Carles Puigdemont perdió su oportunidad de ser un héroe nacional catalán el día 27 de octubre de 2017, cuando en salir del Parlament que acababa de proclamar la independencia no se dirigió al Palau de la Generalitat para firmar los primeros cien decretos de la nueva república.

El entonces presidente de la Generalitat se esfumó como la ilusión de los miles de seguidores que le esperaban en la plaza de Sant Jaume, incluidas las cámaras de TV3 que estuvieron esperando inútilmente que la bandera española que ondeaba en la sede del gobierno catalán fuera solemnemente arriada.

A partir de ahí, Puigdemont ha sido un juguete del destino en su exilio de Waterloo, mientras una docena de sus compañeros de fracaso asumían la cárcel con una dignidad encomiable. Al final, una década después, todos serán felizmente amnistiados en nombre de la reconciliación entre catalanes. También él, claro.

El proceso de amnistía está resultando el más lento del mundo occidental por la resistencia incalificable de la justicia española y seguramente también el más decepcionante para los dirigentes independentistas.

La medida de gracia no ha sido consecuencia de la presión internacional sobre el Estado español, ni mucho menos de la protesta interna de los lazos amarillos, sino pura y simplemente la consecuencia de una necesidad estrictamente parlamentaria y por tanto democrática de Pedro Sánchez para renovar su presidencia.

La coyuntura política de 2023 fue trascendente. Los votos de Junts en el Congreso de los Diputados fueron mucho más decisivos que todas las proclamas previas para convencer al PSOE de la urgencia de proclamar la amnistía. Incluso el PSC, que acababa de ganar cómodamente unas elecciones catalanas rechazando la necesidad inmediata de una amnistía, se sumó a la procesión para solemnizar los beneficios innegables de la normalización de la política catalana.

En todo este vaivén político, Carles Puigdemont ha tenido múltiples momentos propicios para regresar y enfrentar la rebeldía del Tribunal Supremo. Pero solo hizo un amago teatral para poner nervioso a Salvador Illa en su día de investidura.

El presidente de la Generalitat, que proclamó la independencia el 10 de octubre de 2017 para congelarla al instante esperando una esotérica negociación política con el gobierno del PP, estuvo 12 días en la cárcel de Neumünster en 2018. Seguramente allí se convenció de las incomodidades de la reclusión.

Puigdemont no ha regresado y ahora son diversas las voces que se lo reclaman, tantas, seguramente, como las que le recomiendan que no lo haga. Incluso el ministro más parlanchín del gobierno Sánchez, Óscar Puente, se lo ha sugerido amigablemente para poner contra la pared al Tribunal Supremo. También Junts parece que lo espera, anunciando su regreso “peti qui peti”, sin embargo, parece claro que los planes de Puigdemont son ahora mismo estrictamente personales.

Es dudoso que el retorno precipitado de Puigdemont le convenga a Sánchez, empantanado en demasiados problemas judiciales como para sumar la obligada detención de un aliado prófugo por orden del juez Llarena.

Esta derivada de desgaste complementario para Sánchez podría ser un aliciente para que Puigdemont se decidiera a regresar a casa. Aun así, el presidente de Junts ha tenido ocasiones mejores, electoralmente mucho más rentables, para hacerse detener en Barcelona y no las ha materializado. ¿Por qué lo haría ahora?

En realidad, qué más da lo que vaya a hacer Carles Puigdemont. Él tendrá sus prioridades personales y familiares totalmente respetables. Sin embargo, su figura política se antoja completamente amortizada, tanto por sus antiguos socios republicanos como por una parte de su propio partido al que identifican como una rémora para recuperar el viejo electorado convergente.

Puigdemont podrá jubilarse a finales de 2027, siempre que haya cotizado a la Seguridad Social durante 38 años y 6 meses. Para aquellas fechas, Pedro Sánchez se habrá sometido al veredicto de las urnas y se presume que el Tribunal Supremo habrá cedido ya a la fuerza de la ley. Hay que suponer que el expresidente de la Generalitat estará ya en su casa vecina del castillo de Montagut para presentar los papeles.

Al buscar la seguridad de Bélgica, Puigdemont renunció a la épica del procesamiento, el juicio, la condena y la cárcel que sufrieron la mayoría de dirigentes del procés. Eligió esperar un rescate de los Cien Mil Hijos de San Luis que no se ha producido. Al final, la justicia europea, a quien ha salvado realmente la vida política, ha sido a Pedro Sánchez, que ha visto avalada su apuesta por la amnistía, la más arriesgada de sus muchas decisiones arriesgadas.