Hay éxitos que se convierten en una maldición. Nietzsche, cuando la Prusia de Bismarck derrotó estrepitosamente a Francia (1870), advirtió de que aquella victoria militar y el orgullo subsiguiente que inevitablemente iría asociado a ella eran un peligro para el espíritu alemán.
No es sólo que Nietzsche fuera un admirador de la cultura francesa, y que además asegurara que él, por sus antepasados, no era alemán, sino polaco (cosa ciertamente absurda). Es que los acontecimientos subsiguientes le darían la razón.
El ejemplo más prístino del peligro de un éxito demasiado clamoroso es la ciudad de Barcelona. Capital de la industria española durante los largos años del franquismo proteccionista, que obligaba a toda España a comprar los “paños” catalanes y los coches que fabricaba Seat, la apertura de las fronteras y liberalización de los mercados acabó en un segundo con aquellas industrias.
Para salir de la postración, el imaginativo y competente alcalde Pasqual Maragall (Barcelona, 1941, alcalde desde 1982 hasta 1997) se sacó de la chistera el proyecto, coronado ampliamente por el éxito, de resucitar la vitalidad de la capital catalana apostando por el turismo. Tras conseguir la nominación como ciudad olímpica gracias a su fértil entendimiento conspirativo con el franquista Juan Antonio Samaranch (1920-2010), hombre de extraordinaria habilidad política que dirigió durante 20 años el Comité Olímpico Internacional, los Juegos Olímpicos de 1992 fueron el colofón glorioso de aquel proyecto, que había comenzado con un programa de embellecimiento de la ciudad, o, mejor dicho, de recuperación de la perdida belleza de la ciudad, especialmente del patrimonio arquitectónico del Ensanche.
Hito de aquel proceso fue la campaña “Barcelona, posa’t guapa” (Barcelona, ponte guapa), mediante el cual el ayuntamiento colaboraba económicamente con los propietarios y comunidades de propietarios del Ensanche para que remozasen las fachadas de los edificios, entonces renegridas por el hollín que durante décadas habían estado arrojando a la atmósfera las chimeneas de las fábricas ya cerradas para siempre, y por las emanaciones del tráfico rodado, devolviéndoles su colorido y realzando sus imaginativas formas de principios del siglo XX.
El cambio de imagen de la ciudad fue, sin lugar a dudas, espectacular, quizá no pueden hacerse una idea cabal del mismo los que no pasaron la infancia caminando por aquella ciudad en blanco y negro, y grises, que algunos todavía alcanzamos a recordar muy bien como el escenario un tanto melancólico de la infancia como quien recuerda una película en blanco y negro.
El cambio de naturaleza de la ciudad determinó también que, con toda lógica, décadas después, otro lema publicitario municipal para ella proclamase orgullosamente que Barcelona es “la millor botiga del món” (la mejor tienda del mundo). Ya está todo dicho.
Pero recordemos todavía que sólo se opusieron a aquel cambio, pilotado magistralmente por Maragall y su equipo de socialistas ilustrados, algunos sectores llamémoslos “ultraizquierdosos” que se sentían sentimentalmente ligados a una ciudad costrosa, agónica… y barata.
A estas minorías nostálgicas y de poder ejecutivo nulo, les parecía que la colorista renovación del Ensanche lo convertía en el escaparate de una pastelería fastuosa. Especialmente, les molestaban el saneamiento del barrio chino (parte del saneamiento, además de la demolición de algunas calles y el trazado de ramblas y plazas, consistió en devolverle el antiguo nombre de “El Raval”), o la destrucción de los pintorescos aunque insalubres “chiringuitos” que se alzaban precarios en primera línea de mar en la Barceloneta, y que fueron derribados sin muchas contemplaciones por la maquinaria municipal.
Maragall, además, emprendió un programa de escultura pública y de nuevos edificios emblemáticos, como el del MACBA. Le secundaba en sus proyectos el enérgico arquitecto municipal Oriol Bohigas, que si jamás firmó ningún edificio interesante —ninguno, realmente, que se pueda asociar positivamente a su nombre—, como planificador urbano sí tuvo muchas iniciativas creativas y racionalistas, entre las cuales la remodelación de muchas plazas llamadas “duras” (porque la arena o los jardines le parecían sucios, y algo así como morunos, él prefería el cemento).
En los solares de aquellas fábricas muertas levantó Bohigas el nuevo barrio llamado “Vila Olímpica”, que nunca ha conseguido tener gracia ni personalidad, y, sobre todo, los crónicos embotellamientos del tráfico en la ciudad se aliviaron muy notablemente gracias al trazado de los cinturones.
A partir de aquellas innovaciones y modernizaciones, Barcelona se puso de moda en el mundo entero. Se convirtió en uno de los destinos turísticos más destacados de toda Europa, quizá sólo por detrás de París, Londres y las ciudades italianas. Con la ventaja, además, de que era más barata.
Por cierto, que todos los intelectuales más o menos ilustrados de la época, especialmente los de sensibilidad izquierdista, habían sido un enemigo declarado de la Sagrada Familia de Gaudí, objeto de befa y de manifestaciones contra la continuidad de las obras, en las que figuraba, por cierto, el joven Bohigas. Si éstas se mantuvieron durante décadas fue gracias al paciente empuje de los sectores conservadores y católicos de la sociedad.
El mayor propagandista de la obra de Gaudí fue el artista Salvador Dalí, que aunque floreció en el seno del movimiento surrealista (que sería deglutido por el comunismo, como es público y notorio), más reaccionario y franquista no podía ser. Esto es así. Sucedió así, es la Historia, es inapelable. Ahora los catalanistas reivindican a Gaudí como uno de sus apóstoles, en fin, esa gente come lo que puedan pillar en banquetes y funerales ajenos, aquí y allá. Ni caso.
En este contexto que acabo de describir, la Sagrada Familia, realzada por el conjunto de intervenciones embellecedoras, cobró todavía más proyección internacional de la que ya tenía, y con ella, los demás edificios de Gaudí en Barcelona.
El resultado de todo esto es la Barcelona que todos conocemos hoy, una ciudad cara, turística, que expulsa a sus ciudadanos, tomada por los fondos buitre y demás especuladores de toda laya. Clima agradable, playas, el aeropuerto cerca, hospitales solventes, ¿qué más puede pedir un expat?...
El éxito fenomenal ha sido su maldición paradójica. El templo de la Sagrada Familia, fabuloso pastel, es su signo, su mayor señal de identidad y la mitad del tirón turístico de la ciudad. Yo creo que sin la Sagrada Familia, y en general sin Gaudí, Barcelona no existiría. Aquel arquitecto visionario la ha hecho… y la ha destruido.
