Hace unos meses mi amiga Idoia me preguntó si la acompañaría a un concierto de música clásica. “No he ido nunca a ninguno, y sé que a ti te gusta”, me dijo. Le dije que sí, encantada, y me comprometí a consultar la agenda musical barcelonesa para las próximas semanas y hacerle alguna propuesta. La verdad es que no tengo mucha idea de música clásica, pero algo “se pega” cuando te has criado con un padre melómano que nos ponía conciertos de Beethoven a toda castaña al llegar del cole.

Tras descartar por falta de entradas el concierto de Lang Lang en el Palau el próximo 29 de mayo (Mozart, Albéniz, Granados, Liszt y Beethoven), nos decantamos por el recital de Igor Levit, otro pianista genial, que el pasado martes interpretó, también en el Palau, tres obras clave del Romanticismo: la última sonata de Schubert (nº 21), las cuatro Nachtstücke de Schumann y la Sonata nº 3 en Si menor de Chopin, causando una fuerte ovación del público.

“Cuánta emoción en un piano”, concluyó mi amiga Idoia al terminar el concierto. Salimos las dos conmovidas, después de dos horas bajo el hechizo de este joven pianista rusoalemán de aire serio y contenido. “Levit no interpreta este repertorio como piezas de museo, sino que lo habita con su mirada moderna y valiente. La clave al escuchar sus versiones es darse cuenta del equilibrio entre el respeto máximo por la partitura y la absoluta libertad expresiva: silencios que hablan, dinámicas de sonoridad extremas y una capacidad expresiva única que hace que obras muy divulgadas suenen como si fueran nuevas”, escribe el musicólogo Luca Chiantore en el programa de mano del Palau.

En la media parte, comiendo galletas de chocolate rodeada de guiris, recordé que Schubert era uno de los músicos favoritos de mi abuelo, otro gran pianista, y pensé que le alegraría saber lo mucho que me había gustado la Sonata nº 21, la última que escribió antes de morir. “Es como un paisaje inmenso que fluye: ahora sereno y lleno de luz, ahora introspectivo y atravesado por sombras inquietantes”, escribe Chiantore.

A Chopin lo “descubrí” leyendo Jóvenes Talentos (Libros del Asteroide, 2013) del autor búlgaro Nikolai Grozni. La novela, con tintes autobiográficos, está protagonizada por Konstantin, un estudiante de piano de la Escuela Nacional de Música de Sofía durante los últimos años del régimen comunista. Konstantin tiene 15 años y está dotado de un gran talento musical, pero no soporta la dura disciplina académica a la que está sometido el alumnado, así que convierte el piano en una forma de rebelarse contra la falta de libertades de su país.

“Estábamos en guerra con el Estado, y los cigarrillos, el alcohol y el diazepam eran nuestras armas preferidas. Los cerdos comunistas poseían nuestras vidas”, dice Konstantin entre clase y clase. Así, sin querer, Grozni convierte cada lección de piano de Konstantin en una lección sobre música y sobre la vida misma, además de trazar una oda a Chopin, su compositor favorito.

“Había un momento en las piezas de Chopin en que este dejaba la pluma sobre la mesa, se acercaba a la ventana y, pañuelo en mano, lo explicaba todo tal como era, sin adorno ni engaño. Un momento de inesperada honestidad que en un instante dejaba a la vista la condición humana”. Y continúa, revelando sus conocimientos de filosofía oriental: “un momento de verdad en la música demostraba que las batallas entre el ser y el morir, entre lo corpóreo y lo eterno, no eran más que entonación, la expresión melódica de una tensión”.

Me falta conocimiento y vocabulario para escribir reseñas o dar consejos musicales, pero salí del Palau con ganas de releer a Grozni. Una pena que no haya vuelto a publicar.