Mi amiga Vane llegó ayer de visita a Barcelona, así que hoy, si todo sale según lo previsto, nos reuniremos con el resto de compañeras de la universidad para comer y pasar la tarde juntas en la piscina comunitaria de una de ellas.
Habrá temas de conversación imposibles de evitar: maridos (y exmaridos) gansos, los problemas de los niños, la perimenopausia, los trabajos aburridos, los desastrosos ligues de Andrea, hasta hace poco la única soltera del grupo.
Y luego alguna sugerirá ir a hacer un tardeo, salir a bailar, emborracharse, sugerencia que no acabará haciéndose realidad, porque en realidad somos chicas catalanas serias y alérgicas al desmelene. A las doce estaremos en pijama, a punto de ir a dormir. Pero no siempre hemos sido así.
Cuando estudiábamos en la universidad solíamos ser de las últimas en salir de la discoteca, para terminar en el París desayunando un lomo con queso y explicándonos nuestras nefastas estrategias de ligoteo, un arte que nosotras bautizamos como “hacer comandos”, lo que equivalía a localizar al chico que nos gustaba y lograr un encuentro que pareciera casual. Nunca funcionaba, pero nos reíamos mucho.
Una vez creo que Vane y yo nos morreamos con el mismo chico en una fiesta y no lo supimos hasta el día siguiente. No hubo rencor. La diversión consistía en conseguir ese morreo, como si fuera un trofeo, algo que ahora se ha vuelto más complejo y burocrático, pues los hombres, después de tanto feminismo, se sienten obligados a preguntar si te pueden besar. ¡Con lo divertido que era hacer la cobra!
“Tenemos que vernos más” es la frase que nos repetimos después de cada encuentro. Las agendas son las que son, pero también hay un factor de dejadez, de favorecer las relaciones sociales superficiales por encima de las amistades de toda la vida.
Las amigas que te conocieron antes de los hijos, de las hipotecas, de los divorcios y de los antidepresivos (en realidad yo solo tengo lo primero) son también las únicas que recuerdan quién eras antes de convertirte en una mamá responsable y ocupada.
“Mantener las amistades puede hacerse difícil a medida que uno se hace mayor. Sin embargo, para los baby boomers y los miembros de la Generación X (nosotras), puede llegar a ser una cuestión clave para el bienestar”, alerta un reportaje publicado en la revista Newsweek en diciembre de 2024.
El reportaje toma como base los resultados de la Encuesta Nacional sobre Envejecimiento Saludable de la Universidad de Michigan, que revelaba que los adultos que no tienen amigos cercanos son significativamente más propensos a sufrir problemas de salud física y mental en comparación con aquellos que cuentan con conexiones sociales sólidas.
“Los seres humanos estamos hechos para conectar con los demás; nunca estuvimos destinados a vivir aislados”, afirma en el mismo reportaje Aly Bullock, terapeuta y responsable de relaciones de la app Paired.
“A través de las interacciones con otras personas encontramos sentido al mundo que nos rodea... La amistad se vuelve aún más importante en etapas avanzadas de la vida porque combate la sensación de que el mundo sigue adelante sin nosotros. Si tengo un amigo, puede que nos sintamos irrelevantes juntos, pero estamos juntos”.
Según Bullock, a medida que nos hacemos mayores corren también ideas equivocadas y prejuicios, como el hecho de pensar que, si alguien no te llama, es porque no quiere verte. “No es cierto. Puede haber muchísimas razones por las que alguien no te esté buscando, y al dar tú el primer paso, quizá te conviertas en el ángel que esa persona necesitaba en su vida”, añade.
Espero que hoy, después de pasar el día juntas, mis amigas y yo nos comprometamos de verdad a vernos más y divertirnos como antes. Yo, al menos, las echo de menos.
