Dignificar la vida en el espacio público de Barcelona tiene que ser un objetivo principal para cualquier gobernante local, sea cual sea su ideología. Alejarse de la ordinariez siempre será una buena receta para que los barceloneses, los que pagan impuestos, y no pocos, estén más cómodos y satisfechos con el modo de convivencia existente.

En busca de ese objetivo, la decisión que tomó el consistorio barcelonés la semana pasada puede aplacar el descontento que cohabita con el ciudadano local desde hace tiempo. Se aprobaron una serie de medidas que limitarán determinados usos de los locales de restauración presentes en la Rambla de la capital catalana.

El ayuntamiento barcelonés, junto al Gremi de Restauración y la sociedad Amics de la Rambla, presentaron un proyecto conjunto que apuesta por la existencia de veladores de mayor calidad en el espacio público.

Esa decisión provocará que las actuales pizarras, fotografías y elementos publicitarios de dudoso gusto deban ser limitados. Habrá menos espacio para esas terrazas y deberá imperar un gusto superior al que se exhibe en la actualidad. Vamos a ver si la iniciativa va acompañada de la pertinente pauta de sanciones para quienes se tomen las directrices por montera.

Sanear el paseo por la Rambla es imprescindible para Barcelona. Esta decisión tendría que haber llegado mucho tiempo atrás. No me refiero solo al arranque de la legislatura de Collboni sino que hace muchos más años que se debería haber puesto orden en la Rambla.

Al barcelonés le costará volver a transitar por la Rambla y por Ciutat Vella, en general, porque son demasiadas las cosas que le alejan y preocupan de ese distrito. Pero es imprescindible que los responsables de la convivencia en la ciudad intenten establecer medidas que vuelvan a seducir al ciudadano.

La sensación actual cuando uno deambula por la Rambla es la de pasear por el más cutre de los espacios de la más desangelada población costera imaginable. La colocación de paneles publicitarios de platos de dudosa (o inexistente) calidad, la imagen que ofrecen los productos que se sirven, el precio desorbitado de las megajarras de cerveza y de las raciones de comida que invitan a todo menos a sentarse a degustar con satisfacción mediterránea.

Ese conjunto de situaciones --sin tener en cuenta la acción de los descuideros y multirreincidentes que operan en la vía pública-- convierte el acto de disfrutar de la Rambla en una experiencia vulgar y desaconsejable.

Otro elemento que también contribuirá a luchar contra la desagradable vulgaridad es la puesta en marcha de la revisión de la mítica ordenanza del civismo. Las nuevas pautas que rigen en la ciudad evitarán, al menos sobre el papel, que turistas, locales y frikis deseen transitar por las calles con el torso desnudo.

Habrá multas de 300 euros para aquellos que crean que Barcelona es simplemente el anexo de las playas de la Barceloneta y se paseen sin camiseta o en bikini por las calles de la ciudad.

Ahora solo falta que la maquinaria municipal se tome en serio multar y obligar al cumplimiento de las normas para evitar que la raza dominante sobre el asfalto sea la de esos chabacanos con grasientos protectores solares y perfumes baratos.