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Jordi William Carnes y un jabalí

Jordi William Carnes y un jabalí

Pensamiento

Bosques y jabalíes: dos problemas, una misma solución

"Invertir en nuestros bosques significa reducir el riesgo de incendios, proteger la biodiversidad, capturar carbono, generar empleo en el medio rural y producir recursos renovables de proximidad"

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Cada verano Cataluña revive el mismo debate. Incendios forestales, evacuaciones, miles de hectáreas calcinadas y una inevitable pregunta: ¿cómo hemos llegado hasta aquí? En paralelo, cada vez es más habitual ver jabalíes paseando por urbanizaciones, parques e incluso por el interior de algunas ciudades.

A primera vista parecen dos problemas distintos, pero en realidad comparten un mismo origen: la falta de gestión del territorio, que en una visión transversal más amplia también repercute en las infraestructuras de movilidad del propio territorio y la gestión de los recursos hídricos y energéticos.

Con demasiada frecuencia analizamos ambos fenómenos de forma aislada cuando forman parte de una misma realidad. El abandono del mundo rural, la pérdida de actividad agrícola y forestal y la ausencia de una gestión activa de nuestros bosques han transformado profundamente el paisaje catalán durante las últimas décadas.

El crecimiento de la población de jabalíes no es casual. La desaparición progresiva de la agricultura tradicional ha permitido que el bosque ocupe antiguos campos de cultivo. A ello se suma la práctica ausencia de grandes depredadores naturales, el lobo; unos inviernos cada vez más suaves y una disponibilidad constante de alimento en zonas periurbanas, donde los residuos urbanos se convierten en una fuente inagotable de comida.

La amenaza de la peste porcina africana ha obligado a reforzar el control de las poblaciones de jabalí mediante capturas, el apoyo finalmente a cazadores, y empresas especializadas y la promoción de la comercialización de la carne de caza. Medidas necesarias, sin duda, pero insuficientes si no se actúa también sobre el origen del problema.

Porque el verdadero problema de nuestros bosques no es que haya demasiados árboles, sino que durante décadas han dejado de gestionarse.

Cataluña cuenta con cerca del 65% de su superficie cubierta por masa forestal. Lejos de ser una ventaja por sí sola, esta realidad implica enormes responsabilidades. Bosques cada vez más densos acumulan grandes cantidades de biomasa, consumen más agua, soportan peor los periodos de sequía y se convierten en un combustible perfecto cuando llegan las altas temperaturas.

Cada incendio que sufrimos vuelve a poner sobre la mesa las mismas conclusiones. Es necesario gestionar el bosque de forma activa. Realizar clareos selectivos, facilitar los aprovechamientos forestales, recuperar la actividad silvícola y favorecer un bosque más diverso y resistente.

Sin embargo, la palabra "tala" continúa siendo un término casi prohibido en determinados ámbitos, cuando precisamente una gestión adecuada implica cortar árboles para mejorar la salud del conjunto del bosque.

Durante generaciones, el paisaje catalán estuvo formado por un mosaico donde convivían bosques, cultivos, pastos y zonas abiertas. Esa diversidad actuaba como barrera natural frente a los incendios y limitaba la expansión de especies como el jabalí. Hoy, en cambio, encontramos extensas masas forestales continuas durante decenas de kilómetros, mucho más vulnerables al fuego y mucho más favorables para cierta fauna salvaje.

También resulta imprescindible recuperar la ganadería extensiva. Allí donde pastan rebaños disminuye el matorral, se reduce el combustible vegetal y mejora la conservación del territorio. Sin embargo, la realidad es bien distinta: cada vez quedan menos pastores, menos explotaciones ganaderas y una normativa que, en demasiadas ocasiones, dificulta más que facilita esta actividad.

La rentabilidad económica del bosque tampoco puede seguir siendo un tema tabú. Un bosque que no genera recursos acaba, tarde o temprano, abandonado. La madera estructural, la biomasa, el corcho, las resinas, la producción micológica o el turismo en la naturaleza son actividades perfectamente compatibles con la conservación ambiental. De hecho, constituyen una de las mejores garantías para mantener vivo el medio rural.

La gestión forestal no debe contemplarse como un coste, sino como una inversión estratégica. Invertir en nuestros bosques significa reducir el riesgo de incendios, proteger la biodiversidad, capturar carbono, generar empleo en el medio rural y producir recursos renovables de proximidad.

Todo ello exige una mayor coordinación entre administraciones, propietarios forestales, agentes rurales, bomberos, cazadores, agricultores y sector forestal. Menos reuniones estériles y más capacidad para ejecutar actuaciones sobre el territorio.

El debate ya no debería centrarse en si debemos actuar, sino en cómo hacerlo con rapidez y de forma sostenida y constante en el tiempo. Porque los incendios y la proliferación de jabalíes no son problemas inevitables. Son, en gran medida, la consecuencia de decisiones —o de la ausencia de ellas— tomadas durante décadas.

Si seguimos considerando el bosque únicamente como un paisaje para contemplar y no como un ecosistema que necesita gestión, cada verano volveremos a lamentar los mismos incendios y cada invierno seguiremos preguntándonos por qué los jabalíes llaman a la puerta de nuestras ciudades.

Gestionar el bosque no es ir contra la naturaleza. Es, precisamente, la mejor manera de conservarla.