La victoria de España en el Mundial ha sido también la victoria de una determinada idea de nación. Una selección formada por jugadores de orígenes familiares muy diversos ha vuelto a demostrar que la identidad nacional no depende del color de la piel, los apellidos o el lugar de nacimiento de los padres, sino de un proyecto compartido. Precisamente por eso resultan tan lamentables las polémicas identitarias que han acompañado al torneo.

Mariano Rajoy cayó en la tentación de la gracieta fácil. Pero un expresidente del Gobierno no es un plumilla cualquiera. Su comentario sobre la selección francesa, presentado como un sarcasmo, reavivaba una sospecha tan vieja como peligrosa: que la pertenencia nacional depende del origen, de la apariencia o de los apellidos.

La Roja acaba de demostrar exactamente lo contrario. En ella nadie reparte carnés de españolidad. Todos los jugadores de la selección francesa eran franceses. Y todos los campeones del mundo son españoles. No había ni hay nada más que discutir.

El problema es que ese reflejo no constituye una rareza. Muchos de quienes censuraron con razón las palabras de Rajoy suelen incurrir en el mismo vicio cuando se trata de otras identidades peninsulares. Basta pensar en Lamine Yamal y Nico Williams.

Nacidos en España e hijos de familias inmigrantes, son españoles según la ley y, sin embargo, todavía son objeto de insultos racistas por el color de su piel o el origen de sus familias. Su contribución decisiva al título mundial debería cerrar definitivamente ese debate. Pero el prejuicio identitario rara vez se deja convencer por los hechos.

El triunfo de la selección ha dejado además una imagen elocuente en Cataluña. Decenas de miles de personas han celebrado la victoria exhibiendo con naturalidad banderas de España en calles y plazas.

No se trata del nacimiento de un nuevo patriotismo, sino de la visibilización de una realidad que la esfera política y mediática hegemónica en Cataluña ha escondido o despreciado siempre: que la identidad española forma también parte de la vida cotidiana de millones de catalanes.

Esa normalidad resulta incómoda para quienes durante años han identificado Cataluña con una única identidad nacional.

Durante años, el nacionalismo ha actuado como si tuviera el monopolio de la catalanidad. Con el procés, esa pulsión identitaria se intensificó hasta convertir la discrepancia política en una sospecha sobre la propia condición de catalán. Quien no compartía el proyecto soberanista veía cuestionada con frecuencia su pertenencia a la comunidad.

Los insultos, las etiquetas despectivas y episodios como las palabras de Quim Torra sobre las "bestias con forma humana" no fueron simples excesos verbales, sino la consecuencia lógica de una concepción excluyente de la identidad colectiva.

El problema de los nacionalismos es que siempre acaban trazando una frontera entre los auténticos y los demás. Unos ponen en duda la españolidad de jóvenes futbolistas por sus orígenes familiares. Otros cuestionan la catalanidad de millones de ciudadanos por su lengua habitual, sus apellidos o sus ideas políticas. El mecanismo es, en el fondo, el mismo.

La selección española campeona del mundo constituye la mejor refutación de todos esos identitarismos. Su éxito demuestra que la nación democrática no se construye sobre la pureza de los orígenes, sino sobre la igualdad de ciudadanía y un proyecto compartido. Nadie debería arrogarse el derecho de decidir quién es un verdadero francés, un verdadero español o catalán. La identidad colectiva pertenece a todos o deja de ser democrática.