Barcelona y Cataluña se han convertido en un destino preferido no solo para los turistas sino también para los oficiales del tráfico de drogas.

A la delincuencia común, incómoda, insoportable para los ciudadanos, se suma en los últimos años un censo creciente de jefes y sicarios del narcotráfico que han usado las calles de la capital catalana como un plató de grabación.

La consellera de Interior de la Generalitat ofreció esta semana una entrevista al rey de las ondas catalanas, Jordi Basté, y repasó muchos de estos casos que agitan la tranquilidad de la calle. Asesinatos en la vía pública, disparos, apuñalamientos y robos forman parte del menú cotidiano en Barcelona.

Las autoridades, autonómicas y municipales, insisten en transmitir la idea de que los datos de siniestralidad demuestran que la inseguridad tiene menos recorrido respecto a hace unos pocos años. Y tienen razón. El dato refleja una presencia menor del delito pero las oleadas de crímenes abofetean el escenario de los datos. Parlon, la consellera, se afanó por explicar en la radio que hay la mitad de muertes que en 2018 y, pese a tener razón, la sensación del ciudadano de a pie no va en la misma dirección.

Hay datos que complican la percepción de inseguridad. El hecho de que varios asesinatos se hayan producido en la calle, en pleno centro de Barcelona, ha influido.

Sin duda, el crimen de la calle Balmes frente a una comisaría de la Policía Nacional es el paradigma de la acción delictiva que acongoja al ciudadano. Muchos de los crímenes del pasado, cuando el número de muertos era superior, no se producían con frecuencia en el centro neurálgico de la ciudad. Había mucho asesinato por culpa de la droga, pero en lugares escondidos. Se trataba de una realidad grave pero que la ciudadanía no sufría especialmente y era fácil pasar página porque los crímenes se producían entre ellos y en lugares poco visibles. Cuando un disparo mortal estalla con total impunidad en el centro, incluso delante de una comisaría y cuando el malhechor puede huir sin problema, dispara la alarma.

El otro gran asunto que acelera la percepción de inseguridad es el robo callejero, el robo en los domicilios. Delitos menores pero graves para quien los sufre.

Los cuerpos implicados gozan de más efectivos en la actualidad, pero no es suficiente. Es necesario que haya más agentes en la calle y, por encima de todo, que haya más medidas legales que logren echar un freno drástico a la multirreincidencia, el auténtico cáncer de la inseguridad colectiva.

Se han dado pasos importantes en los últimos tiempos, pero el ritmo de implantación de las medidas debería ser más rápido. Más juicios rápidos para castigar ejemplarmente cualquier reincidencia, por pequeña que parezca, más permisos para instalar cámaras en las calles --y evitar ese buenismo absurdo que todavía le ve pegas a la llamada sobreprotección-- y más herramientas para ejercer el control.

Por ejemplo, es lamentable que la Guardia Urbana todavía no pueda tener las pistolas taser que se consideraron necesarias pero que posiciones políticas timoratas evitaron que fueran una realidad. Hay que creerse la seguridad, la seguridad democrática, controlada, pero sin titubeos. De lo contrario, la sociedad no podrá reclamar resultados.