Para que después digan que ser independentista en Cataluña es muy fácil, que basta con ser de buena familia y tener pocas preocupaciones para convertirse al soberanismo.

Mañana se juega una semifinal Francia-España del Mundial de fútbol, y el verdadero independentista hace días que está en un sinvivir, porque no sabe quién quiere que pierda (son especímenes cuyo deseo es siempre la derrota de alguien, jamás la victoria, lo llevan en la sangre desde 1714), ya que ambos estados mantienen bajo su yugo lo que podría ser la paradisíaca república catalana.

¿Qué hacer ante semejante dilema? ¿A qué equipo apoyar? Ni Hamlet se enfrentó a tal disyuntiva. Menuda ansiedad.

Si España queda eliminada, significa que pasa a la final una república jacobina que no solo impide la independencia de la Catalunya Nord, sino que encima llama a esta región Pirineos Orientales —ni que en Perpiñán fuesen chinos— e impide que se use el catalán en instancias oficiales.

Si quien cae es Francia, llegará a la final el estado del odiado 155, el de los jueces fascistas que vetan que Barcelona sea la capital de un reino cuyo monarca vitalicio sería Puigdemont, el de los agentes de policía que incautan urnas por la fuerza en lugar de pedirlas por favor.

Dios, qué complicado es ser independentista, si lo sé, me hago vegetariano, que es más sencillo. O Testigo de Jehová, aunque sea.

Apoyar, lo que se dice apoyar, al resto de selecciones que participaban en el Mundial tampoco era una opción, porque a ningún país, desde Noruega a Haití, desde Japón a Colombia, le importa un carajo Cataluña, pero a esos no hacía falta desearles la derrota, ya que por lo menos no nos impiden ejercer la autodeterminación, palabra que significa «lo que nos dé la gana, se ajuste o no a derecho».

Todos esos países nos dejan en paz, aunque sea porque nos ignoran. Francia y España son distintas, ambas están confabuladas para impedir el nacimiento de lo que sería la Noruega, la Dinamarca o la Suecia (perdonen que no me acuerde) del sur.

Mañana, ir contra España es apoyar a Francia, e ir contra Francia es apoyar a España, con lo que la solución se antoja imposible.

Un independentista de bien, durante todo el Mundial va contra Francia y contra España, por eso, si por un casual -como va a suceder dentro de unas horas- ambas selecciones terminan enfrentándose, entra en cortocircuito.

Otro más, desde que Junts apoya en el Congreso al gobierno del PSOE, el independentismo no gana para cortocircuitos cerebrales.

Los independentistas deberían aislarse en una cueva sin televisión ni conexión a internet cada vez que se celebra una competición deportiva internacional, así vivirían tranquilos.

De hecho, todavía están a tiempo de echarse al monte antes de que empiece el partido, tiene que ser malo para el corazón alegrarse y a la vez rabiar cada vez que una de las dos selecciones marca un gol.

No hay cuerpo que resista tanta contradicción, y eso que ellos deberían estar acostumbrados, no en vano Puigdemont les proclamó y les arrebató la independencia en la misma frase, con pocos segundos de diferencia.

Lo bueno del fútbol es que uno siempre termina viviendo momentos de felicidad. Por más derrotas que sume un equipo, habrá un día que nos va a dar una alegría. Eso, la gente normal.

Para los independentistas, en cambio, el fútbol es una manera de estar siempre amargados, gane quien gane y pierda quien pierda. No es que así les vaya mal, al fin y al cabo, la amargura es su única razón de ser, están más que acostumbrados a vivir con ella.