Hay meses que explican mejor que cualquier informe o debate político cuál es la realidad de una ciudad. Junio es uno de ellos.

Barcelona vuelve a desplegar una agenda que la sitúa entre las grandes capitales internacionales. Miles de personas llegan atraídas por festivales como el Primavera Sound o el Sónar. Otras lo hacen para participar en congresos y encuentros profesionales.

La ciudad también ha acogido este mes la visita del papa León XIV, el Congreso Mundial de Arquitectos, la fórmula 1, el Pride y, a principios de julio, dará el pistoletazo de salida al Tour de Francia. Numerosos acontecimientos que proyectan su imagen al mundo.

No es casualidad. Barcelona lleva décadas construyendo una marca internacional asociada a la cultura, la creatividad, la innovación y la capacidad de organizar grandes eventos. Es una estrategia compartida por Administraciones, empresas y sociedad civil que ha contribuido decisivamente a posicionar la ciudad en el mapa global.

Por eso resulta difícil entender algunas de las decisiones que hoy se plantean para su futuro.

Si la capital catalana quiere seguir siendo un referente internacional, necesita disponer de las infraestructuras necesarias para acoger a quienes invita a venir. Y entre esas infraestructuras se encuentra, inevitablemente, el alojamiento.

Generalmente el debate sobre el turismo se centra en las cifras de visitantes, pero poco se tiene en cuenta la capacidad real de las ciudades para absorber esos flujos de manera ordenada. Sin embargo, la experiencia demuestra que ambas cuestiones son inseparables.

Una ciudad puede decidir qué eventos quiere organizar, qué congresos quiere captar o qué actividades quiere promocionar, pero difícilmente puede ignorar dónde dormirán las personas que participan en ellos.

La cuestión cobra especial relevancia en un momento en el que Barcelona se prepara para eliminar en 2028 las viviendas de uso turístico legales. Una decisión –con elecciones municipales de por medio en 2027– que supondría la desaparición de más de 50.000 plazas de alojamiento en una ciudad que, precisamente este mes, registra niveles de ocupación extraordinariamente elevados.

La contradicción es evidente. Mientras se impulsa una estrategia basada en atraer actividad económica, talento y visitantes, se reduce simultáneamente una parte significativa de la capacidad necesaria para acogerlos.

Conviene recordar, además, que la demanda no desaparece por voluntad política. Los asistentes a un festival seguirán comprando entradas. Los congresistas continuarán viajando. Las empresas seguirán organizando reuniones internacionales. Los visitantes seguirán eligiendo Barcelona por todo aquello que la convierte en una ciudad única.

La diferencia será que encontrar alojamiento resultará más difícil y, previsiblemente, más caro.

Y cuando una ciudad reduce su oferta alojativa sin que disminuya la demanda, las consecuencias pueden ser nefastas. Aumentan los precios, se restringen las opciones disponibles y se dificulta el acceso a determinados perfiles de visitantes, especialmente jóvenes, familias o viajeros con presupuestos medios. Al mismo tiempo, se reduce la actividad económica que estos generan en comercios, restaurantes, equipamientos culturales y negocios de proximidad repartidos por toda la ciudad.

Todo ello por no hablar del riesgo de que esos mismos festivales, congresos y otros acontecimientos con tanta visibilidad internacional decidan un día mudarse a otra ciudad con mayores facilidades para recibir a sus participantes.

Este año, el propio organizador del Mobile World Congress se vio obligado a reconocer que, sin alquileres turísticos, sería necesario buscar soluciones “creativas” como alojar a los visitantes en cruceros o residencias universitarias.

Precisamente para llamar la atención sobre esta realidad, desde el sector de los apartamentos turísticos legales de Barcelona hemos lanzado la campaña #TeQuedanDosFestivales. Una iniciativa que traslada una cuestión compleja a una situación que cualquier ciudadano puede comprender: la de un grupo de amigos que organiza un viaje a Barcelona dentro de dos años y descubre que lo más complicado no es conseguir entradas o elegir la ropa para asistir a un gran evento musical, sino encontrar un lugar donde alojarse a un precio razonable.

Barcelona tiene todo el derecho a debatir sobre su modelo turístico y sobre cómo gestionar los retos que acompañan a su éxito internacional. Lo que parece más difícil de justificar es que una ciudad que sigue apostando decididamente por atraer grandes acontecimientos globales renuncie al mismo tiempo a una parte esencial de la infraestructura que permite hacerlos posibles.

Junio vuelve a demostrar que Barcelona no quiere renunciar a su condición de capital internacional. La ciudad sigue invitando al mundo a participar de su cultura, de su conocimiento, de su creatividad y de sus grandes eventos. Y hace bien en cultivar esa ambición. La cuestión es si las decisiones que se están tomando hoy son coherentes con ese deseo de atraer a millones de visitantes.

Porque las ciudades globales no se definen únicamente por los acontecimientos que organizan. Su éxito también se mide por la capacidad para recibir a quienes acuden a ellos.