El miércoles me encontré con una situación imprevista, y no muy agradable. Una reconocida ilustradora local, coautora de un nuevo libro que narra la historia de dos emigrantes de un barrio humilde de Barcelona que se ganaron la vida como mujeres de la limpieza, rechazó mi solicitud de entrevista por no querer vincularse a un medio como Crónica Global, ya que el “liberalismo” y “españolismo” de su línea editorial “estarían alejados de su sentir y hacer político”.
Le respondí que entendía su decisión, pero que me sabía mal, porque justamente lo interesante de entrevistarla era lograr que su mensaje, “supuestamente” vinculado a las ideas de la izquierda progresista, llegase a un público “supuestamente” no tan sensibilizado con los problemas sociales.
“Si no, estamos haciendo lo mismo que con los algoritmos de las redes sociales, que solo nos muestran contenido afín a nuestras ideas. Si seguimos así acabaremos destruyendo el pensamiento crítico”, le respondí para convencerla, sin éxito.
El concepto de burbuja de filtro, acuñado por el activista digital Eli Pariser hace más de una década, describe exactamente este fenómeno. Cuanto más interactúas con un tipo de contenido, más te muestra el sistema de ese mismo tipo, hasta que tu feed se convierte en un espejo que solo refleja tu propia visión del mundo.
Y en un mundo donde la gente se informa cada vez más a través de las redes sociales, aunque sean posts de medios de comunicación “serios”, sea Crónica Global, La Vanguardia, el Ara o El País, el riesgo de desinformación crece de forma exponencial.
Según un estudio reciente elaborado por la agencia de comunicación Evercom con la colaboración de la fundación FAD Juventud y la Universidad Complutense de Madrid, el 70,3% de los jóvenes utilizan las redes sociales como principal canal informativo, seguidas de la televisión (57,8%) y de los medios digitales (40,1%).
Por otro lado, aunque el 60,9% sigue a medios de comunicación o periodistas en redes, la relación con la información se queda a menudo en la superficie: más de la mitad de los jóvenes (6 de cada 10) reconoce que solo lee los titulares y que el contraste sistemático de los contenidos no forma parte de su rutina. Si encima estos titulares se limitan a reconfirmar sus creencias e ideologías, su interpretación de la realidad queda seriamente perjudicada.
La decisión de la ilustradora me ha recordado una anécdota que viví a finales de 2008 o 2009, siendo reportera en Pekín. Un mes antes de las vacaciones de Navidad, el diario para el que trabajaba entonces, muy vinculado a la izquierda, pidió a todos sus corresponsales que colaborasen en un reportaje especial titulado Navidad entre rejas, sobre personas que por un motivo u otro pasarían las vacaciones navideñas encerradas en la cárcel, sin poder reunirse con sus familias.
Yo les respondí que en China el tema no tenía mucho sentido, ya que los cristianos son minoría, pero que igual podríamos enfocarnos en todos aquellos individuos encarcelados por pertenecer a iglesias y comunidades cristianas “ilegales”, es decir, fuera del paraguas del Partido Comunista Chino. Me pareció una buena manera de denunciar la falta de libertad religiosa en China, un país que por aquel entonces tenía relaciones nulas o casi nulas con el Vaticano.
Sin embargo, desde la redacción en Madrid me contestaron que no, que no querían una historia que, de algún modo, los posicionase “cerca” de la Iglesia. Me pareció una enorme contradicción.
Ahora estoy leyendo un libro de relatos cortos maravilloso, El Blues del Fin del Mundo (Siruela, 2026), del israelí Etgar Keret. Me apetece mucho recomendarlo a mis amigos, pero sé que algunos de ellos, grandes lectores progres, me dirán que se niegan a leer a un autor israelí.
Ellos se lo pierden.
