El martes pasado, dos días antes de la diada de Sant Jordi, mi amiga María me invitó a ir con ella a una clase de yin yoga en un espacio de “bienestar integral” en Sarrià. “¿Es muy de respiración o qué?”, le pregunté medio en broma. “Ya sabes que no quiero conectar conmigo misma”.
María me repite constantemente que debería hacer más esfuerzos por conectar con mi yo interior, escuchar lo que de verdad quiero, en lugar de ir dando palos de ciego. “Es un yoga muy contemplativo. Te sentará bien, piltrafilla. Confía en la vida”.
Acepté la invitación, no sin cierto temor a aburrirme: a diferencia del Vinyasa —la modalidad que yo practico, más física— el yin yoga es un estilo mucho más pausado y pasivo, en el que las posturas, casi siempre en el suelo, se sostienen de forma relajada, entre dos y cinco minutos.
“De todos los estilos de yoga que practico, el yin es el que más me cuesta y el que más me transforma”, admite en su web Xuan Lan, un referente del yoga en las redes sociales. “No porque sea difícil en términos físicos, sino porque exige algo que nuestra sociedad entrena poco: quedarse quieta, sin hacer nada, y simplemente observar lo que surge.
El yin yoga es el antídoto perfecto a un mundo que nos pide constantemente más actividad, más velocidad, más producción. Y una vez que lo pruebas de verdad, no solo una clase sino varias, algo cambia”.
La verdad es que, habiéndolo probado solo una vez, le doy la razón a Xuan Lan y a mi amiga María, que desde que se ha divorciado parece dispuesta a convertirse en una experta en terapias de autoconocimiento y bienestar emocional.
La sesión de yin me dejó en un estado totalmente calmado, como si flotara, y tuvieron que pasar unos minutos hasta que pudimos aclimatarnos al bullicio del restaurante al que fuimos a cenar algo al salir.
Mientras esperábamos a que llegase la comida —cocas de sobrasada y berenjena, ñam— me acordé de mis primeras clases de yoga, en Pekín. Tenía 29 años, acababa de romper con mi pareja, y sufría ansiedad. El yoga no resolvía nada, pero me aportaba serenidad, tranquilidad interior, seguridad en mí misma, además de una agradable sensación (temporal) de que todo me resbalaba.
Desde entonces, no he dejado de practicar yoga al menos una vez a la semana. Prefiero los yogas más activos, a pesar de que mi flexibilidad sigue siendo igual de limitada —soy incapaz de sentarme en la postura de Buda sin que se duelan las rodillas— y el simple hecho de pasarme una hora practicando a sanas y respirando por la nariz tiene un efecto relajante y reconstructivo.
“Yoga es actitud, concentración e interiorización, una senda en la que el cuerpo es una herramienta para elevar la consciencia. No es deporte, no es calistenia, no es acrobacia, no es simple ejercicio. Tampoco es un culto, una afirmación del ego o apego al cuerpo.
Es, básicamente, una técnica de mejoramiento integral y de autorrealización”, explica Ramiro Calle, pionero del yoga en España y autor de más de 200 libros sobre el tema, en una entrevista reciente con CuerpoMente.
Coincidencias de la vida, un día antes de mi clase de yin yoga con Maria, mi amiga Irene me regaló su último libro, Una buena mente (RBA, a la venta el 13 de mayo), en el que Calle, de 82 años, trata la importancia de reeducar la mente y activar sus potenciales, como la consciencia, la atención, la voluntad o el discernimiento, así como para encontrar un estado de armonía y bienestar. Para lograrlo, sostiene, el yoga y la meditación son técnicas que pueden ayudar.
No suelo leer este tipo de libros porque, como dice mi amiga Maria, soy más de hacer que de pensar, y me aburre leer sobre yoga o poner etiquetas a cómo funciona mi mente. Pero, como es un regalo, lo dejaré encima de la mesita de noche, junto a mi otro libro-regalo de Sant Jordi: Neurociencia para la vida real: los 10 pasos que mejoran tu cerebro (Planeta, 2026).
La autora, Ana Ibáñez, una reconocida neurocientífica y videconfereciante española, autora del bestseller Sorprende a tu mente, “da un paso más en la educación de pautas neuronales que demostraran que el cerebro tiene una enorme capacidad para cambiar rutinas aprendidas que afectan a nuestro bienestar”. ¿El objetivo? Conocernos mejor para reducir el estrés, el drama, la ansiedad y los pensamientos negativos, aumentar la concentración y hasta dormir mejor.
Me acabaré la novela que estoy leyendo (La gran fortuna, de Olivia Manning) y luego ya veremos. Quizá empiece uno de los dos. O quizá no.
