Las cosas cada vez están más claras para quien quiera verlas: el verdadero mal político del presente es el nacionalismo, asociado claramente a ideologías de extrema derecha.

Ambos comparten como punto de partida el egoísmo individualista. Y un modo de propagarse: la llamada al sentimiento por encima de la razón.

El nacionalismo es el virus que está liquidando las dos formas de pensamiento ilustrado y universalista nacidas en la modernidad: el liberalismo y el socialismo.

Es posible que, como sugirió Harold Laski, el socialismo naciera como oposición al liberalismo, pero ambos tenían en común el universalismo: sus propuestas eran para toda la humanidad.

Un lúcido liberal como John Gray acaba de proclamar que lo que ha entrado en crisis es precisamente el universalismo ilustrado. Ni liberalismo ni socialismo tienen buenas perspectivas.

Frente a esos discursos verdaderamente globales se alzan hoy las soflamas de la insolidaridad nacionalista.

Sus eslóganes son diáfanos: desde el America first del trumpismo al Tot per Catalunya del pujolismo, pasando por la manifiesta xenofobia de Viktor Orban (Hungría), Marie Le Pen (Francia), Matteo Salvini (Italia), Nigel Farage (Reino Unido), Geert Wilders (Países Bajos), Alice Weidel (Alemania) o Santiago Abascal (España). Sin olvidar a Donald Trump y el mesianismo homicida de Benjamin Netanyahu, que nada tiene que envidiar a los ayatolás.

Las actuaciones de carácter imperialista y neocolonial de Trump y Putin exacerban los nacionalismos menores. Los de quienes les imitan y los de quienes se les oponen. Quizás ya nadie se acuerde, pero un dirigente de Vietnam (entonces del Norte) como Ho Chi Min explicaba que su nacionalismo era la respuesta natural al imperialismo, de Francia primero, y de Estados Unidos más tarde.

Todas las encuestas señalan un ascenso de la extrema derecha en medio mundo. En Cataluña, en España. Ya gobierna desmadrada en Hungría, en Estados Unidos, en Argentina.

Este ¿pensamiento? de derechas va asociado a un discurso nacional que afirma la existencia de una minoría superior. Sea el pueblo elegido por Dios (Israel), sea porque se ha convertido en su representante en la Tierra, en la esencia de humanidad. Una esencia que sobrevive en soledad. Los otros son siempre una amenaza.

El liberalismo tal vez surgiera de la mano del libre comercio, pero lo hizo asociado a la idea de libertad del individuo que vive en colectividad, a la defensa de la igualdad del género humano, del progreso y de la democracia.

Quizás el socialismo llamado real empezara a torcerse cuando Stalin proclamó la tesis del “socialismo en un solo país”. Otra forma encubierta de nacionalismo.

Hoy hay dirigentes políticos (aupados por los votantes) que ni siquiera se plantean la pregunta de Lenin: “Libertad, ¿para qué?”.

La libertad es un valor, pero presupone otro que está cayendo en desuso: el derecho a la vida. Sin ella, nada cuenta, nada vale.

No pocos líderes presumen de su capacidad destructiva, de su capacidad para matar a quien discrepe. Pueden y quieren, pues lo hacen.

El poder define el derecho, lejos de la voluntad de pacto entre iguales que pregonaba la Ilustración, basada en la igual capacidad comunicativa de los hombres, por decirlo en términos del recientemente desaparecido Jürgen Habermas. En la racionalidad universal, en la voluntad de entenderse y pactar como vía para superar los conflictos derivados de intereses contrapuestos.

Ahora que se llevan los anacronismos y que algunos juzgan los siglos pasados con criterios actuales, quizás convenga recordar que incluso los griegos -demócratas en el interior de la polis- aceptaban el esclavismo, basado en la presunta inferioridad del esclavo que por eso había sido vencido.

Pero ya entonces la voz de Antifón sostuvo (muy en solitario) que los hombres son iguales por naturaleza y que la esclavitud es consecuencia del empleo de la fuerza.

¡La fuerza! Constituida hoy en base del derecho y tumba de la razón Ilustrada. O, si se prefiere, tumba de la mera razón.

Pero conviene no perder la esperanza de que sea verdad la profecía kantiana: “El progreso (de la humanidad) hacia lo mejor jamás retrocederá por completo. Un hecho semejante en la historia de la humanidad ya no se olvida (...) una vez que la naturaleza ha desarrollado la semilla que cuida con extrema ternura, es decir, la inclinación y vocación al libre pensar, siempre se encontrarán algunos hombres que piensen por sí mismos” y “difundirán a su alrededor el espíritu de la estimación racional del propio valor y de la vocación de todo hombre” al pensamiento y a la libertad.