Andrea Rodés y la característica noria de Viena
El tercer hombre
"Alrededor del 50% de los vieneses disfrutan de un alquiler subsidiado, y residen en una de las 220.000 viviendas municipales o en uno de los 200.000 apartamentos construidos por cooperativas que han contado con ayudas públicas"
Acabo de regresar de Viena, una ciudad que tenía —y sigo teniendo— idealizada, después de leer tantos clásicos de la literatura ambientados en sus calles. Empezando por los libros de Stefan Zweig, como El mundo de ayer o Carta a una desconocida, que me habré leído tres o cuatro veces, porque, como la protagonista, soy de amores obsesivos y me cuesta “dejar ir”.
“De los trece a los dieciséis años viví cada hora dentro de ti. Ah, ¡cuántas tonterías llegué a hacer! Besaba el picaporte de la puerta que había tocado tu mano, robaba las colillas de los cigarrillos que habías tirado antes de entrar; para mí eran sagradas porque habían tocado tus labios”, escribe la protagonista, una mujer que acaba de perder a su hijo en la Viena de 1900.
Casualmente, mi primer novio —y mi primer amor— me regaló un fin de semana en Viena a los pocos meses de empezar a salir.
Era noviembre, hacía frío.
Nos hospedamos en un pequeño hotel cerca del Volkstheater, en el barrio de Neubau, que ya entonces tenía fama de bohemio.
Recuerdo que por la mañana vimos una exposición de expresionismo abstracto en el Leopold Museum y que presumí de mis conocimientos de historia del arte, hoy olvidados, y que durante la cena él me habló de Zweig, de la segunda guerra mundial, de la película El tercer hombre, con Orson Welles, que todavía hoy no he logrado verla sin quedarme dormida.
No dice mucho de mi cultura cinematográfica, pero sí de mi capacidad para reconocer que ese novio me enseñó muchas cosas que no sabía, además de cine. Me ayudó a creer en mí, a confiar en mis “talentos”, a desarrollar la curiosidad por el mundo que ahora trato de transmitir a mi hijo.
Veinticinco años después, he vuelto a la capital austríaca con mi familia, sin el corazón hipotecado (mi hijo no cuenta), con más conocimiento de la vida acumulado, y con una novela frívola bajo el brazo: Doble Pareja, de John Irving, que narra el intercambio de parejas que se montan un autor americano de novelas históricas, su esposa, de origen austríaco, un profesor de alemán y lucha libre, también de origen austríaco, y la mujer de este, historiadora del arte y aspirante a escritora.
La novela transcurre entre Nueva Inglaterra y la Viena ocupada por soviéticos y americanos tras el fin de la segunda guerra mundial, un escenario que Irving conoce bien porque residió allí en los 60.
“La gente valora demasiado el arte y no lo suficiente la historia”, escribe Irving, que describe muy bien el ambiente gris y de pueblo pequeño que se respiraba en la ciudad en aquella época.
De esa época precisamente son también los cerca de 50.000 pisos municipales que se sumaron al legado de la Viena Roja, un plan urbanístico desarrollado por el Gobierno socialdemócrata de la Primera República (1918-1934) para ofrecer vivienda asequible a la clase obrera.
En menos de dos décadas se construyeron 64.000 casas de este tipo, como las llamadas Werkbundsiedlungen, complejos de viviendas pensados mayoritariamente para los obreros y la depauperada clase media, diseñados desde cero por arquitectos de la ciudad.
Muchos ellos eran discípulos del icono del Art Nouveau Otto Wagner, el autor de las icónicas paradas del metro vienés.
¿El resultado? Hoy, alrededor del 50% de los vieneses disfrutan de un alquiler subsidiado, y residen en una de las 220.000 viviendas municipales o en uno de los 200.000 apartamentos construidos por cooperativas que han contado con ayudas públicas, según cifras del Consistorio austriaco citadas por El País. Igualito que en Barcelona.