El acto de exaltación independentista de la Sagrada Familia quedó en agua de borrajas. El acto de confirmación del día siguiente fue un sonoro fracaso. 300 irredentos se agolparon en las puertas de la Basílica y nada que ver con los 300 de Leónidas en las Termópilas. Allí las hordas del rey griego aguantaron a los turcos de Jerjes I. Los 300 de la Sagrada Familia se limitaban a denunciar una supuesta persecución policial.

La ANC lleva ya unos años en la UCI y lo que pasó el día que Barcelona fue referencia estelar en el mundo nos indica que el deterioro se va acentuando. Denuncian los cantaires que fueron acallados, pero no consta que ninguno se opusiera con ardor guerrero a su desalojo. Y eso que eran 600 y ruido pudieron hacer.

Pues no. Mánsamente abandonaron el lugar. Dicen que fueron registrados, pero ocultan que los pillaron con el carrito del helado. He leído que afirman que policías de paisano, “la secreta”, les registró las partituras. Con este dato, queda claro que son unos linces.

Resulta que la “astucia” de la tropa consistía en camuflar entre las partituras una bandera independentista para, una vez desplegada sobre sus camisas negras —algunas confeccionadas a medida para la ocasión—, creara una imagen de fuerte impacto visual. Pero hete aquí que algún cantaire perdió la partitura y fue recogida por un guardia de seguridad que puso en alerta a la policía nacional. La pregunta que me ronda en la cabeza es: ¿la perdió, se le cayó, o la tiró para que alguien la encontrara para evitar meterse en un lío?

Cabe recordar que todos firmaron un papel en el que se comprometían a respetar el protocolo del acto. Pero los instigadores lo prepararon todo desde el anonimato, henchidos de orgullo patrio. De forma sutil informaban de su audacia en un papel muy bien escrito, ¡válgame dios!, en las entretelas de las partituras donde se explicaba cómo, cuándo y dónde se iba a dar el golpe de mano que encumbraría a sus autores al altar de los patriotas.

Pero, la cutrez de la cosa los delató. De hecho, estoy convencido que los hubiera pillado incluso el gran agente secreto de nombre Anacleto, sin menospreciar la habilidad de Torrente, habida cuenta de con quién se las tenía que ver.

Hace unos días nuestro compañero Albert Gimeno calificó lo sucedido de “chapuza”. Escribió que el mundo independentista sigue teniendo “delirios de presencia” y afirmó que “en la vida, cuando uno pierde importancia, tiene que saber retirarse a tiempo". No le falta razón.

No es que el independentismo se haya esfumado. Sigue ahí, pero algunas formas deben reformularse. Las perfomances están muy bien para salir en la tele, pero después de diez años de días históricos que acabaron en un profundo fracaso con impactos directos de frustración, personal y colectiva, para muchos de los que creyeron a pies juntillas en las parábolas de sus líderes, es hora de reinventarse.

Ver a Lluís Llach rasgándose las vestiduras y a los líderes de Junts estirando un chiclé que no da más de sí es más que patético. Los 300 cayeron con honra. Los 300 de Barcelona con deshonra y los 600 cantaires protagonizaron una fuga bochornosa. Sin duda, sacar pecho de un fracaso no es un buen consejo y vanagloriarse de un fiasco es tanto como hacer el ridículo. Se habían creído sus propias mentiras y ahora así les luce el pelo. Dicen que fueron reprimidos por la policía. He mirado con detenimiento los vídeos de ese “momento represor” y, perdónenme, solo he visto un ganado dócil. Les doy un consejo, a sabiendas de que será despreciado y mal recibido: dejen de hacer el ridículo.

Un añadido. 300, protagonizada por Gerard Butler, fue la segunda película más taquillera de 2007. Solo compitió con ella Piratas del Caribe: en el fin del mundo, que se alzó con el podio. Lo de la Sagrada Familia podía competir con este cine fantástico y épico, pero el episodio de los cantaires no podía acceder ni a una película de serie B. Por eso, les pido que dejen de dar la matraca y de fardar de un fiasco.