No daba crédito a que fuera el propio presidente quien me contara el chiste. Y sí, lo hacía entre risas, como quien disfruta volviendo una y otra vez a una jugada que le salió redonda.

—Presidente, presidente —decía el general—, ya hemos llegado al destino, pero aquí no hay desierto ni hemos encontrado árabes.

—¿Pero dónde están? —reclamaba el presidente—. Déjeme mirarlo en el centro de mando y en el GPS.

¡Que han llegado a Hawái, pendejos! ¡Que era a Kuwait adonde tenían que ir!

Risas.

Era el expresidente de Honduras, Rafael Leonardo Callejas, contando por enésima vez el chiste que ellos mismos improvisaron en la Cancillería cuando Honduras decidió sumarse a la coalición internacional del presidente Bush padre en la primera guerra del Golfo, tras la invasión de Kuwait en 1990.

Callejas era un político astuto. Honduras, en aquel momento, era un país muy endeudado, con una economía que parecía despertar, aunque con la pereza estructural de quien lleva demasiado tiempo sobreviviendo a crédito.

Estados Unidos, con Dick Cheney al frente del impulso estratégico casi más que el propio Bush, lanzó primero la Operación Escudo del Desierto, en agosto de 1990, y después la Operación Tormenta del Desierto, en enero de 1991.

Como suele ocurrir en estos casos, una vez tomada la decisión militar, Washington recordó de pronto que existía el resto del mundo y empezó a pedir apoyos para vestir la guerra de coalición internacional.

Callejas entendió la lógica antes que otros. Honduras no tenía mucho que ofrecer salvo voluntad política, una relación discreta con Estados Unidos y el valor geoestratégico de servir de apoyo a operaciones norteamericanas en Centroamérica. Pero a veces, en política exterior, llegar el primero vale más que llegar fuerte. Y eso lo vio enseguida.

Llamó a su embajador en Washington y le ordenó que fuera a la Casa Blanca a comunicar que Honduras apoyaba a Estados Unidos y quería formar parte de la coalición. El embajador, incrédulo, debió de pensar que era el destinatario de una broma de mal gusto. Conocía de sobra el estado real de las fuerzas armadas hondureñas y sabía que aquello sonaba más a gesto que a despliegue. Pero obedeció. Honduras iba a la guerra. O, siendo más exactos, iba a apuntarse a la foto de la guerra, que a veces es donde de verdad se reparten los beneficios.

Honduras fue uno de los primeros países en mostrar su apoyo, y eso le dio una visibilidad desproporcionada respecto a su peso real. La lista final de países aliados acabaría llegando a 35, pero ser de los primeros tenía premio.

Los estadounidenses, que cuando quieren saben agradecer y cuando no saben guardar rencor, aprovecharon el gesto para arrastrar a otros. Invitaron a Callejas a Washington, le dieron honores, fotos en el Despacho Oval, reuniones con Cheney y Colin Powell y, sobre todo, algo que en política internacional cotiza más que muchos comunicados solemnes: reconocimiento útil.

Porque la diplomacia, aunque se disfrace de principios, casi siempre termina pasando por caja.

El papel de las tropas hondureñas fue limitado, principalmente de apoyo y seguridad, pero bastó para convertir a Honduras en el único país centroamericano que envió tropas combatientes a ese conflicto concreto. Y ahí empezó la parte verdaderamente interesante.

Estados Unidos condonó a Honduras una deuda bilateral de 431 millones de dólares, el 91% de lo que el país debía a agencias estadounidenses como la USAID y programas de ayuda alimentaria. Oficialmente se presentó como un respaldo a las reformas económicas del gobierno de Callejas. Naturalmente. Estas cosas nunca se anuncian como pago político, aunque lo sean.

En realidad, pocos dudan de que fue una recompensa directa por la participación hondureña en la coalición contra Irak. Aquellos 431 millones representaban entre el 12% y el 15% de la deuda externa total del país, que rondaba los 3.500 millones de dólares.

No se borró toda la losa, pero se alivió una parte muy sustancial. Más tarde llegarían nuevas condonaciones dentro de la iniciativa para países altamente endeudados, pero la de 1991 fue la que estuvo ligada de forma más clara y más inmediata a Kuwait.

Y no solo eso. Con Kuwait ya liberado, Honduras y varios países del Golfo impulsaron fondos de inversión para infraestructuras y desarrollo que reforzaron la relación bilateral durante años. El gesto, por pequeño que pareciera sobre el mapa militar, dejó rendimiento político, económico y diplomático. Bastante más rendimiento, de hecho, del que suelen obtener muchos gobiernos que presumen de dignidad estratégica mientras no consiguen ni respeto, ni contratos, ni influencia.

La historia tiene además un remate irónico. Honduras no se perdió camino de Kuwait, como decía el chiste. Aunque al principio nadie confiaba demasiado en la utilidad real de sus tropas, y aunque el estado de su ejército no invitaba precisamente al entusiasmo, el gobierno insistió y acabó enviando un contingente de unos 400 efectivos para tareas de apoyo y vigilancia, lejos del fuego principal.

No cambiaron el curso de la guerra, obviamente. Pero no estaban allí para eso. Estaban allí para estar. Que es una diferencia que muchos moralistas no entienden y casi todos los políticos eficaces sí.

Eso es, en el fondo, lo que hizo Callejas: comprender que en ciertos momentos la oportunidad no consiste en tener razón, sino en saber colocarse. Vio que lo importante no era liderar la guerra ni influir en la estrategia, sino ser el primero en alinearse con quien iba a ganarla y convertir un coste político interno en una ventaja internacional tangible. Es difícil negar la astucia de la operación.

Por eso resulta inevitable pensar en el presente. La posición del Gobierno de Sánchez, condicionada por las presiones de sus aliados, parece mucho más diseñada para sobrevivir al telediario que para defender intereses nacionales a medio plazo.

Es una política exterior de consumo interno, de eslogan moral y cálculo doméstico, que suele pagarse luego en silencio, cuando llegan las facturas de verdad: contratos que no se firman, inversiones que se enfrían, socios que toman nota y sectores estratégicos que descubren demasiado tarde que la pose también cotiza, pero a la baja.

Y España, conviene no olvidarlo, no es precisamente un actor irrelevante en la industria de defensa. Lo paradójico es que se quiera conservar el prestigio, el negocio y la influencia de una potencia seria mientras se adopta el lenguaje adolescente de quien cree que la geopolítica se resuelve con gestos de superioridad moral.

Luego llegan las cancelaciones, los desplantes, la pérdida de peso y el clásico consuelo nacional: no será nuestra guerra, desde luego, pero tampoco será ya nuestro contrato.