La concreción de una tregua por parte de Irán y Estados Unidos ha dado una alegría transitoria al mundo en general, incluidas bajada del petróleo y subida de las bolsas, pero dos semanas pasan volando y la gran pregunta es qué vendrá después.

Trump no actúa como un político tradicional; es un negociador que busca siempre el máximo beneficio, sin importarle mucho los daños colaterales. Plantea exigencias muy altas para ser el referente en la negociación y controlar el relato. Si pierde, afirma haber ganado. Utiliza ultimátums como presión, pero no suele cumplirlos, y emplea cambios inesperados para hacer de su imprevisibilidad un elemento clave de tu táctica.

Para Trump, la política internacional es una cuestión de percepciones, en la que hay que combinar los intereses nacionales con el control del relato y transmitiendo siempre sensación de dominio. Y no está equivocado. Por ello más importantes que las ruedas de prensa son sus mensajes en redes sociales, los aparentemente absurdos videos en Tik Tok o sus declaraciones en el pasillo del Air Force One.

La guerra arancelaria, cuyo clímax fue el “liberation Day”, es un buen ejemplo de lo que, ojalá, pase: mucho ruido y no demasiadas nueces. Los jueces tumbaron gran parte de sus medidas y, además, ha pactado con medio mundo. Hay aranceles más altos, es cierto, pero no son ni mucho menos los anunciados a bombo y platillo hace ahora un año. Se mantienen aranceles altos con China y en ciertos sectores estratégicos, como el acero, pero para el resto la sangre no ha llegado al río, ni en Europa ni en México, por poner solo dos ejemplos de áreas que han recibido amenazas permanentes.

Durante esta tregua se seguirá negociando, pero parece difícil que Irán renuncie a su programa nuclear, toda vez que ha demostrado que aún le queda cuerda para rato. Más de 13.000 operaciones aéreas norteamericanas y 7.000 israelíes han diezmado sus defensas y lanzaderas, por no enumerar las importantes bajas entre sus líderes, más de 200, pero no han acabado, ni mucho menos, con su capacidad de ataque.

Por su parte, las defensas antiaéreas, tanto de Israel como de las monarquías del Golfo, comienzan a mostrar su desgaste, por lo que esta tregua servirá, sobre todo, para reponer munición y recomponer sistemas de defensa, además de seguir machacando a Hezbolá. Si no se logra la paz en dos semanas, tendremos por delante al menos otro mes como el pasado, con bombardeos en las dos direcciones, salvo que Estados Unidos se invente cómo salir del atolladero en el que se ha metido.

La amenaza “definitiva” de Trump de “acabar con una civilización” sonó a amenaza nuclear, algo a lo que nunca antes ningún líder se ha atrevido. Pero usar armas nucleares, además de la barbaridad que supone para las posibles víctimas, implica agitar un avispero imprevisible. En la zona, al menos Pakistán e Israel poseen bombas nucleares. Irán está por ver. Pero en ese caso ¿qué harían Rusia y China? ¿Qué haría Rusia en Ucrania? Mejor no pensar en ese escenario de caos absoluto.

La movilización de iraníes mediante cadenas humanas para “proteger” infraestructuras energéticas tiene mucho de propaganda, sin duda, pero es algo que no se puede obviar. El régimen iraní ha perdido muchos líderes, pero se sostiene en un modelo celular que lo convierte en más peligroso. No tener una cabeza visible nunca es bueno en un conflicto, como pudimos evidenciar con la primavera árabe. Y la población no está dispuesta a sublevarse, al menos mayoritariamente. No puede olvidarse que, sobre todo, han fallecido civiles.

No es descartable que Estados Unidos diga que ha logrado sus objetivos y abandone el frente de guerra durante estas dos semanas. La sociedad norteamericana no está, a pesar de su patriotismo, muy entusiasmada con este conflicto. La desaprobación es mayoritaria, entre el 55% y el 60% de los encuestados, en todas y cada una de las encuestas, a pesar de los mensajes positivos y que las bajas estadounidenses son mínimas (unos 15 soldados). Un mínimo acuerdo sobre Ormuz y “mojar” algo del petróleo iraní puede ser suficiente.

Israel, sin duda, es el gran beneficiado de esta operación, lo mismo que las monarquías del Golfo, porque su archienemigo quedará debilitado y con pocas ganas de liarla en los próximos años. Y, además, de ellos puede venir alguna compensación para Estados Unidos. La primera es evidente, comprando material bélico como si no hubiese mañana, pero seguro que hay otro tipo de acuerdos que difícilmente conoceremos.

Las monarquías del Golfo están sufriendo una gran incomodidad y gastando mucha munición, pero es evidente que sus sistemas de defensa funcionan y el incremento del precio del petróleo les beneficia, y mucho, ya que el coste de extracción es de los más bajos del planeta. Que el petróleo esté a 100 dólares el barril es una maravilla para sus presupuestos nacionales. Además, ya sabemos que los precios suben mucho más rápido que bajan.

No es descartable que ahora el foco de la acción exterior norteamericana sea el Caribe. No sería la primera vez que Trump tiene varios frentes abiertos, ya lo hizo con su guerra arancelaria y podría, perfectamente, apretar un poco más las tuercas en Venezuela y, sobre todo, dar el golpe definitivo al régimen castrista, algo que seguro tiene más apoyos populares en Estados Unidos que esta guerra, que no está muy claro por qué empezó y menos en cómo acabará.