Ignacio Vidal-Folch y Francesc-Marc Álvaro
Francesc-Marc Álvaro vigila su pienso
"En cuanto se instaló en el Congreso de los Diputados dejamos de oír hablar de él, de ahí la mayor claridad y menor toxicidad que en estos años se ha venido observando en la atmósfera en Cataluña"
Desde hacía algún tiempo, el aire que respiramos en Barcelona parecía ligeramente más liviano, menos cargado de toxinas de agriedad y de locura. “¿Qué pasa?”, nos decíamos, “¿qué pasa, que parece que se respira mejor?”. Y era que Francesc-Marc Álvaro, después de tirar todas las levitas convergentes habidas y por haber desde su plaza de cuota del partido en la prensa barcelonesa, después de ser el hombre que susurraba al oído de Artur Mas, se había pasado al lado de Junqueras, obteniendo escaño en el Congreso.
El autor de Per què hem guanyat, objeto de muchas befas y sarcasmos por publicar ese título cuando los separatistas embocaban el mayor fracaso y ridículo de la democracia (la independencia de los nueve segundos y la subsiguiente fuga de capitales, resuelta con la paliativa, misericordiosa aplicación del 155 y la cárcel para los golpistas), podía no ser muy clarividente, pero en realidad sí había ganado.
Ya que, con un sencillo cambio de chaqueta, ¡hale, hop!, se aseguró un buen sueldo a cargo de los presupuestos del Estado, y pudo dejar atrás sus laboriosos análisis en la prensa diaria, estomagantes y ya tan desacreditados. Debió decirse, tarareando íntimamente la canción de Paolo Conte: La faccia è salvata, la minestra è sicura.
En cuanto se instaló en el Congreso de los Diputados dejamos de oír hablar de él, de ahí la mayor claridad y menor toxicidad que en estos años se ha venido observando en la atmósfera en Cataluña. En Madrid tampoco ha hecho ningún daño significativo, pues se ha limitado a comer il minestrone, cucharada a cucharada. La voz y la cara del grupo es, como es notorio, Rufián.
Este tampoco es que sea una eminencia, pero blande fotocopiadoras y esposas policiales, insulta a troche y moche, en fin, arma barullo non stop y además, como dijo su padrino Joan Tardà, “es un tuitero de cojones”, habilidad con la que gana titulares que es un contento.
Ahora bien, para la próxima legislatura, el tuitero de cojones reclama no solo conservar el cargo, sino además carta blanca en la selección del personal del partido para el Congreso. Como esto la dirección no parece dispuesta a dárselo, tira de la cuerda, amaga con romperla, monta grandes debates con otros líderes de la izquierda española, expone tácticas de posibles coaliciones sin consensuarlas con ella.
Rebus sic stantibus, o sea, viendo peligrar la menestra y el cocidito madrileño (pues si Rufián decide, Álvaro va fuera), Álvaro ha salido del refectorio y a la voz de “¡Con las cosas de comer no se juega!” planta batalla. Creando una asociación llamada Esquerra Democràtica, cuyo “ilusionante” programa va exponiendo estos días por salas de actos y emisoras radiofónicas y televisivas. ¡Es un duelo de titanes ercos!
Como explicaba en Crónica Global Àlex Cárcel el pasado día 29 de junio, el propósito de Esquerra Democràtica es uncir a la órbita de ERC a cargos huérfanos o desencantados de Junts que ven que con Puigdemont la nave no va a ninguna parte y ellos al paro.
En esas comparecencias públicas y entrevistas, Álvaro repite mantras que, la verdad, suenan un poco trasnochados. Como “Cataluña necesita una esperanza colectiva”. ¡Hombre, otra vez con esas, no! Esta gente que se ha vuelto de repente tan antigua no se cansa de ofrecer y prometer “ilusiones” y “esperanzas” colectivas.
Algún amigo debería recordarle a Bocatorta que la época de la retórica de las bellas abstracciones con que se podía embaucar al personal ha pasado a la historia. Suena cansina. Estamos vacunados. O, como se decía hasta hace unos años, “hemos pasado pantalla”.
En el fondo el mismo Álvaro lo sabe, y de ahí que, curándose en salud, diga también: “No queremos una Cataluña profética y estética”. Insinuando con ello que más vale volver a la época de Pujol, su peix al cove y sus visiones de horizontes de grandeza a los que en realidad no hacía falta llegar.
¿Una Cataluña profética y estética? Desde luego que el autor de un título tan aciago como Per què hem guanyat puede postularse como ebanista, como congresista, como catador de menestras… o como lo que quiera, de cualquier cosa salvo de profeta.
En cuanto a la estética… vamos a dejarlo.