Al parecer, los hombres hemos dejado de pertenecer a la misma especie que las mujeres. Al menos, eso es lo que cabe deducir de las palabras de la ministra de Igualdad, Ana Redondo, durante un curso de verano de la Universidad Complutense en San Lorenzo de El Escorial.
No fue una respuesta improvisada ni un comentario de pasillo. En una intervención pública, afirmó que hombres y mujeres somos "especies radicalmente distintas, que no tienen mucho que ver", y añadió que hay que "ayudar al género masculino a evolucionar", porque permanece anclado en unos privilegios.
Quien dirige el Ministerio de Igualdad ha terminado convirtiéndose en la ministra de las especies. No estamos ante un exceso verbal, sino ante la expresión de una deriva ideológica que sustituye el universalismo humanista por el identitarismo. Porque la igualdad empieza por reconocer que hombres y mujeres pertenecen a una misma humanidad.
Hace unos meses, a propósito de la polémica suscitada por el libro de Juan Soto Ivars, sostuve en estas mismas páginas que una parte del feminismo había abandonado la tradición ilustrada para abrazar una visión iliberal de la sociedad. Las palabras de Redondo confirman ese diagnóstico. Lo que antes parecía patrimonio de determinados activistas se expresa hoy con absoluta naturalidad desde un ministerio.
El feminismo que conquistó la igualdad nunca necesitó enfrentar a hombres y mujeres. Su fuerza residía precisamente en afirmar que ambos compartían la misma dignidad y los mismos derechos. Era un feminismo de raíz ilustrada, convencido de que los derechos pertenecen a las personas y no a los colectivos. El feminismo identitario ha invertido esa lógica: el individuo cede ante el grupo y las personas quedan definidas por su identidad antes que por su condición de ciudadanos. Se combate el esencialismo... para acabar reproduciéndolo.
La ausencia de consecuencias políticas también resulta reveladora. Basta imaginar unas declaraciones ni siquiera equivalentes sobre las mujeres para saber que su autor habría sido política y socialmente fulminado. A la inversa, ahora, no. Y así la igualdad ha dejado de ser un principio universal cuando admite distintos raseros según quién sea el destinatario.
Nada de esto supone negar las discriminaciones que todavía sufren las mujeres, sobre todo en el mundo árabe, ni minimizar la violencia machista que aún persiste en nuestro país. Significa defender el principio que hizo posible combatirlas: la igualdad de todos los seres humanos en dignidad y derechos, sin convertir el sexo en una categoría moral.
Las palabras de la ministra Redondo son mucho más que una desafortunada ocurrencia. Revelan hasta qué punto una parte del feminismo institucional ha sustituido el humanismo por el identitarismo. La Ilustración enseñó a Europa que los derechos pertenecen a las personas, no a las identidades ni a los orígenes sociales. Quizá por eso resulte tan paradójico que quien hoy dirige el Ministerio de Igualdad haya olvidado algo tan elemental.
