Aunque al asunto se le había dado carpetazo, una jueza de Barcelona ha decidido reabrirlo y llevar a juicio a los tres agentes de los Mossos d'Esquadra que, durante la fugaz estancia de Puigdemont en Barcelona para boicotearle a Illa la toma de posesión, ejercieron de guardia pretoriana del Hombre del Maletero y hasta lo ayudaron a escapar en un coche conducido por la esposa de uno de ellos.

No entiendo cómo la justicia ha tardado tanto tiempo en identificar un caso clarísimo de obstrucción a la ídem.

En primera instancia, los tres mossos (vergüenza del cuerpo policial) se salieron de rositas porque uno estaba de permiso, otro de vacaciones y el tercero de baja médica (que no le impidió meterse en un tumulto fenomenal propenso a las lipotimias y las bajadas de tensión).

Como no estaban trabajando, podían alegar que pasaban por allí, pero las fotos en que se los ve agarrando al Gran Hombre por el brazo, como hace el servicio secreto norteamericano cada vez que le pegan un tiro a Donald Trump, denotan unas claras labores de protección del expresidente número 252 de la Generalitat de Cataluña (número aproximado).

Vamos, que esos tres mendas (Xavier Manso, Jordi Rodrigo y David Goicoechea) ejercieron de guardaespaldas de Puchi durante su breve visita a la Ciudad Condal. Y si eso no es obstrucción a la justicia, que baje Dios y lo vea.

Puede que estos tres mindundis pringuen, pero no fueron los únicos que se integraron en la comitiva presidencial. En las fotos del momento, se aprecia claramente la presencia de pesos pesados del nacionalismo catalán como Josep Rull o Laura Borràs, a los que se podría también incluir en la acusación de obstrucción a la justicia, pero ni se les ha llamado a declarar.

El que sí va a tener que dar explicaciones sobre su desenfadada actuación durante la visita de Cocomocho es el mandamás de la policía autonómica en aquellos días, Eduard Sallent, que no se distinguió precisamente por su perspicacia ni por tomarse en serio la detención del golpista (los mossos se esforzaron tanto para hacer cumplir la ley como el día de las votaciones del referéndum ilegal).

La cosa está en dónde se detiene la investigación de lo sucedido el día de la aparición por sorpresa de Puchi en Barcelona. Yo diría que, a partir de Sallent, habría que seguir tirando hacia arriba y tratar de averiguar qué pasó en la frontera francesa para que ni policías ni guardias civiles repararan en la presencia del prisionero de Waterloo.

Y no me digan que volvió a meterse en el maletero porque los maleteros se pueden abrir cuando se detecta alguna posible anormalidad (y no me refiero al coeficiente mental de Puigdemont).

Después de Sallent, debería ser llamado a declarar grande Marlaska. Y Pedro Sánchez. Para ver si es verdad que, como muchos sospechamos, dieron instrucciones a los cuerpos de seguridad para que no vieran nada sospechoso en la frontera y Puchi pudiera llegar tranquilamente a Barcelona.

Esa actitud, absolutamente impropia de un ministro del Interior y de un presidente del gobierno, resulta bastante verosímil en dos sujetos como grande Marlaska y Sánchez, para los que la ley solo está muy bien cuando les beneficia.

¿Sería un escándalo que esa teoría conspiranoica se revelara cierta? Sin duda, pero llueve sobre mojado.

Después de lo de Ábalos, Cerdán, Koldo, la parienta y el hermano del presidente o las joyas de la Castafiore de Rodríguez Zapatero, un cirio más de los sociatas no es que pasara desapercibido, pero nos cogería a todos muy acostumbrados a esta catástrofe política y moral por entregas a la que estamos asistiendo en perpetuo estado de estupor.

Si todo consiste en enviar al trullo a tres mindundis patrióticos y no pasar de ahí, más vale perdonarlos (después de que hayan sido expulsados del cuerpo, evidentemente) y que se coloquen de seguratas si pueden, mientras la choferesa de Puchi se busca la vida en Uber.