Salvador Illa sabía, y de sobra, que Pedro Sánchez no iba a mover un dedo para ceder el IRPF a Cataluña en puertas de las elecciones andaluzas.

La prensa de Madrid habla —y en eso las “fuentes” de Moncloa tienen mucho que ver— que Sánchez ha exigido a Illa la retirada de presupuestos. Madrid DF tiene estas cosas.

Sánchez e Illa hablan más que a menudo. El presidente catalán tomó la decisión —hablada con Sánchez— por razones estrictamente catalanas. Sabía que Madrid no movería pieza, y un escenario de elecciones es indeseable. Por el impacto de la guerra, por la inestabilidad política en España y porque los demoscópicos apuntan que la izquierda podría perder la mayoría.

Illa puede tener muchos defectos, pero no hace experimentos ni con gaseosa. Forzó la situación y presentó un proyecto de presupuesto. Pensó que con su compromiso personal, agitando el espantajo de la situación internacional —con razón— y el fantasma de las elecciones, junto a apelaciones a la estabilidad, la seriedad y responsabilidad, amén de unos números expansivos e inversores, iba a doblegar a Oriol Junqueras. Se veía con fuerzas y calculó mal.

Junqueras no cedió. Quería, y necesitaba, un triunfo para aplacar a unas bases de ERC soliviantadas por los escasos réditos, a su juicio, de los acuerdos con el PSC, y todavía sangrando por la herida de la división del último congreso. Su debilidad era su fuerza para resistir las presiones de Illa. Cuando ambos estaban a punto de caer por el precipicio, el presidente catalán se la envainó y dio un paso atrás retirando los números del Govern.

Salvador Illa ha asumido así su primera derrota, quizás por un exceso de confianza, un mucho de táctica y una cierta dosis de improvisación. Tuvo sus razones para dar un puñetazo encima de la mesa para mover el tablero catalán, porque está harto del ente volátil que representa Junqueras, y porque presentar presupuestos es una obligación y no una prebenda que se usa o no, en función del interés del gobierno de turno. Sus cálculos no fueron acertados y ha recibido un revolcón. Su imagen de hombre serio, sosegado y formal ha quedado en una nebulosa. Y su credibilidad, sin lugar a dudas, tocada.

Suerte que en la oposición no hay nadie ni se le espera. Junts, el principal partido, es lo más parecido a un erial. Ni siquiera han sido capaces de ponerle en un brete proponiendo apoyarle en los presupuestos. Así hubieran puesto el dedo en la llaga, hurgando en la relación con ERC. Pero, para variar, estuvieron, están y estarán, a por uvas.

Salvador Illa ha ganado tiempo y dinero, aprobando la ampliación de crédito de casi 6.000 millones. Ha conseguido que Junqueras se siente a negociar los presupuestos dejando de lado la cesión previa del IRPF.

El miércoles lo dijo claro, el jueves se esforzó en decir, una y otra vez, que Illa presente alternativas. Visto lo visto, las veleidades volátiles no se han ido, y ahí seguirán. ¿Alguien puede asegurar que ERC ahora votará a favor de los presupuestos? No. Primero, porque no está escrito en ningún sitio. Segundo, porque aunque lo estuviera, no es garantía de que los republicanos lo cumplan.

Algunos dicen que Junqueras ha ganado. Tengo mis dudas, porque se ha dejado pelos en la gatera. Su constante indefinición y su remake constante del peix al cove exaspera a más de uno. En el Govern, no digamos. Ha doblegado a Illa, pero lleva el sambenito de ser el culpable de que Cataluña no tenga presupuestos, y los culpables pringan en las urnas. No ha sido generoso. Illa sí, porque unas elecciones anticipadas hubieran abierto en canal a una ERC sin candidato y con pelea interna.

Ahora dicen que se abre un tiempo nuevo, pero se me antoja que estamos en más de lo mismo. Los presupuestos eran expansivos y, en lenguaje coloquial, buenos.

La cesión del IRPF es una quimera. Aunque nos la dieran, la Agencia Tributaria Catalana no tiene capacidad para ejecutarla. ¡Menos mal que Junqueras decía que una estructura de Estado!

Elegir entre lo importante y lo urgente es la base de la gestión del tiempo y la productividad. La clave principal es entender que lo importante —los presupuestos— contribuye a tus objetivos, mientras que lo urgente —el IRPF— requiere atención inmediata, pero no siempre aporta valor real.

La regla de oro de esta dicotomía es priorizar siempre lo importante antes de que se convierta en urgente. En junio, los presupuestos ya serán urgentes.