Que la curiosidad al más alto nivel, parte fundamental del instinto de supervivencia del ser humano, llevado al máximo estos días con la reanudación pública de la conquista espacial, lo más increíble y lo más necesario para un futuro no tan lejano a lo que puede aspirar la humanidad, no haya sido capaz de despegarnos de personajes que ni Valle-Inclán hubiera llegado a vislumbrar bajo sus Luces de Bohemia, es prueba inequívoca de que nuestra esperanza en algo mejor que lo que vivimos ahora ha sido aniquilada. Con el peligro para nuestra propia existencia que ello conlleva.

Yo, personalmente, llevo varios días con mal karma por culpa de la gente que va dando la turra en contra de la investigación y con el cuento decimonónico de que es un despilfarro aspirar a algo más que arreglar las basuras terrenales. Que con lo que cuesta la misión Artemis 2 se podían haber arreglado no sé cuántas cosas. Los odio, en serio.

Y los odio por varios motivos. El primero por ignorantes. La NASA no ha financiado la misión Artemis ni los contribuyentes americanos tampoco. Hace ya años que Estados Unidos retomó la carrera espacial con una figura muy conocida, la subcontratación. Y no sólo Estados Unidos, también Europa y casi todos los países democráticos del mundo fuera de la órbita de China, Pakistán, la India y Rusia, que son auténticas potencias espaciales.

Esta nueva etapa de incursión espacial, que viene de mucho antes del despegue del Artemis 2, ya no se está llevando a cabo bajo las banderas de los estados, ni siquiera bajo los membretes de las agencias espaciales. Esta etapa se está haciendo con los logotipos de las empresas como estandartes, cosa que no tiene por qué ser abominable de necesidad.

Y sí, efectivamente, el SpaceX de Elon Musk es el máximo exponente de ello. Pero hay muchas más que a la gente ni le suenan, porque estamos demasiado ocupados en el barro que nos mantiene pegados a la realidad depresiva de las políticas de los políticos del Esperpento.

Y los odio también por hipócritas. De nuevo salen los antitrump (que son lo único más infumable que los trumpistas), que ya son anti-todo, a decir que si las empresas del dueño de X, o de cualquier otro ultramillonario, están vinculadas a la investigación espacial, lo que hay que hacer es dejar de tener aspiraciones y volvernos a vivir a la cueva, para mantener la pureza moral dictada por los nuevos esperpentos como Montero y Rufián, adalides del wokismo y la nueva izquierda del “es mejor llenar el Tiktok de vídeos que las bibliotecas de libros” (Rufián dixit).

¿En serio esta gente es peor que Donald Trump? Yo no lo creo. Porque uno monta guerras para hacer negocios, sí, pero al menos no se esconde. Y es una ventaja que la gente chunga vaya de cara. Pero los otros claman un falso “no a la guerra” cuando la verdad es que necesitan esa guerra para hablar de algo que no sean ellos mismos. Necesitan los muertos de Irán, como en su momento se aprovecharon pornográficamente de los muertos en Palestina o cualquier sitio bien lejos de aquí, siempre que los mate el “malvadísimo Israel”, of course. Eso les sirve para no hablar de la macrocausa de los puteros y corruptos de la cúpula del PSOE y su Gobierno que estamos viendo esta semana en el Tribunal Supremo, partido al que apoyan ERC, Podemos y todo el Esperpento.

Y como que la censura periodística en España está implantada es un hecho que ya ni el más sanchista se atreve a negar, si no vamos a centrarnos en la corrupción que está aniquilando la democracia española, yo personalmente prefiero seguir mirando hacia arriba para sobrevivir, buscando la inspiración en lo bonito y lo grande para escapar de esta dictadura de los feos y los mediocres, dictadura de pensamiento, palabra, obra y omisión a los que nos tiene sometidos a todos. Prefiero quedarme en la Luna.