Houston (Texas) se ha convertido en tierra de acogida de un abuelo entregado (mi marido) y una abuela imperfecta (yo misma). Por las calles arboladas, sin tiendas ni paseantes, los runners y jardineros nos saludan sonrientes mientras empujamos el carrito del nieto hasta la guardería. Somos una rareza, por edad y costumbres. De allí acabamos de regresar tras un período ejerciendo de au-pairs. A la vuelta, los amigos, sea cual sea su plurinacionalidad, no cesan de preguntarnos por Donald Trump. Del presidente gringo y desenfrenado se habla más en Barcelona o Madrid que en la mestiza tierra texana.
Un joven venezolano licenciado en leyes, que ahora conduce un Uber, nos cuenta sus razones para emigrar al lejano Oeste: “Los que buscamos prosperar, acá venimos”. Luego explica que sus amigos en España le habían informado bien. “Para vivir tranquilo, con sanidad y enseñanza gratuita, mejor España”, me dicen. “Pero si quieres hacer plata, quédate en América”. El venezolano resume: “En Texas hay que echarle bolas”. Sin embargo, son unos 2,3 millones, los nietos de españoles que aspiran a la nacionalidad.
En Texas, los emigrantes trabajan mucho, pagan su hipoteca, abonan el crédito del carro o los carros y, sobre todo, intentan no enfermar (el seguro de salud no baja de los 350 dólares mensuales). Nada es gratis por estos lares con menos impuestos y un Estado nada intervencionista. En tierras que entre el siglo XVI y principios del XIX pertenecieron al Virreinato de la Nueva España, casi todos provienen, ahora, de otro lugar. En Houston, una de las ciudades que más crece en los USA, el 40% de la población es hispana.
Texas es capaz de atraer a los mejores profesionales del mundo, ya sean whites (europeos), brown (indios/asiáticos) o black (afroamericanos). Los jóvenes mejor formados en sanidad, tecnología o inteligencia artificial, sean de donde sean, son muy bien recibidos. Respetados y doblemente pagados. Allí se van también nuestros nietos, con padres más que suficientemente preparados en las universidades españolas. Mientras, llegan a España los nietos de quienes emigraron en los años 30 y 40 tras la contienda civil. En su mayoría, consiguen el sueldo mínimo, acceden a hospitales públicos de calidad y aspiran a una o dos habitaciones donde vivir.
Hasta el Oeste americano, por las calles subterráneas de Houston, las costas de Galveston o las afueras petroleras de Dallas, ha corrido la voz de las facilidades del Gobierno de Pedro Sánchez para los nietos de hispanos. “¿Son ustedes de España?”, nos preguntó, en un acento difícil de describir, un joven y amable camarero del centro comercial donde vamos a desayunar y leer diarios. Cuando le dije que era de Barcelona, empezó a hablarme “una miqueta” en el catalán, que había aprendido por internet. Sonaba bonito. Llámenme Fernando (“Ferran, si quieren”), nos dijo este mexicano de Cuernavaca con residencia en Estados Unidos.
Así, entre espaguetis, empezó nuestro viaje al pasado del joven y su exiliada familia de artistas. Resulta que Ferran, apellidado Prats, vive legalmente en el país, pero quiere instalarse en Madrid. Es descendiente del dibujante y poeta catalán apodado Shum, el de los muchos nombres, el de les mans trancades por una bomba que estalló, al parecer, antes de ponerla. Cuando le pregunté si me estaba hablando del pintor anarquista, se sonrojó y miró a los lados con recelo. “Sí, era bastante famoso durante su República, ¿verdad?”.
Iba y venía, sacando y poniendo platos, hablando en tres idiomas a la vez. Quería saber. La clienta (yo) pensaba en aquel pintor que firmaba como Alfons Vila i Franquesa en algunas revistas satíricas de antes y durante la Guerra Civil, que emigró a La Habana y a otros lugares. Fernando, cuya lengua materna es el castellano, quiere conocer Cataluña e investigar sobre sus ancestros; su abuela mexicana ya le explicó algo. Y, más allá de sus raíces, el joven cree que su familia (dos niños y una mujer latina) viviría mejor en España. Lleva dos años ahorrando para emigrar. “En España”, pregunta, “¿tienen ustedes gratis el hospital y la escuela, veritat?”.
Los nietos del exilio quieren regresar a la patria de sus ancestros. Antes, el atribulado Gobierno de Sánchez debería poner orden en el caos que es el proceso de acogida y asegurar que haya hospitales, escuelas y viviendas para recibir a esos millones de nietos que tenemos esparcidos por el mundo. Aun así, le animo: Vente para acá, Ferran, que la España plurinacional no te rompa los sueños.
