Las encuestas insisten, una tras otra, en alertarnos de que la próxima legislatura del Parlament puede ser el paradigma de la inestabilidad, en el que la configuración de una mayoría de gobierno será casi una entelequia. Para hacernos una idea, un galimatías como el del Congreso de los Diputados, pero en catalán.
Los claros clarines de la demoscopia alertan de la llegada a la Cámara catalana de un cortejo numeroso de bárbaros de derechas, tanto de secesionistas como de españolistas, que supondrán una conmoción parlamentaria.
Mientras, los paladines de las instituciones democráticas parecen convencidos de que pegarles a Aliança Catalana y a Vox la etiqueta de extremistas insolidarios y xenófobos será suficiente para evitar la catástrofe.
El último sondeo publicado, el del Gesop para El Periódico, ofrece una fotografía del presente y una proyección del futuro para echarse a temblar. De confirmarse los resultados (el PSC baja, ERC se mantiene y los Comuns siguen tan mal como siempre) sería difícil reeditar la mayoría de izquierda.
Tampoco el independentismo lo tendría fácil, a pesar del subidón de Sílvia Orriols que empataría con ERC en el 16% de los votos, relegando a Junts a la miseria parlamentaria.
La encuesta no refrenda la celebrada estabilidad del Gobierno de Illa, adornada recientemente con la aprobación de los presupuestos. Tan solo un 29,3% de los consultados aprueba la gestión del Govern del PSC, menos de los que le suspenden, aunque los dudosos son los que predominan.
El presidente de la Generalitat ha hecho saber desde Vietnam que está convencido de la buena dirección por la que avanza el Gobierno, y aunque haya subrayado que se trata tan solo de una encuesta más, también ha dejado caer que “habrá que sacudir algunas cosas”. Realmente tiene donde elegir.
La desconfianza en los partidos tradicionales y la inseguridad ciudadana son los factores más determinantes, según los catalanes, para explicar la tormenta que viene.
La inseguridad, o mejor dicho la percepción de inseguridad, es un clásico de las campañas de la derecha y la desconfianza en los partidos del establishment lleva mucho tiempo cocinándose.
El procés le dio a esta tendencia un empujón histórico, especialmente entre los partidos del independentismo oficial y la corrupción ataca a los partidos mayoritarios desde los primeros pasos de la Transición como un virus sin vacuna.
Los partidos reconocidos como institucionales y los gobiernos que sustentan no pueden superar la amenaza de catástrofe democrática de un día para otro. Pero es de suponer que podrían evitar avivar el fuego de la desconfianza con nuevos fiascos.
Por ejemplo, mañana se reunirá el Consejo de Política Fiscal y Financiera para cumplir con el trámite de enviar la propuesta de nueva financiación autonómica al Gobierno, que después la pasará a las Cortes, donde, de momento, no hay una mayoría disponible para aprobarla.
En general, lo que más se recuerda de este proyecto es que las comunidades autónomas recibirán casi 21.000 millones más —de los cuales Cataluña percibirá 4.686 millones—, y que la participación de las autonomías en la recaudación del IRPF pasará del 50% al 55%.
El trámite de mañana se superará porque el Gobierno votará lógicamente a favor, Cataluña por descontado y a última hora parece que Canarias también lo hará. Una salida en falso del PSOE y una declaración de guerra del PP en una cuestión inequívocamente de Estado.
En particular, los catalanes atentos a la crónica política recordarán que durante meses la nueva financiación debía establecer de forma imperativa la recaudación del 100% del IRPF por parte de la Hacienda catalana y el respeto obligatorio del principio de ordinalidad fiscal (el mismo orden en aportar y en recibir).
La primera exigencia decayó hace meses; la segunda no recibirá reconocimiento legal, aunque en esta primera propuesta, de aprobarse, se cumpliría.
En definitiva, el proyecto de financiación responde mucho mejor a las advertencias de café para todos de la exministra de Hacienda, María Jesús Montero, que a las premoniciones optimistas de PSC y ERC. Ninguna sorpresa, naturalmente.
El café estará más cargado, sabrá mejor, según una campaña institucional de la Generalitat avanzada a los acontecimientos, pero ¿en qué ayuda este resultado a recuperar la confianza en los discursos de los partidos y las promesas de los gobiernos?
