Durante años el PSC ha sido el aliado más fiel —y probablemente el más decisivo— de Pedro Sánchez dentro del socialismo español. No solo lo sostuvo cuando buena parte del PSOE lo daba por liquidado, sino que, tras su defenestración en 2016, rompió la disciplina de voto y se opuso a la investidura de Mariano Rajoy, defendiendo con una tenacidad militante el "No es No" sanchista. Aquella decisión, impulsada por Miquel Iceta, marcó el inicio de una alianza estratégica que acabaría convirtiéndose en uno de los pilares del sanchismo.

El PSC actuó como el soporte más sólido y disciplinado del proyecto. Aceptó la creciente personalización del poder en torno al presidente y respaldó una estrategia basada en la polarización y en alianzas parlamentarias cada vez más heterogéneas. También apoyó los indultos, la reforma de los delitos de sedición y malversación, y finalmente la amnistía, tantas veces negada, asumiendo con ello los costes políticos de una forma de gobernar cada vez más basada en la lógica de bloques y en la quiebra de los consensos institucionales.

Sin embargo, reducir al PSC a una simple sucursal del sanchismo sería un error. Y aquí entra en escena Salvador Illa. Illa no es un "hombre de Sánchez": es un aliado estratégico con legitimidad propia. Controla un partido autónomo, hegemónico en el mundo local catalán, preside la Generalitat y proyecta un estilo político sobrio, institucional y pragmático que contrasta abiertamente con el hiperliderazgo y el plebiscito permanente de Sánchez.

Mientras buena parte de los cuadros del sanchismo dependen enteramente del líder, Illa tiene base propia y gobierna con el apoyo de fuerzas soberanistas hoy más pragmáticas que rupturistas, priorizando la gestión sobre la épica.

Por eso, hablar del PSC después de Sánchez no equivale a preguntarse por la supervivencia de un partido desnortado sin líder. Se trata, más bien, de analizar el papel que puede desempeñar uno de los actores clave para entender el largo ciclo del sanchismo, pero que conserva la autonomía y el margen suficientes para seguir siendo la primera fuerza en Cataluña e influir en la etapa siguiente del socialismo español.

La paradoja es evidente: el PSC ha sido profundamente sanchista, pero no está condenado a hundirse con él. Su vínculo con Sánchez respondió a una convergencia de intereses: Sánchez necesitaba al socialismo catalán para reforzar su legitimidad territorial; el PSC necesitaba a un PSOE fuerte para recuperar centralidad en Cataluña tras años de retroceso. De ahí que resulte tan elocuente su silencio actual.

Como ya señalé en estas páginas, Sánchez ha dejado de ser un activo electoral para convertirse, progresivamente, en un lastre para los intereses del PSC, sobre todo de cara a las locales de mayo próximo.

Si el ciclo sanchista toca a su fin —como sugieren los crecientes signos de agotamiento—, el PSC deberá decidir qué herencia conserva y qué corrige. No podrá desentenderse de los excesos en los que ha participado, pero tampoco está atrapado sin salida.

En ese escenario, Illa puede resultar una figura decisiva, incluso como referencia en una eventual sucesión. No porque encarne una ruptura frontal, sino porque ofrece una transición ordenada: continuidad política y estratégica, pero con menos personalismo, mayor densidad institucional, y un registro más moderado y de gestión.

Esa podría ser la aportación del PSC. Porque la verdadera cuestión ya no es si habrá vida después de Sánchez, sino quién será capaz de ordenar esa transición.