Nada hay más estresante que seguir una rúa de celebración de un título, uno no sabe si alabar u odiar, dependiendo de cada momento.
Si Yamal ondea la bandera palestina, fatal, si enarbola una estelada, bien. O al revés, depende, que a mí me parece bien lo de la bandera palestina pero mal lo de la estelada. Pues a mí no me gusta ninguna de las dos, en esa celebración solo debería haber la bandera azulgrana. De eso nada, debe mostrarlas las dos, eso es libertad de expresión.
Otro opina que no deben beber alcohol, son un mal ejemplo para los niños. Al de más allá le parece de perlas que beban y se diviertan, que son jóvenes y han ganado la liga. Y qué me dice usted del portero polaco, fumando, menudo ejemplo está dando, con la de casos de cáncer de pulmón que hay en el mundo, dice aquél. Son sus pulmones y no está obligando a nadie a fumarse un Cohíbas, y además es un tipo muy simpático, le responde el vecino.
Mire, mire cómo se divierte Flick, cómo es posible que se ría así, si acaba de fallecer su padre, analiza una señora. Eso son cosas personales, cada uno lleva el duelo como quiere, contesta su marido. Ya, pero un padre es un padre. Y un título es un título.
Ha habido un jugador que no ha saludado a un niño con silla de ruedas que estaba gritando su nombre y llorando, afirma el cartero. Igual no lo ha oído, que había mucha gente y mucho ruido, reflexiona el quiosquero. Pues deben fijarse mejor. A qué vienen esos cánticos contra el Espanyol y contra el Madrid, eso es no saber ganar, acusa un perico. Qué dice usted, yo, si no se acuerdan de los rivales en un día como este, siento que falta algo, rebate un culé.
Lo mejor para la salud emocional es no ver ni un solo minuto de la rúa ni de nada que tenga que ver con la celebración del título, porque uno pasa del amor al odio en cuestión de minutos y termina desquiciado.
Otra opción sería no dar ninguna importancia a lo que haga un grupo de jóvenes para festejar su victoria, pero parece ser que eso no cabe en las cabezas de los aficionados.
-¡Que sepa la selección española que no cuanta con mi apoyo en el mundial!
-Creo que podrán superarlo. Por cierto, ¿a qué se debe su desafección?
-Alguien tiró al autobús un balón de playa, ¡Y Fermín lo chutó!
Si yo fuese jugador del Barça, casi preferiría perder todos los títulos para no tener que aguantar a esa gente que, haga lo que haga, le va a parecer mal.
Y suerte que no hubo los clásicos parlamentos -si los hubo, me los perdí- en los que cada jugador se dirige a los aficionados, como si fueran sesudos pensadores en lugar de deportistas. Ahí la gente mira con más lupa si cabe.
-Ja, ese lleva cinco años en Barcelona y no es capaz de hacer su discurso en catalán, menuda falta de respeto- opina de un jugador holandés un catalán de pura cepa que es incapaz de escribir en su propia lengua sin cometer cinco faltas de ortografía en cada línea.
-Mira, mira como intenta chapurrear catalán este jugador nacido en Andalucía. Eso es porque en el Barça se les obliga por contrato a hablarlo. Es un traidor a España -asevera un madrileño que no ha salido jamás de su barrio y a quien le parece un insulto hablar cualquier cosa que no sea castellano con acento de Lavapiés.
-Me he fijado en que Araújo no se ha referido en ningún momento a la situación en Palestina, esa falta de sensibilidad es intolerable- se queja una ministra de Podemos.
-Ni tampoco ha defendido los derechos LGTBI, realmente los jugadores de fútbol viven fuera de este mundo- tercia el organizador de un curso sobre transexualidad.
Y así.
Visto lo visto, lo mejor es hacer como Laporta, que se pone el mundo por montera y se va a Luz de Gas donde, entre bailes, copas y señoritas, le resbala por igual lo que opinen tirios y troyanos, merengues y culés, amigos y enemigos. Que aprenda Florentino.
