La batalla campal, en la Rambla del Raval, entre 40 argelinos y afganos, de la que dio ayer noticia Crónica Global es, desde luego, escandalosa e intolerable. Pero hay que aceptarla como signo de los tiempos, tiempos contra los cuales no hay política que valga, ni policía que, por más eficaz que sea, pueda evitar que se repita. Hay que acostumbrarse a que cosas así sucedan, y no gritar: “¡Oh, esto es indignante, esto antes no pasaba!”.

Antes era antes y ahora es ahora. Tanto esa reyerta como los periódicos “ajustes de cuentas” entre mafiosos kosovares y serbios o rusos son solo la inevitable consecuencia de un fenómeno global que más nos vale comprender.

Barcelona, y Cataluña en general, no es ni puede ser una excepción ni puede inmunizarse contra los procesos de fluidez de ciudadanos y contra los conflictos característicos del mundo globalizado. Que, desde luego —¿por qué ocultarlo?—, afectan y lesionan a nuestra llamada “sociedad del bienestar”.

Vemos que África, especialmente el Sahel, va cayendo en manos del Estado Islámico, fanático, cruel e inhumano. Igual que antes llegaron a Europa, y en primer término a España, que es su puerta del Sur, suramericanos, marroquíes, argelinos y sudaneses huyendo de la miseria, vendrán multitudes del África negra, de donde han sido sucesivamente expulsadas Francia y Rusia.

Rusos que desertan, y desertarán en mayores cantidades, del reclutamiento general que Putin, tarde o temprano, impondrá a sus ciudadanos o súbditos, dada la deriva de su “Operación militar especial” en Ucrania; llegarán también en grandes oleadas, muchos de cuyos integrantes, a falta de alternativas laborales aceptables, se incorporarán a las mafias que ya operan aquí.

No habrá seguridad social ni mercado laboral que puedan asumir estas imparables invasiones pacíficas, salvo que defendamos los puertos y fronteras a cañonazos, argumento disuasivo, pero que un Estado democrático no puede permitirse, ni tampoco la moral cristiana que nos constituye, como ha dicho el Papa León en su reciente visita a España.

A mí me parece que, considerando esto, y también el hecho de que la prosperidad europea se fundó sobre la depredación extractiva de las colonias, no tenemos argumentos morales ni políticos para cerrar las fronteras.

Lo único que podemos hacer es reformar las leyes de manera que sean un poco más rigurosas y menos permisivas, como ya se está haciendo en algunos casos, y reforzar a los cuerpos de la policía, dotándolos de muchos más efectivos y recursos, en la confianza de que eso baste para convencer y dar tiempo a los recién llegados a someterse al imperio de la ley, pagar impuestos y aceptar nuestras queridas costumbres.

Así conformaremos una sociedad un poco menos tolerante y más antipática, pero no va a quedar otro remedio, si no queremos que nos pase lo que le ha pasado a Suecia. O a Holanda, de donde hasta la princesa Amalia, heredera de la corona, ha tenido que salir pitando a esconderse en España ante las amenazas de la “Mocro Maffia” magrebí.

Mientras tanto, y hasta que veamos un enxaneta moro en lo alto de un castell y a una consellera iraní sin pañuelito sentada en las reuniones del Govern, bajo el horrendo óleo de Tàpies, hay que armarse de paciencia y ni pestañear cuando leemos sobre una reyerta multitudinaria en el Raval, sobre un psicópata descamisado y armado con machete defendiendo en alguna callejuela su narcopiso, o la ejecución a sangre fría de un sicario albanés a manos de otro croata en la esquina de Balmes con Diagonal. Cosas que antes eran raras, pero ahora es ahora.

También es conveniente, qué duda cabe, asegurarse de que la familia colombiana que quiere alquilar el piso contiguo no tenga hijos adolescentes a quienes les guste escuchar reguetón o carrileras a toda potencia hasta altas horas de la madrugada. O comprarse unos auriculares pertrechados con el dispositivo de “cancelación de ruido”. Sé de lo que hablo. Por lo demás, paciencia y barajar.