Sirvan los tres primeros vocablos, acrónimos —Make America Great Again (MAGA), Make Europe Great Again (MEGA) y Trump Always Chickens Out (TACO)— para definir algunos de los paradigmas de nuestra realidad.
En la cultura anglosajona, crear y describir situaciones mediante este tipo de expresiones es algo normal y habitual. En nuestro contexto cultural y periodístico, sin embargo, no es tan común.
El mundo anglosajón, en su vertiente norteamericana y con su legado de más de 300 años de historia, no ha valorado en exceso el matiz. Ir directamente al grano —straight to the point— cuenta con grandes maestros. Las escuelas de negocio lo han desarrollado con profusión y, a menudo, con éxito. En nuestra tradición coloquial diríamos, simplemente: “No irse por las ramas”.
En los últimos tiempos, descifrar tantos acrónimos de origen anglosajón nos tiene algo atribulados, especialmente cuando intentamos adaptar su traducción a las realidades que pretenden expresar.
Las supuestas “grandezas”, Magas y Megas, tanto la americana como la europea, son más bien deseos de márketing con exceso de fanfarria.
El TACO, por su parte, no es un insulto en su traducción al castellano; describe más bien una forma de actuar en el mundo anglosajón. Hace referencia a alguien que, con la cultura empresarial del sector inmobiliario de Nueva York de los años 60, cuando se le llevaba la contraria con determinación, optaba por retirarse y dejar al otro abandonado.
En nuestra tradición, la versión atlántica más cercana al mundo anglosajón norteamericano es Galicia. Y es en esta geografía donde aparece la figura de las meigas: unos personajes muy arraigados en la cultura popular, conocidas por sus dotes esotéricas y misterios para sanar.
Las traigo aquí a colación porque, en un mundo donde las relaciones internacionales cada vez están más descompuestas, deberíamos incorporar a nuestros equipos de relaciones exteriores, especialmente en su dimensión atlántica, un pequeño o gran grupo de meigas.
Tal vez con sus pócimas, exhortos y conjuros podrían aportar algo de luz a ciertas personas, y contribuir a que su cordura —o la nuestra— sea algo más homogénea. Como decía aquel refrán: “Yo no creo en las meigas, pero haberlas, háylas”.
Tal vez necesitemos la ayuda de estas brujas antiguas o modernas para ordenar el zafarrancho en el que nos están metiendo.
