El Poder Judicial no decide el modelo de convivencia; lo deciden los poderes legislativo y ejecutivo. La oposición ignora que el ejercicio de la libertad no es una palabra vana.

Feijóo es aficionado a los laberintos, camina por un rizoma sin salida por falta de valor. No busca al Minotauro por puro miedo cuando lo tiene delante. Tiembla ante el poder inmaterial del Euzkadi Buru Batzar (EBB), el mando real del PNV dispuesto a escucharle, pero sin perder su alianza con el socialismo vasco del que dependen las diputaciones forales.

La política española está marcada por la influencia territorial que no reside exactamente en la opinión sociológica de los sondeos ni los poderes autonómicos, sino en las arquitecturas institucionales de las nacionalidades históricas.

El PP negocia con los territorios desde el punto de partida de la España unívoca y estos le responden con un mensaje plurinacional. No se trata del soberanismo enmarañador, sino de un modelo constitucionalmente aplicable como el que maneja la República Federal de Alemania, un país en el que, a Berlín no se le ocurre jamás ofender, con mensajes zafios, a los Gobiernos de Baviera o de la antigua Turingia.

Pero la derecha española es bravucona y ruda. Resulta imposible comparar, en términos de estrategia, a los de Génova, 13 con el canciller Metz, sucesor de Ángela Merkel, o con Emmanuel Macron, el centrista serpenteante del Eliseo.

España es el paraíso del Derecho Procesal. Las acusaciones y defensas ante los magistrados son el parteaguas del partidismo político. ¡Atómico! ¿Qué modelo plantea Feijóo ahora que parece estar tan cerca de la victoria? Nadie lo sabe.

La maquinaria que decide el delito es una potencia reflejada en los Códigos Penal, Civil o Mercantil. Los factores que intervienen en una instrucción son tan imprevisibles como los terremotos y, sobre todo, tengamos en cuenta que un auto no es una sentencia.

La palabra compromete en los audios que reproducen los medios, pero viaja con el viento como las prédicas de Franklin Graham, la figura del evangelismo blanco que el pasado fin de semana —a pocos días de la visita del papa León XIV— declaró en Madrid que cree en Trump porque “Dios lo ha elegido para esto”. ¡Toma!

Sánchez es una isla, pero Feijóo se aferra en mantenerla atada al continente. Enviar a Miguel Tellado a negociar con Aitor Esteban es un tachón imperdonable, ante el elegante presidente del EBB, profesor universitario, amante de la diversidad, conocedor de los pueblos indígenas norteamericanos y practicante de la lengua lakota.

Sin desafío a pecho descubierto no hay moción de censura, una guerra de nervios y acentos en la que “el fracaso muestra lo que el éxito oculta”, dice la cita de Carl von Clausewitz que Iván Redondo ha colocado en su libro El manual, prodigio de memoria acelerada.

El tempo lento de Mariano Rajoy no volverá y los acuerdos de Feijóo van, según el día, de “mi corazón a mis asuntos” (la Elegía). Los togados aguantan el chaparrón diario de casos con más ruido que enjundia y me consta que están hartos.