Es mentira que la vida obedezca a la voluntad. La libertad de cualquier hombre, que cobija en su interior el espíritu de la humanidad entera, tiene unos límites estrechos: las famosas circunstancias de Ortega y Gasset, a quien en este país extraño llamado España, tan obsesionado con el anti-intelectualismo y tan amante de lo plebeyo, tardaremos mucho tiempo en hacerle justicia poética. Lo que somos depende tanto de aquello que anhelamos, aunque no seamos conscientes de cuál es su perímetro exacto, como de lo que podamos conseguir en un momento y en un lugar determinados con unas personas –los otros, esos infinitos desconocidos– y en un ambiente fugaz e irrepetible. Nada dura. Todo cambia. 

Existe, por supuesto, esa iracunda voluntad de sobrevivir, como dijeran Spinoza y Schopenhauer, que quizás sea la fuerza mecánica e insaciable  que rige el universo y la causa última, según escribe el filósofo alemán, de la mayor parte del sufrimiento cósmico. Pero este élan vital –por decirlo ahora al modo de Henri Bergson–, la fuerza creativa que, frente a la dictadura del mecanicismo, explicaría la evolución vital de los seres vivos, y también el desenlace de la novela que todos llevamos dentro, colisiona brutalmente con las evidencias terrestres, que desmienten (sin piedad) nuestros sueños y el deseo de concordia y, en ocasiones, anticipan lo único seguro que existe en esta vida: la muerte. 

Acostumbra a suceder donde menos se espera y cuando nadie, ni siquiera los protagonistas principales del cuento, lo sospechan. Un mal gesto, un silencio ambiguo, un inocente malentendido, todas esas pequeñas cosas sin demasiada importancia, son suficientes para desatar una discordia africana. Lo saben quienes se divorcian de forma tormentosa, rompen con un amigo o deben enfrentarse a los pecados capitales, especialmente a la envidia, ese desajuste (moral) que devora, sobre todo, a aquel que lo siente. 

Dante sitúa a los envidiosos, a quienes describe en el Canto XIII de su Divina Comedia, en la segunda grada del Purgatorio: vestidos con túnicas grises, con los ojos cosidos con alambres de hierro, lívidos y con la sangre hirviendo ante el espectáculo (para ellos insoportable) del talento ajeno, “zorros tan llenos de fraude, / que no temen ingenio que los entrampe”. El poeta italiano, sin embargo, reservó la antesala del Infierno a los tibios, quienes en esta vida evitan siempre tomar partido no porque profesen un alto sentido de la independencia –cosa imposible en su caso, porque la neutralidad exige demostrar un cierto valor– sino por conveniencia. 

El castigo que Dante asigna a estos profesionales a la hora de hacerse luz de gas es bastante cómico: correr sin descanso dando círculos, perseguidos por tábanos y avispas. Frente a ambos caracteres, en la cultura occidental, heredera del cristianismo, existe otra forma alternativa de conducirse, que es la de Lucifer cuando desafía a Dios. Este es el espíritu que alimenta al personaje de Mammon, el ángel caído de El paraíso perdido de Milton cuando proclama: “Es mejor reinar en el infierno que servir en el cielo”. O la llama que consume a Stephen Dedalus en el Retrato de un artista adolescente de Joyce cuando, al ser reconvenido por su amigo Cranly sobre la locura de dedicarse a la literatura, dice: “No serviré más a aquello en lo que no creo, ya se llame mi hogar, mi patria o mi iglesia”. 

Jorge Luis Borges incluyó en El Aleph (1949) un cuento –‘Biografía de Tadeo Isidoro Cruz’– donde relata la vida de un sargento que, saltándose las órdenes de sus superiores militares, decide no matar a Martín Fierro, el gaucho del poema fundacional argentino de José Hernández. Cruz, un tipo marginal que ha pasado su vida trabajando como vasallo donde no había un buen señor, y que combatió en las guerras fronterizas sin que nadie reconociera su entrega, descubre, sin sospecharlo, que el espíritu de lucha de su enemigo, a quien le han encargado exterminar, es admirable. Comprende entonces que su destino es el de El lobo estepario de Herman Hesse, no el de un pobre perro gregario y, en un acto súbito, abandona la tropa que él mismo comanda y se suma a los rebeldes. 

Tras este soberbio giro narrativo, Borges escribe unas palabras inmortales: “Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que un hombre sabe para siempre quién es”. Nuestra vida es una suma de instantes fugaces. De entre todos ellos, el destino elegirá un día uno, concreto, sin épica, vulgar, el decisivo, aquel que define nuestra identidad y fija nuestra imagen en la eternidad. Sólo entonces podremos decir que somos lo que quisimos ser.