La Guardia Civil, históricamente el cuerpo mejor valorado por los españoles según las encuestas públicas, vive momentos muy delicados.
Siempre fue el cuerpo policial menos permeable a la influencia política --la gran virtud que debe proteger una policía-- pero lleva seis años en caída libre, hasta llegar al máximo punto de desconcierto.
El cuerpo ha tragado mucha quina ante tanta injerencia inadecuada y los últimos episodios vividos con los informes de la UCO sobre la presunta actitud delictiva de Santos Cerdán y Leire Díez han acabado por colocar encima de la mesa la inadecuada actitud del director adjunto operativo (DAO) y de la directora general de la Guardia Civil.
Uno por tratar de atornillar al grupo investigador para evitar males mayores para determinados investigados de la órbita socialista. La otra por faltar al espíritu que exige su cargo y estar preocupada por la connivencia con el partido y no con el país, por estar más al servicio de su amiga Leire que del cuerpo que debe dirigir.
Malos momentos, pues, por la catadura moral y profesional de quienes están en la cúpula del cuerpo. La única salvación que tiene la Benemérita es que unidades como la UCO y otros estamentos de la entidad mantengan, como hasta ahora, el espíritu firme de investigar a las órdenes de la justicia a quien sea, ya se trate de un político de cualquier color político o del mismísimo jefe uniformado del cuerpo.
Sólo bajo esa pulcritud policial la Guardia Civil tiene futuro, cumpliendo con los preceptos de la entidad y alejándose de la indecorosa manera de actuar de algunos de sus superiores, más preocupados por intereses propios de echarle agua al vino y por tanto de estafar al conjunto de los españoles.
Aquellos que quizás no le dieron la importancia adecuada al cese del coronel Diego Pérez de los Cobos, uno de los mayores atropellos que se han vivido en un cuerpo policial, quizás ahora vean la magnitud de la tragedia.
El ministro Marlaska se empecinó en hacerle pagar al mejor hombre que tenía en el cuerpo la lealtad de éste con la justicia y no con los deseos partidistas del exjuez. Los tribunales le enmendaron la plana al ministro, pero él consiguió que Pérez de los Cobos no llegara a general.
Con la injusticia al coronel empezó todo. Empezó el inicio del desplome de un cuartel virtual que necesita un cambio de rumbo radical para evitar que cada semana haya un desprendimiento nuevo que acabe llevándose por delante la estructura misma de la entidad y la lucha de los españoles por evitar atropellos.
Miles de agentes arriesgan sus vidas, su prestigio y su esfuerzo para cumplir con la ley, ese principio que algunos alteran a su libre albedrío sin importarles las consecuencias, sin tener el respeto democrático que la sociedad debe exigirle a una policía.
