No cabe duda de que vivimos en una época en la que a quienes nos gobiernan y a sus voceros les encanta aterrorizar a los ciudadanos. Si a eso le unimos una educación cada vez más pobre, la facilidad para manipular a la población es enorme.
Así ha sido durante siglos y parece que así va a volver a ser. Los chamanes, los brujos, los reyes absolutos,… combinaban la ignorancia con el miedo para controlar a los ciudadanos, entonces súbditos.
A lo largo de la historia ha habido momentos donde el pensamiento crítico dominaba, pero parece que la actual está tocando a su din y volverá a ser un nuevo paréntesis de la historia.
Lo que no han podido hacer dictaduras y controles férreos lo está logrando el populismo, en todas sus formas y colores, con la inestimable labor de las redes sociales.
Hace ahora seis años demostramos que somos una sociedad tremendamente dócil y nos tragamos todo lo que nos hicieron hacer: uso permanente de mascarillas, encierros intermitentes, limpieza de suelas al regresar a casa, limitaciones absurdas a la movilidad… hasta llegamos a tener horarios partidos en bares y restaurantes en Cataluña (07.30-09.30 y de 13.00 a 15.30), como si el SARS-CoV-2 entendiese de horarios.
El sentido crítico era disidencia y la mayoría de la población recriminaba al que dudaba. Nuestro Tribunal Constitucional declaró en julio de 2021 parcialmente inconstitucional el primer estado de alarma y en octubre totalmente inconstitucional el segundo, con prácticamente ninguna consecuencia, por cierto.
La invasión rusa de Ucrania trajo un nuevo discurso del miedo. Cereales, tierras raras, fertilizantes… todo provenía de Ucrania. Además, las sanciones a Rusia nos iban a dejar sin gas y Europa moriría congelada.
A pesar de que la guerra ya está en su quinto año, lo más relevante es que ha servido de excusa para subir los precios y es lo mismo que la actividad estuviese o no afectada directa o indirectamente por Ucrania, todos los precios han subido, pero no han faltado ni cereales ni gas ni nada.
Ahora hay otro motivo para tener miedo, el cierre del estrecho de Ormuz. Y nos dicen que no podremos volar porque no habrá queroseno. Los datos no dicen eso, al menos para España. Pero parece una bonita excusa para acelerar la agenda verde, castigar a los aviones y, además, hacer de nuevo que los ciudadanos tengan miedo.
España solo importa el 10% de su petróleo desde Oriente Medio. No lo digo yo, lo dicen los datos de CORES (Corporación de Reservas Estratégicas de Productos Petrolíferos), una corporación de derecho público sin ánimo de lucro, tutelada por el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico. 10,7%, para ser exactos.
El resto viene de América y de África, sobre todo, siendo, oh sorpresa, Estados Unidos el primer país suministrador, seguido por Brasil, México, Nigeria, Libia,… Y respecto al queroseno, España exporta petróleo refinado.
A diferencia de otros países, en España se ha invertido en nuestras refinerías y no solo tienen capacidad suficiente para todo el consumo nacional, sino que son lo suficientemente flexibles para procesar varios tipos de crudo, lo cual ahora es una enorme ventaja.
Se estima que menos del 5% del queroseno que se usa en España proviene de petróleo que pasa por el estrecho de Ormuz. No parece que por un 5% menos de oferta se hayan de quedar los aviones en tierra.
Otra cosa son los precios. El mercado del petróleo es global y se mueve por impulsos. Por el estrecho de Ormuz pasa entre el 20 y el 25% del petróleo mundial, siendo el principal destino India y China (para China supone el 40% de su petróleo).
Pero por más que otros productores pudieran elevar su producción, que el petróleo esté en 100 dólares el barril no le sienta mal a los productores, por lo que no van a producir más para bajar el precio, que podrían.
El petróleo ha pasado de los 60 dólares a los 100, por lo que para algunas aerolíneas los números no les acaban de salir, pero en parte es por su culpa porque si algo es estándar son las coberturas de precio del petróleo.
El combustible puede suponer el 30% del coste de una aerolínea por lo que la mayoría de ellas tienen coberturas de precio entre un 60% y un 80% del volumen. Si “solo” se tienen coberturas del 60%, estamos hablando de un incremento de costes en el 12% de su base de costes…tampoco parece tan grave.
Si las aerolíneas tienen una cobertura de precio razonable y hay aseguramiento de combustible, ¿por qué todo este alboroto? Supongo porque el ciudadano asustado es menos libre y, por tanto, qué mejor que decirle que se puede quedar sin las vacaciones con las que lleva soñando todo el año.
Además, es una fantástica oportunidad para subir precios y, también, para asociar el avión a algo a erradicar. Poder volar de Barcelona a Londres por menos de 40 euros parece que a la religión woke ha dejado de gustarle.
Parece que a la izquierda woke le parece bien decir que volar tiene que ser privilegio de los ricos, aunque muchos de sus líderes son abonados a los vuelos privados. Como decía San Juan, (Juan 8:32) la verdad os hará libres. Contra el miedo, la información. Contra el relato, el dato.
