Era el año 98 y estábamos cursando COU. Debía de ser hacia finales de curso por detalles que he ido reconstruyendo después. Y creo que volvíamos de hacer novillos. En aquella época, habíamos formado un grupito de cinco o seis amigos que solíamos faltar a clase para ir a jugar al futbolín a un bar que había justo al lado del instituto. Y en aquel grupo estaba María, con la que había ido urdiendo una confianza cada vez mayor.

El día que refiero, María me dijo que la acompañara un momento a uno de los lavabos del instituto. Entramos, se sentó de inmediato en la taza del váter y se quedó unos segundos mirando al suelo. Al final, me dijo: "Iván, me voy a morir". Justo cuando acabó de pronunciar aquellas palabras, empezó a llorar desconsoladamente, pero sin estridencias, como si se fuera desaguando en cada hipido que daba.

No supe qué decirle. No supe qué hacer. No me atreví a abrazarla, porque no sabía cómo hacerlo: me podía el pudor y una sensación de abismo. Creo que no fui capaz ni de ponerle una mano en el hombro para consolarla. Y creo que al final acerté a preguntarle qué ocurría.

Ella me explicó, como pudo, que le habían encontrado un bulto en el pecho y que le tenían que hacer pruebas, pero que el médico le había dicho que no tenía buena pinta. Quizás el médico no le había dicho aquello y ella simplemente estaba aterrorizada por la incertidumbre de las pruebas que le tenían que hacer. No lo recuerdo con exactitud. Cuando me recompuse un poco, solo supe decirle que a un tío mío le habían diagnosticado el sida hacía tres años, que le habían dado tres meses de vida, y que, sin embargo, seguía vivo. Fue la única persona a la que se lo conté durante aquellos años, porque mis padres me habían dicho que no se lo podía decir a nadie. Pero siempre tuve la sensación de que mi intento había servido de poco. De hecho, siempre me estuvo atormentando aquel abrazo que no supe darle. 

Creo que no pasaron muchos días hasta que me dijo que el bulto era benigno. De ese momento solo conservo la sensación ilimitada de alivio que sentí. Y la felicidad por ver que ella había recuperado aquella alegría contagiosa que transmitía siempre. Al cabo de poco tiempo, empezamos a salir. Estuvimos juntos apenas unos meses, seguramente porque habíamos empezado siendo amigos y nunca pudimos abandonar la frecuencia en la que nos habíamos encontrado. Echando la vista atrás, creo que fue la única amiga que tuve.

Al poco tiempo de dejarlo, vino a mi casa a verme. Yo acababa de tener un accidente grave de coche, del que, sin embargo, había logrado salir bastante indemne a pesar de que el vehículo acabó envuelto en llamas. Cuando le abrí la puerta, se me abrazó y empezó a llorar: "Creía que estabas muerto". Alguien le había contado mi accidente y le había dicho que el coche se había incendiado conmigo dentro. De alguna forma, ese abrazo dibujó el reverso de aquel otro que yo no supe darle.

Pasaron los años y fuimos perdiéndonos la pista. En los años sucesivos nos fuimos viendo alguna vez. Pero a partir de ahí cada uno hizo su camino y apenas supe nada de ella durante los siguientes 14 o 15 años. Hasta que un día, mientras esperaba en el coche a que mi mujer volviera de un recado, la vi pasar por un calle de Figueras. Fue una visión –tan inesperada como fugaz– que me dejó preocupado: estaba extremadamente delgada y parecía exhausta.

Ocurrió, sin embargo, que nos encontramos al cabo de pocos meses y la vi bien, sonriente como en ella era habitual. Nos pusimos un poco al día. Me dijo que había tenido un niño y que su suegra vivía en Figueras. También me confesó que se había visto un poco sobrepasada por la maternidad. O que se había sentido muy cansada. Le dije que era entendible, que mi mujer lo había pasado fatal en los primeros meses después de tener a mi hija pequeña. Y ella concluyó diciendo que las generaciones de nuestros padres y abuelos estaban hechas de otra pasta, porque lo soportaban todo con otro ánimo. No sé si había una veta de culpa en sus palabras o es un matiz que he añadido después, al recordar la escena. 

Esa fue la última vez que la vi. Y me sentí aliviado, porque me convencí de que aquella apariencia extenuada de unos meses atrás era por haber sido madre. Y yo seguí con mi vida, empujado por el vértigo diario, por el día a día con hijos, por el trabajo, por las preocupaciones domésticas, por la ilusión de publicar un nuevo libro, por tantas cosas, por momentos malos, también, viviendo, al fin y al cabo, sin saber, sin imaginarme siquiera, que a María le quedaban pocos meses de vida aquella última vez que la vi.

He estado seis o siete años sin saber que había muerto, sin saber que pasó muchos meses agotada, yendo de médico en médico hasta que le encontraron el motivo de su fatiga, sin saber que al final le diagnosticaron un cáncer y ya nada pudo hacerse, sin saber que, a pesar de todo, mantuvo la entereza, a pesar de que dejaba a un niño pequeño, a pesar de que tenía apenas 40 años.

Tampoco esta vez pude darle un abrazo, el abrazo que ella sí me dio cuando creía que yo había muerto. Ni pude decirle que fue alguien muy importante en una etapa de mi vida. Ni guardarle el duelo cuando correspondía, y no este duelo anacrónico que siento ahora, este duelo culposo, este dolor de los que no creemos en Dios y no tenemos ni el consuelo de pensar que nos están escuchando desde quién sabe dónde.

Durante aquel curso en el que nos hicimos amigos, María tenía dos amores platónicos: Alejandro Sanz y nuestro profesor de Literatura Catalana. Un día, al acabar una de sus clases, se acercó al profesor, le entregó un papel con una estrofa de la canción Si hay Dios… y le preguntó si aquello se podía considerar literatura. Antes de que él respondiera, empezó a cantar la estrofa. El profesor sonrió, con una sonrisa pícara que era asombrosamente parecida a la de Alejandro Sanz. No puedo describir la ternura que me provocó aquella escena.

Cómo iba a saber yo entonces, en aquel momento, cuando todo parecía una alegre y despreocupada expectativa, que la letra de aquella canción iba a volver casi treinta años después convertida en esta dolorosa disculpa lanzada al vacío: "Podría haberte dicho que me importas, eso y un millón de cosas, pude hacerlo y no lo hice, no sé por qué".