El próximo jueves celebramos Sant Jordi, tal vez el día del año más bonito en Cataluña.

Sant Jordi ha sobrevivido a la politización que, por ejemplo, ha abducido la Diada, a la asimilación cultural extranjera de la Castanyada por Halloween, o a la indiferencia que provoca éxodos masivos a las playas o a la montaña en días como la Mercè, especialmente si cae en puente. Sant Jordi, y la verbena de Sant Joan, se mantienen con fuerza e intensidad, lo cual es simplemente maravilloso.

La tradición de la rosa proviene de la Edad Media; de la sangre del dragón herido brotó un rosal, y Sant Jordi le regaló la rosa más bonita a la princesa que rescató.

En 1456, las Cortes Catalanas proclamaron a Sant Jordi patrón del Principado y de los condados del Rosellón y Cerdaña. Regalar libros es algo más tardío, hubo que esperar a 1930, pero ahora el encaje es perfecto, pues la Unesco declaró el 23 de abril el Día Mundial del Libro por coincidir el fallecimiento de Cervantes, Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega.

La Renaixença, movimiento cultural de comienzos del siglo XIX, le dio un buen empujón a esta tradición. Y debemos recordar que la Renaixença, sin la cual no se explica el nacionalismo catalán, fue financiada fundamentalmente por el ahora injustamente denostado Marqués de Comillas.

Para los que les encanta el absurdo ejercicio de valorar la historia con los parámetros de hoy, no estaría de más recordar que Jacinto Verdaguer fue capellán de los barcos de la Compañía Trasatlántica, propiedad del marqués, y vivió en su palacio.

Al marqués, la peor alcaldesa de la historia de Barcelona le quitó su plaza y estatua en 2018; mosén Cinto Verdaguer no se cayó de su peana ni cuando, en 1971, se estampó su efigie en los billetes de 500 pesetas del tardofranquismo, ni ahora en este revisionismo. Y eso que, como poco, era partícipe de la fortuna del marqués a título lucrativo y, además, siendo capellán de los barcos, sabría a qué se dedicaba el marqués.

Sant Jordi es, también, una oda al absentismo consentido. Se trata de un día laborable, pero las calles se llenan desde primera hora, siendo más que evidente que casi nadie trabaja después de comer. Aunque el absentismo es cada vez más un problema en nuestro mercado laboral, el generado en torno a Sant Jordi es un absentismo razonablemente simpático.

Se espera que se vendan algo más de siete millones de rosas, casi una por residente en Cataluña. La mayoría provienen de Colombia, aunque también es relevante la importación desde Países Bajos y desde Ecuador. Las rosas autóctonas son testimoniales por culpa de los costes. Ya solo queda una empresa de flor cortada en Cataluña, y cada vez planta menos rosas.

También se venderán unos dos millones de libros. En un solo día se vende más o menos un tercio de todo lo que se vende en el año, tanto de rosas como de libros. Entre rosas y libros se mueven unos 50 millones, cantidad que crece notablemente gracias al incremento de la facturación de la restauración, fruto de la cantidad de personas que sale a la calle.

Sant Jordi es, también, una excelente fecha para reconocer que el libro es un elemento clave en la economía de Barcelona. No es casualidad que las casetas se pueblen de escritores, porque es elevadísimo el número de editoriales con sede en Barcelona. Sobre todas destaca el Grupo Planeta, que aglutina más de 70 editoriales.

Pero, además de Planeta, la actividad editora en Barcelona es altísima, con más de 270 empresas editoras. No es casualidad que los premios Nobel Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa hayan vivido bastantes años en Barcelona. Entre otras cosas, por la impresionante tarea de Carmen Balcells, la agente literaria más influyente del mundo hispanoamericano del siglo XX. Ni que los dos grandes premios literarios, Planeta y ahora el de Aena, se entreguen en Barcelona, además de otros de gran prestigio, como el Nadal.

Rosas, libros, primavera… disfrutemos de una jornada que nos hace únicos y, sobre todo, no dejemos de hacerlo ni el año que viene ni el siguiente, cuando la diada se celebre en viernes o domingo. El mar y la montaña seguirán en su sitio el resto de los fines de semana, Sant Jordi sólo se celebra el 23 de abril.