Cuando uno ha cumplido con creces su objetivo en la vida, cuando ha alcanzado el cénit en lo suyo, cuando ha demostrado ser capaz de algo que otros no pueden ni soñar, cuesta encontrar nuevas metas.

Joan Vila lo ha conseguido. Después de asesinar a once personas en un geriátrico, ¿qué le queda a uno por hacer, sino cambiarse de sexo? El celador de Olot se ha convertido en celadora y ya está cumpliendo condena en el módulo de mujeres de la prisión del Puig de les Basses.

Ya ni siquiera se llama Joan, sino Aida, nótese que no solo ha adoptado un nombre femenino, sino que ha elegido uno más moderno, hoy ya nadie le pone Juan a un niño ni María a una niña, si uno se cambia el nombre, qué menos que elegirlo acorde a los tiempos. Jennifer también pegaría, pero es más largo y la gente acaba cansándose de decirlo. Adquiriendo el nombre de Aida, Joan Vila no solo ha cambiado de sexo, sino que también ha rejuvenecido, y todo ello sin salir de la cárcel, por algo dicen que un tiempo en prisión cambia a las personas.

La vida en la cárcel es monótona y aburrida, al principio un asesino múltiple es la atracción, todo el mundo quiere que le cuente cómo mató a once abuelitos, todo un equipo de fútbol, pero después de dieciséis años entre rejas nadie quiere volver a escuchar la historia, están todos hartos de oírla.

¿Qué le queda entonces a uno? Cambiarse de sexo. Puede parecer una opción ciertamente drástica si se trata únicamente de hallar nuevos alicientes, pero piénsese que estamos hablando de un recluso. Una persona libre, cuando se aburre, puede optar por irse de viaje a Tailandia, embarcarse en un crucero por el Mediterráneo, apuntarse a clases de baile de salón o ir al campo a buscar espárragos, que ahora estamos en plena temporada.

A un preso, en cambio, le están vetadas todas esas distracciones, no le queda más que cambiarse de sexo o jugar al ping pong con algún compañero, y probablemente Aida, antes Joan, no fuese muy diestro con la raqueta y la pelotita, así que hizo lo que haría cualquiera de nosotros en su situación: convertirse en una señora.

Es lo más natural en esta situación. Los propios líderes del procés también habrían terminado cambiándose de sexo si no llega a ser por el indulto del gobierno que les permitido salir en libertad antes de empezar a aburrirse, cosa que nos benefició a todos en conjunto, imaginen si no, ver en estos días por televisión a Junqueras convertido en una matrona.

El proceso —transicionar, se llama, como la España de 1978— lleva su tiempo, no crean ustedes que uno decide ser mujer y al día siguiente ya amanece con pechos y vagina, sino que requiere un tratamiento hormonal que puede prolongarse durante varios meses y aun después una operación —en algún caso más de una—, de manera que Aida, o Joan, estará entretenido, o entretenida, una larga temporada, que es de lo que se trata.

Puesto que cuando ya sea totalmente una mujer de pleno derecho, todavía le va a quedar condena por cumplir, deberá buscarse entonces otro pasatiempo, pero eso ya se verá cuando llegue, como última opción siempre puede volver a convertirse en hombre, y así sucesivamente. El caso es no aburrirse, que si no, la condena se hace muy larga.

Además, como en el módulo de mujeres todavía no habían escuchado el relato de los once asesinatos, Joan/Aida ha vuelto a ser la atracción de la cárcel, incluso la sala de TV del Puig de las Basses se ha vaciado, quién va a querer ver una película sobre asesinos en serie, si tienen a uno de verdad al alcance de la mano.