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Jordi Mercader opina sobre la crisis de la ANC

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Pensamiento

ANC, la crisis del soberanismo mágico

"El rumor dice que algunos de sus dirigentes quisieran que la presidencia de la ANC fuera ocupada por el expresidente de la Generalitat Quim Torra. Todo es susceptible de empeorar"

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La noticia es que la ANC, la Assemblea Nacional Catalana, tiene dificultades para cubrir las plazas de su órgano de dirección, y que Lluís Llach quiere seguir de presidente. El rumor dice que algunos de sus dirigentes quisieran que el cargo fuera ocupado por el expresidente de la Generalitat Quim Torra. Todo es susceptible de empeorar.

El procés independentista fracasó por múltiples razones, desde la inexistencia de un liderazgo auténtico a la división permanente del movimiento, pasando por la reacción tardía, pero brusca, del Gobierno del PP y la severidad de la justicia.

Sin embargo, la piedra angular de la derrota soberanista fue el análisis erróneo de las condiciones objetivas del momento. El Estado resultó ser mucho más poderoso y peligroso de lo que habían imaginado, nadie en el mundo les hizo el menor caso, y nunca convencieron a la mayoría de los catalanes.

La ANC colaboró activamente en la creación de la ficción soberanista. Nació con la promesa de un proceso de independencia inevitable, imparable, rápido, indoloro, emocionante y festivo. La Generalitat le ofreció el paraguas de la apariencia institucional, dejando que se apropiaran de la fiesta nacional del Onze de Setembre, mientras que la radio y la televisión pública les obsequió con su apoyo incondicional. Así se convirtió en una eficaz maquinaria de movilización.

En poco tiempo, la asamblea logró ser el Barça de la política, vendían camisetas y expedían carnets de patriotismo y catalanidad exclusiva para sus socios.

El voluntarismo mágico de la ANC encandiló a miles de catalanes, dispuestos a recibir a la república catalana en una gran fiesta popular, precedida de una manifestación multitudinaria celebrada en día no laborable. En este horizonte de película, solo aparecía un nubarrón: la desconfianza hacia los partidos independentistas.

Los temores de la ANC se cumplieron. La rivalidad entre Junts y ERC y la ineptitud de sus dirigentes condujo el movimiento al desastre. Empujados y asustados, ciertamente, por la brutal reacción policial y judicial del Estado; una hipótesis que, al parecer, nunca habían previsto en sus papeles.

A partir del momento en que todos los partidarios del soberanismo exprés se dieron cuenta de que la república catalana no iba a llegar tan pronto como esperaban, decayó la euforia y la fuerza de la ANC se diluyó a la misma velocidad con la que había emergido.

Y, desde entonces, la organización malvive en la búsqueda de un plan de futuro que nadie propone. En este sentido, el indolente mandato protagonizado por Lluís Llach se corresponde perfectamente con la melancolía imperante en el movimiento independentista.

El independentismo, sin embargo, no ha muerto, como tampoco ha desaparecido el memorándum tradicional de los agravios y las ambiciones catalanas, aunque éstas no tengan que pasar, inevitablemente, por la secesión.

Tampoco los partidos del Estado parecen haber aprendido gran cosa de la experiencia de 2017. No han movido ninguna pieza substancial, salvo la reacción del PSOE de indultar y amnistiar a los dirigentes del procés, en nombre de la reconciliación y como exigencia de sus socios independentistas para mantenerse en el Gobierno.

La ANC lleva años sin acertar con un programa adecuado a la nueva situación. La sensación es que, todavía, están pasando el duelo por lo sucedido, dudando sobre la conveniencia de reformar la asamblea, refundarla o dejarla morir para crear una nueva organización sin el lastre emocional de la derrota.

Quizás, cuando reaccionen, ya estarán catalogados como actores prescindibles.