Hace un par de semanas tuve la brillante idea de escaparme unos días al Empordà, una zona que conozco poco, especialmente el interior. Pero me encontré con una tramuntana “nivel salir volando”, como escribió una publicista conocida en su Instagram, y me vi obligada a buscar planes alternativos, alejados de la casa rural en la que nos hospedábamos, cerca de Parlavà, para que los niños (mi hijo y su prima) pudieran divertirse sin peligro de ser derribados por algún objeto volador.

El primer día los llevé a ver el estany de Banyoles, donde el viento soplaba con “menor” fuerza, y disfrutamos de un agradable paseo alrededor de sus aguas cristalinas, con los Pirineos nevados de fondo.

De pronto, mientras los niños me preguntaban por qué había casas construidas sobre el agua —las famosas pesqueres—, por qué había patos surfeando con la corriente y por qué tardaba tanto en llegar el trenecito turístico (“El Tren Pinxo de Banyoles / és el més petit que hi ha / fet de llaunes i cassoles / i cascos de bacallà…”), me visualicé a mí misma, con 7 u 8 años, tendida en la orilla del lago bajo la sombra de un árbol, en compañía de mis padres y de mi hermano, en una calurosa tarde de septiembre.

Mis padres nos habían recogido esa misma mañana de la casa de colonias Can Pau, cerca de Ullastret, donde pasábamos los primeros diez días de septiembre antes de empezar el cole, y nos llevaron de excursión a Banyoles para que conociéramos el lago y aprovechar su entorno idílico para comunicarnos que nuestro perro, un teckel de pelo duro llamado Puck, había muerto unos días antes.

Lloré desconsoladamente. Puck fue nuestro primer perro, y mi hermano y yo lo queríamos con devoción, a pesar de que nos traía serpientes y ratones muertos que apestaban, y a veces mordía a nuestros amigos.

“Aquí, en Banyoles, los avis me dijeron que nuestro perro, Puck, había muerto”, le expliqué a mi hijo, que tiene cinco años y medio y empieza a comprender —y temer— el significado de la muerte. “Pero la Tikki (nuestra perra) todavía no se morirá, ¿verdad?”, me respondió. “Aún falta”, le tranquilicé.

Después de Puck tuvimos a Cloe, una airedale terrier que cada dos por tres se metía en peleas perrunas; y luego vino Ricki, un golden retriever que andaba suelto por el pueblo y todo el mundo conocía. “Hemos visto a Ricki subiendo calle arriba con una barra de pan en la boca”. “Ricki estaba hace poco en la pista de básquet”. “Ricki se ha presentado hoy en el cole…”. Al final la policía local se puso seria y tuvimos que controlar el espíritu libre de nuestra mascota, aunque siguió haciendo travesuras y entrando en nuestras habitaciones para despertarnos a  lametazos.

Curiosamente, no recuerdo las muertes de Cloe ni de Ricki. Quizás no los quería tanto, quizás fueron menos traumáticas. La muerte de Puck fue mi primer encuentro directo con la muerte.

“Una de las primeras pérdidas importantes que un niño probablemente experimente es la muerte de una mascota, y el impacto puede ser traumático, especialmente cuando esa mascota se siente como un miembro de la familia”, señala la investigadora y genetista Katherine Crawford, autora principal de un estudio del Massachusetts General Hospital sobre el impacto del fallecimiento de una mascota en la salud mental infantil.

El estudio, publicado en 2020, subraya que la muerte de una mascota no debe considerarse una pérdida menor en la infancia, ya que puede desencadenar efectos emocionales duraderos y servir como primer contacto significativo con el duelo.

“Lejos de ser una pérdida menor, el duelo puede ser intenso, duradero y comparable a otras pérdidas emocionales importantes”, señala la autora, alertando de que los niños desarrollan vínculos muy fuertes con sus mascotas, similares a relaciones humanas, lo que explica el impacto psicológico de la pérdida. Por otro lado, se trata de una experiencia muy común: más del 60% de los niños con mascotas se enfrenta a su muerte antes de los 7 años.

“Descubrimos que esta experiencia a menudo está asociada con un aumento de los síntomas de salud mental en los niños, y que los padres y los médicos necesitan reconocer y tomar en serio esos síntomas, no simplemente ignorarlos”.

La web de salud mental de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) da algunos consejos sobre cómo gestionar “bien” la pérdida de una mascota, y creo que mis padres no lo hicieron mal de todo.

El primer consejo es elegir bien el momento y el lugar: “Dar la noticia en un entorno tranquilo, a solas y sin prisas, para poder acompañar al niño”. El lago de Banyoles fue una buena elección.

Segundo consejo: decir la verdad. Hay que usar la palabra “muerte” y evitar explicaciones confusas o engañosas, como “se ha dormido” o “se ha ido”. Entender que la muerte es universal e irreversible forma parte del aprendizaje vital, y a mí me sirvió para encajar mejor la pérdida de mi abuela, uno o dos años después (¿es posible que siga pensando en ella cada día?).

Otro consejo: no ocultar el propio dolor (que los niños nos vean tristes) y ayudarles a cerrar el duelo mediante la creación de recuerdos o rituales para despedirse y mantener el vínculo emocional con la mascota: hacer un dibujo, un entierro simbólico, mirar fotos y contar recuerdos…

“Mamá, yo no me quiero morir”, me dijo mi hijo antes de quedarse dormido en el tren Pinxo. Yo le respondí que no tema su propia muerte, sino la de los demás, pues es la que nos deja tristes. Después nos fuimos a Girona a comer un frankfurt, pasear por las murallas y saltar en unos hinchables, y ya se olvidó del tema.