Al señor Pere Puigbert no le permiten vender su fruta a pie de carretera, en el Ampurdán, y eso que, hasta no hace mucho, en los márgenes de las carreteras de dicha comarca, amables señoritas vendían sus cuerpos (en este punto, vamos a aguantarnos las ganas de mencionar partes del cuerpo femenino que vulgarmente se conocen por nombres de fruta, que este es un periódico serio), por lo menos así era la última vez que estuve por aquellas tierras. No sé si todavía queda alguna; supongo que sí. A pesar de la persecución a la que fueron sometidas, esas señoritas son pertinaces en su instinto comercial. Además, ellas no necesitan anunciarse con un cartel —al parecer es lo que al Govern le molesta del señor Puigbert—, puesto que su sola presencia en la cuneta es suficiente para que los potenciales clientes sepan qué se ofrece ahí y bajo qué condiciones.

No es el caso de un pobre payés; este se ve obligado a comunicar a cuánto va el quilo de nectarinas. De alguna manera, tiene que atraer a los viajeros; no pretenderá el Govern que todo un señor Pere utilice el mismo método que aquellas profesionales y se coloque a pie de carretera con minifalda y tacones, echando besos a los automóviles que pasan, a ver si para alguno. Cada profesión tiene sus propios sistemas de márquetin y publicidad y es mejor no mezclarlos, o existe el peligro de confundir a los clientes. Para evitar tanto que a Pere le soliciten un francés, como que a alguna profesional de las cunetas le pidan dos quilos de mandarinas, lo mejor es que unos carteles indiquen con claridad qué se ofrece ahí. Por lo menos en el caso del vendedor de fruta, que es quien más tendría las de perder en caso de equivocación.

El caso es que a Pere Puigbert, probo payés de Ventalló, le han multado con 10.000 euros por anunciar y vender a pie de carretera lo que con tanto esfuerzo consigue generar en sus campos, manzanas en una época, peras en la otra y supongo que hasta melocotones y sandías en determinada estación, no lo sé, no estoy muy puesto en agricultura. No deja de ser curioso que al mismo tiempo que en nuestras ciudades proliferan los manteros vendiendo ridículas gorras o gafas de sol que le queman a uno la retina si las lleva puestas más de treinta minutos, la saludable fruta no pueda ofrecerse a los viajeros. Debería probar don Pere a vender camisetas falsificadas del Barça, a ver si así le dejan en paz.

Ignoro qué norma vulnera concretamente nuestro agricultor, aunque eso es lo de menos, probablemente lo ignora también quien, desde un confortable despacho, haya decidido que merece una multa. Si es necesario, se le puede acusar de colocar publicidad al lado de una carretera, o que la fruta que expone al público queda contaminada por el polvo y los gases de los automóviles, o que no tiene a mano una balanza de precisión por si un comprador quiere comprobar si efectivamente le está vendiendo un quilo de cerezas o faltan cincuenta gramos, o de no disponer de libro de reclamaciones, o de tener solo bolsas de plástico, con lo malas que son para el medio ambiente, o de no estar en posesión del carné de manipulador de alimentos, o de no haberse lavado las manos antes de empezar la jornada, o de atentar contra los derechos de los trabajadores por estar de sol a sol vendiendo el producto de su huerta, o de no llevar el calzado reglamentario, o de infringir una normativa europea, da igual cuál. O de todo a la vez, así aprenderá. Da igual, lo importante es dificultar, o mejor todavía, impedir que un ciudadano se gane la vida honradamente.

Pudiendo meterse en política, que es trabajo descansado, a quién se le ocurre dedicarse al campo.