El país necesita organizaciones políticas que puedan y sepan gestionar la realidad. Al mismo tiempo, deben ser capaces de impedir democráticamente el acceso al poder de fuerzas ultraconservadoras que representan al pasado, lo que nos haría retroceder décadas de conquistas en derechos y libertades.
Sin duda ello supone abrir un debate interno en el seno de las fuerzas de la coalición progresista que nos gobierna.
La primera cuestión por debatir sería si es suficiente solo con resistir. Esto nos llevaría a preguntarnos si existe un proyecto a largo plazo y con recorrido de futuro o si, sencillamente, el objetivo es mantenerse en el poder y permanecer en el Gobierno. ¿Resistir es el único programa posible?
Quienes apoyan al PSOE sostienen que existe un proyecto-programa de gobierno, centrado en el fortalecimiento del estado del bienestar.
Un plan que contempla medidas sociales avanzadas como la subida del salario mínimo: la reforma laboral para dar más poder de negociación a las organizaciones sindicales; facilitar la transición ecológica; políticas activas de vivienda a precios asequibles y la defensa de la igualdad que garantice el buen funcionamiento de los servicios públicos para todos los ciudadanos/as.
Pero no basta con argumentar que muchas de esas políticas ya se han llevado a cabo durante la legislatura, hay que darles continuidad.
Por otra parte, sus críticos consideran que este proyecto ha quedado eclipsado por la gestión del día a día, por la complejidad de negociar constantemente con socios muy diversos con intereses variopintos y, al mismo tiempo, intentar dar respuesta a las distintas crisis políticas acaecidas durante la legislatura.
Desde esa perspectiva, la estrategia parece estar más orientada a resistir que a presentar un programa de gobierno que suponga una visión clara de país para los próximos diez o quince años.
¿Resistir para qué? Es precisamente una de las cuestiones que muchos analistas se preguntan. Resistir tiene sentido político si el objetivo es seguir apostando por la continuidad de políticas públicas que favorezcan a los ciudadanos/as.
En definitiva, se trataría de ganar tiempo para consolidar los cambios. Sin embargo, esa estrategia suele resultar insuficiente si no va acompañada de un proyecto y un relato convincente sobre el futuro.
Por otra parte, surge la preocupación por un posible retroceso en derechos sociales y civiles. Ese es uno de los principales argumentos del espacio progresista: la llegada al gobierno de la derecha más conservadora o de la extrema derecha, que acaben por eliminar políticas que han supuesto avances relacionadas con la igualdad, la inmigración, la memoria democrática, el medio ambiente, la protección social…
Por el contrario, la oposición conservadora pone el acento en la seguridad, denunciando los 'peligros' de una migración no controlada que termine afectando la estabilidad institucional.
En cualquier caso, un partido como el PSOE necesita tener un proyecto reconocible y de futuro. Sin una narrativa clara sobre esos retos, sería comprensible que parte de su electorado dude sobre el sentido de su voto. En definitiva, la cuestión no es solo si el PSOE debe resistir, sino ¿en qué proyecto de país está dispuesto a apostar?
Esa es probablemente una de las preguntas centrales de la política española en los próximos años. ¿Piensa la dirección del PSOE que es suficiente con manifestar su rechazo a la posibilidad de gobiernos reaccionarios?
Otro problema con el que se enfrenta el PSOE sería consecuencia del hiperliderazgo de Pedro Sánchez, lo que condiciona y restringe el trabajo en equipo, lo que podría derivar en una lealtad absoluta e incondicional al “jefe”.
¿Cuáles son las posibles alternativas de gobierno y de liderazgo por parte de la oposición conservadora? Intentemos analizarlas brevemente. La presidenta Ayuso, reina de los insultos y las descalificaciones más groseras, no oculta su interés en ser presidenta del Gobierno de España y liderar a las derechas.
Sin embargo, su excesiva agresividad verbal puede alejarla de la centralidad necesaria para ganar las elecciones y, por lo tanto, para poder gobernar. Su obsesión enfermiza en la defensa de su amigo y compañero de andanzas, el “ciudadano particular” y “defraudador fiscal”, la puede hacer perder credibilidad y genera dudas sobre su idoneidad para liderar la defensa de los intereses de la clase social a la que quiere representar.
El anuncio de Feijóo de aceptar, antes de votar, la coalición con fuerzas ultrarradicales y extremistas transmite al elector de derechas el mensaje de que tanto da que vote al PP como a Vox porque el resultado será el mismo. Feijóo ha hecho ese gesto no mirando a su electorado sino a Washington.
Lo que anuncia es su compromiso de tener en su gobierno al líder de la ultraderecha y hombre de Trump en España, Santiago Abascal, que garantice que los intereses americanos serán bien defendidos por su gobierno.
Sin duda, el seguimiento incondicional a VOX puede ayudarle a gobernar en los momentos iniciales, pero su ausencia de carisma y falta de programa propio, sumadas a sus limitaciones intelectuales, culturales, idiomáticas… pueden terminar siendo un lastre para su futuro como gobernante.
