Cuando tenía ocho o nueve años mis padres decidieron cambiar su piso de Barcelona por una moderna torre con jardín en el pueblo del Maresme donde veraneaban mis abuelos paternos.

La casa, a pie de bosque y con vistas al mar, había sido diseñada para dar fiestas y recibir a gente (¡hasta tenía barra de bar!), y enseguida se convirtió en lugar de encuentro para celebraciones con amigos y familiares, como la anhelada comida de Sant Esteve, que mi padre organizaba con esmero.

Uno de los invitados a este fabuloso almuerzo navideño —el primer plato era foie gras acompañado de huevo hilado— fue durante un tiempo el reconocido cineasta Jaime Camino, expareja de una de mis tías, que tuvo el buen gusto de elegir nuestra casa como plató de una de sus últimas películas, Luces y Sombras (1988).

A pesar de no haber visto la peli (muy mal, Andrea), recuerdo perfectamente la aventura que fue para mi hermano y para mí trasladarnos durante el rodaje a la antigua casa de verano de mis abuelos, con sus camas antiguas de madera, sus baños de grifos chirriantes y un teléfono de disco de color gris colgado en la pared que cuando sonaba me daba miedo.

Más allá de esta anécdota, y de haber compartido alguna sobremesa hablando de mis últimas lecturas, apenas llegué a conocer a Jaime. Lo hago ahora, 16 años después de su muerte, gracias al emotivo libro que acaba de publicar su hijo, mi primo Teo Camino, colaborador de este medio, en su recuerdo.

Ahora que ya no me lees (Funambulista, 2026) es una interesante mezcla de autoficción, biografía y novela poético-epistolar protagonizada por un Teo de 26 años que, a los pocos meses de largarse a Londres para buscarse a sí mismo mientras trabaja en el guardarropa de un pub, recibe una llamada fatídica de su madre. “Mi madre nunca me llama. Mi madre solo me llama el día de mi cumpleaños”, escribe Teo, oliéndose lo peor.

Teo regresa a Barcelona para descubrir que su padre ha muerto sin haberse podido despedir, lo que le lleva a encerrarse en su piso de la calle Balmes, que debe vaciar en unas semanas. Es su forma de atravesar el duelo. A través de muebles, ropa, recuerdos, fotografías, diarios y documentos que su padre guardaba en el piso, mi primo narra la vida de Jaime Camino y revive los momentos que vivieron juntos.

“Es una novela de duelo, que intenta ser muy real y muy cruda, sin aliñarla demasiado, aunque tomándome ciertas licencias, como vendría a ser una epístola”, me explica Teo por teléfono. Y pone como ejemplo la emotiva carta final que el Teo de ficción lee en la cubierta de un ferry a Menorca en una oscura noche de diciembre, una vez vaciado el piso.

“Así que camina, hijo, camina. Y no tengas miedo. ¿A qué? En todo caso, a sentir mañana lo que dejaste de hacer hoy”, le escribe Jaime. Y prosigue: “Juega, juega mucho. Juega con la vida a favor, porque hemos venido a jugar. E intenta no mirar atrás ni proyectar en exceso. Te lo dice un nostálgico de aquí te espero. Juega, salta, arriésgate, ábrete a nuevas experiencias y no te preocupes por triunfar. Es una estupidez. El éxito está sobrevalorado y lleno de cursilería”.

En realidad, esta carta no existió. Teo la inventó a partir de otras dos cartas de su padre —“Para cuando Teo tenga 16”, “Para cuando Teo tenga 18” —que juntó y complementó con “otras cosas que mi padre me había dicho en vida o que pensé que encajaban con su personalidad y manera de relacionarse y enseñarme a mí de qué iba esto de la vida”.

Una carta soñada a modo de despido. ¿Por qué no? No es fácil decir adiós a un ser querido. O, mejor dicho, a un ser que te ha querido mucho, y te ha querido bien.