José Antonio Bueno y un campo de extracción de petróleo
Esto no va sólo de subvenciones
"Si el Gobierno quiere evitar que suban los combustibles, lo tiene muy fácil. Tanto, como que el precio real de la gasolina está en torno a los 80 o 90 céntimos. El resto, los otros 80 o 90 céntimos, son para Hacienda.
Una de las consecuencias de agitar el avispero de Oriente Medio es una notable escalada del precio del petróleo, ese producto del que supuestamente nos iban a salvar las renovables… pues no, seguimos en plena economía del petróleo, mal que nos pese.
La influencia del petróleo en los costes cotidianos es múltiple, pero para reducirla, subvencionar no es necesariamente lo más eficiente. Si los políticos dejasen hablar a los técnicos, a lo mejor encontrarían soluciones mejores y más baratas.
Sin duda, el impacto más relevante de los incrementos del precio del petróleo es en los combustibles. Y, siempre que suben los precios, parece que nos olvidamos de que hay un actor que logra “beneficios caídos del cielo”: la Hacienda pública, porque el precio de los combustibles se compone de impuestos, materia prima y algo de margen comercial.
Algo más del 50% del precio final de los carburantes son impuestos, dos: el Impuesto especial sobre carburantes y el IVA. Y, para 2027, está previsto un nuevo impuesto de la Unión Europea.
Si el Gobierno quiere evitar que suban los combustibles, lo tiene muy fácil. Tanto, como que el precio real de la gasolina está en torno a los 80 o 90 céntimos, y ahí se incluye el coste del petróleo, el del refinado, el transporte y el margen para todos los que intervienen en la cadena de suministro: desde el que está en el pozo de petróleo al de la gasolinera. El resto, los otros 80 o 90 céntimos, son para Hacienda.
Para bajar los otros 90 céntimos, los reales, lo primero es entender que no todo el petróleo es igual. La principal, que no única, diferencia es la densidad. Hay petróleos desde muy ligeros hasta extra pesados. Los muy ligeros son ideales para gasolinas, los pesados, para alquitranes.
La industria petrolera es bastante compleja y las refinerías están, en general, diseñadas para un tipo de petróleo. Una refinería diseñada para procesar petróleo árabe tiene que realizar cambios de calado para poder procesar petróleo venezolano. Por eso, asumir que el petróleo que no sale por el estrecho de Ormuz pueda reemplazarse por petróleo venezolano es mucho suponer.
El precio, además, se fija en un mercado muy estructurado y complejo. Tan importante para fijar el precio son los productores como los actores del mercado, inversores profesionales y muy sofisticados donde se mueve muchísimo dinero, también en forma de opciones y futuros.
Es evidente que el cierre de Ormuz es un evento muy serio, porque bloquea hasta el 20% de la producción mundial, pero no es menos cierto que algunos barcos entran y salen, en función de su bandera y que, más pronto que tarde, el Ejército americano tomará el control de la zona o, al menos, bajará los riesgos para los petroleros.
Si la ecuación no fuese suficientemente compleja, la propaganda norteamericana hace que la volatilidad del mercado sea extrema, y se mueva el precio un 10% o un 20% por simples comentarios.
La manera más eficaz de controlar los precios, además de asegurar el paso por Ormuz, es actuar sobre la oferta. En ese sentido, Trump ha liberado el embargo al petróleo ruso, y muchos países están liberando reservas estratégicas.
Japón cuenta con más de 400 millones de barriles en reserva, es decir, más de 250 días de su consumo. Estados Unidos tiene reservas para 100 días de importaciones, pero es que Estados Unidos exporta petróleo, por lo que podría forzar la máquina de producción. En general, los países más desarrollados tienen, al menos, reservas para 90 días de importación. Se calcula que hay más de 2.000 millones de barriles en reserva.
Esperemos que la crisis dure menos de 90 días, que el Gobierno toque los impuestos y que, poco a poco, vuelva la normalidad.
En cualquier caso, hemos de recordar que el petróleo llegó a 180 dólares por barril (precio ajustado por inflación) en la crisis de 1973, y ahora “aún” estamos en torno a los 100-110. Crisis, tal vez; pánico, de momento, no.