido barcelonés.

Aquella vez, mi última vez y también la suya, no todos los miembros estuvieron de acuerdo. Josep no insistió, aunque dejó claro que ese era el gran proyecto de futuro, el que haría de la Caja un banco de magnitud europea. Ya lo es. Se alegró cuando se lo comunicaron, aunque ya estaba retirado del poder.

El pujolismo nunca miró con agrado a Vilarasau. Desconfiaban de un hombre que no hacía favores ni colocaba amigos por ser de la terra o del partit. Ese no dar su brazo a torcer en materias internas, pienso, le generó enemigos políticos que, en cuanto pudieron, lo sacaron de la primera línea.

La Generalitat y el Gobierno del Estado cambiaron, sólo por él y para él, la Ley de Cajas española. Forzaron —con la indispensable ayuda del entonces ministro de Economía Rodrigo Rato (PP) y el apoyo de Artur Mas (Convergència)— una nueva legislación (hecha a medida) que permitió sacar a Josep de la presidencia de La Caixa.

Se quedó como presidente honorífico de la Fundación y escribió sus memorias. Me las enseñó, quiso que le hiciera una crítica. "No vols fer sang", le contesté tras leerlas. Solo quería recordar, me dijo. Ese era su talante.

Cuando su hijo Bruno me ha comunicado el fallecimiento, he recordado aquella sonrisa ladeada que no se movía ni un milímetro cuando creía que alguien le estaba mintiendo o liando.

También su tenacidad, la capacidad de aguantar las contrariedades sin quejarse ni acusar a nadie, aceptando la derrota o la incomprensión aunque fuera injusta. Cuando yo viví en Portugal, leía todo lo que pasaba por tierras lusas y pedía a su nueva y desconocida secretaria (yo estaba acostumbrada al gran Sinfreu) que me pusiera "en conferencia directa".

Ya lejos ambos de las Torres Negras, hablábamos de política, de economía, de su libro, del pasado, del futuro… Y recordábamos, en medio de risas, aquella vez que vinieron con Fabià Estapé (uno de sus amigos de siempre) a Edicions 62.

Tuvieron que subir al catedrático en alzas, entre dos hombres fornidos, por las empinadas escaleras mientras gritaba: "Estimat Josep, estimada Rosa, hem anat a menys, a molt menys. A La Caixa, teníem ascensor directe a la planta 23".

El director, mi director, ha fallecido en su casa, con su familia, entrenando y viviendo sus últimos años; muy acompañado y bien tratado. Con la gran Lola Mitjans, su mujer, a quien adoraba. Con unos hijos que han heredado el irónico sentido del humor, la retranca y capacidad de distanciarse sin gritos ni exageraciones.

Fue un placer y una suerte conocerte. Adiós, director.