Jordi Mercader y profesores catalanes en huelga Europa Press
El lío en la escuela exige la intervención del Parlament
"El modelo escolar necesita una rectificación de fondo que sepa conjugar el principio de realidad con la ambición de país"
El conflicto de la escuela catalana está mucho peor hoy que hace tres meses, cuando el Departamento de Educación firmó con CCOO y UGT un acuerdo inicial para invertir casi 3.000 millones en cuatro años. Hasta el Papa de Roma se va a enterar.
Los sindicatos mayoritarios están gravemente desacreditados, especialmente la prepotente Ustec; Educación ha jugado ya sus cartas sin éxito, el profesorado se ha fortalecido como colectivo autónomo en lucha y madres, padres y abuelos están agotando las existencias de resignación.
El rechazo democrático del supuesto pacto histórico deja en evidencia que la mejora salarial o el aumento de la contratación son medidas que solo atacan tangencialmente la profundidad de la crisis escolar existente en Cataluña.
Los déficits de un modelo diseñado para otras circunstancias sociales, culturales y demográficas son flagrantes. Además, el abandono material y emocional infligido al personal del sistema público de educación en la última década ha provocado una desmoralización general y galopante, explicitada en un empobrecimiento manifiesto del sentido vocacional de los docentes.
El modelo escolar necesita, pues, una rectificación de fondo que sepa conjugar el principio de realidad con la ambición de país. Este es un objetivo que corresponde impulsar y aprobar al Parlament, aunque ciertamente la nueva correlación de fuerzas en el sector tras la consulta impuesta por los sindicatos supone un factor añadido de complicación.
Tampoco la actual fragmentación de la Cámara catalana y la debilidad de un Gobierno en minoría facilitará el debate y una toma de decisión de esta trascendencia. Se requeriría algo más que una mayoría simple. Pero es lo que hay. Habrá que suponerles a los padres de la patria un grado de responsabilidad que expresan en contadas ocasiones.
Este será un proceso largo, incompatible con propuestas precipitadas, acuerdos sindicales de madrugada y las aulas cerradas por huelga con familias ansiosas por recuperar la normalidad. El calendario ayuda. La inminencia del verano debería ayudar a preparar un escenario más propicio para un pacto realmente histórico.
Tal vez, para empezar, convendría la convocatoria de unas elecciones sindicales para recomponer la maltrecha representatividad de cada fuerza y recuperar el crédito de los representantes frente al colectivo académico. Su credibilidad ahora mismo está bajo mínimos.
De todos modos, el reto a asumir por el Parlament exigirá más pedagogos y filósofos de la educación que sindicalistas, más lingüistas y sociólogos que políticos, más economistas y expertos en recursos humanos que activistas, más asociaciones de docentes que AFA.
La inminente aprobación de los presupuestos y el ejercicio de negociación hecho por los grupos parlamentarios progresistas para lograrla debería convencer a los más escépticos de que un desafío de esta trascendencia también está al alcance de la Cámara. Aunque sería una pésima noticia que el consenso del sistema educativo no incluyera a Junts.