Cuando aparezca publicado este artículo, quizás el suceso que voy a comentar haya quedado sepultado entre las toneladas de informaciones incesantes que recibimos a diario. Quizás ya forme parte del limbo mediático de la desmemoria. Como los 46 muertos de Adamuz. Como los 6 jóvenes que perdieron la vida en la playa de El Bocal al ceder una pasarela.

"Ha sido un cúmulo de desdichas”, tituló El País en su noticia sobre el accidente de los jóvenes.

Respecto a la tragedia de Adamuz, aseguraba hace poco Iñaki Barrón, presidente de la CIAF, que había sido “un hecho fortuito con enorme carga de mala suerte”.

El propio ministro Óscar Puente, horas después del accidente, ya había afirmado que era “tremendamente extraño y difícil de explicar”.

¿Hay un patrón que se repite? Parece que lo hay.

Al fin y al cabo, cuando una tragedia solo es imputable al puro azar, al infortunio, ahí acaba el trabajo de fiscalización de la prensa y la demanda de responsabilidades políticas.

Pero volviendo al suceso que refería al inicio: el sábado 2 de mayo, un hombre mató a cuchilladas a una mujer, a plena luz del día, en un barrio residencial de Esplugues de Llobregat.

El agresor salió huyendo, se paseó con un cuchillo de grandes dimensiones por la Avenida Diagonal y, finalmente, fue detenido por los Mossos d’Esquadra en el barrio de Les Corts.

La primera noticia que tuve del hecho fue a través de una cuenta de X. En la publicación, que adjuntaba una foto del supuesto agresor, se daban detalles muy concretos: que un tipo muy alterado, portando un enorme machete, había atacado a varias personas en la calle y había matado a una adolescente asiática que vivía en un bloque de pisos de una calle determinada.

Como me sorprendió el nivel de detalle, me metí en los comentarios para ver si se aclaraba la fiabilidad de la fuente. El propietario de la cuenta afirmaba que la información le había llegado a través de un amigo suyo, vecino de la zona.

Poco después, empecé a ver la noticia en algunos medios: se hablaba de un crimen machista y que el agresor podía ser la expareja de la víctima.

Me extrañó la hipótesis, teniendo en cuenta la primera información que yo había leído: si la víctima era adolescente, resultaba cuando menos chocante la edad del agresor, que aparentaba ser mucho mayor que ella.

En las noticias de los medios tradicionales, sin embargo, se hablaba de “una mujer”, no de una adolescente.

Fueron pasando las horas y me extrañaron dos elementos. El primero, el grado de inconcreción de las noticias en comparación al grado de detalle de la publicación inicial de la cuenta de X.

Podría explicarse por el criterio de prudencia: faltaban datos contrastados y el juez había decretado el secreto de sumario.

Pero el segundo detalle que captó mi atención —y éste sí que me pareció más anómalo— fue la poca relevancia que estaba teniendo la noticia en la prensa digital: entré en algunos de los principales medios, tanto nacionales como catalanes, y en ninguno de ellos la noticia ocupaba un lugar destacado.

De hecho, había que buscar a conciencia para encontrarla camuflada entre otras muchas noticias que no parecían tener la misma magnitud mediática.

Y desde ese momento no pude dejar de preguntarme por qué.

Por qué el asesinato de una mujer indefensa, adolescente o no, en plena calle, a plena luz del día, en un barrio residencial, en un lugar colindante con una de las arterias de Barcelona, no abría los medios digitales o los telediarios.

¿Acaso porque también en esta ocasión se consideraba una pura fatalidad, un hecho aislado del que no se pudieran derivar responsabilidades políticas?

¿Acaso para no crear alarma social?

¿Y cómo es posible que los grandes medios siguieran el mismo criterio para restarle trascendencia mediática?

¿Cuáles son esos criterios y quién los establece?

¿Acaso no deberían ser los medios de comunicación garantes del derecho a la información de los ciudadanos?

¿Cómo es posible que en la prensa de nuestro país se hayan dedicado incontables horas a debates como el pico de Rubiales a Jennifer Hermoso o la supuesta agresión —negada por una jueza— de Vito Quiles a Sarah Santaolalla y se le dedique una atención mínima a un crimen de estas características?

Tampoco vi demasiadas declaraciones institucionales condenando el asesinato o solidarizándose con la familia de la víctima.

El president Illa, que dos días antes había condenado en X el “secuestro” de dos miembros de una flotilla por parte de Israel, no hizo alusión alguna al ataque.

Sí que publicó un comunicado el alcalde de Esplugues, lleno de fórmulas vacías, en el que acababa condenando “cualquier tipo de violencia”.

¿Lo oyen? Ante el asesinato concreto, atroz, de una mujer indefensa, la muletilla de la condena a cualquier tipo de violencia.

Y qué quieren que les diga. He leído esa expresión demasiadas veces, en contextos de extremada podredumbre moral, y he visto, también demasiadas veces, en los mismos contextos, cómo cierta prensa miraba para otro lado, como para ser optimista con respecto a la deriva de algunos fenómenos.