Las guerras antes eran fundamentalmente un tema de los militares. Los ejércitos se enfrentaban entre sí, y los militares de uno y otro bando caían heridos en el campo de batalla.

La población civil solo se enteraba de las guerras porque reclutaban a jóvenes en levas para el Ejército, tenían que pagar más impuestos y, de manera esporádica, el Ejército enemigo tomaba una población.

Un ejemplo de los militares “de antes” es el almirante Blas de Lezo, quien recorrió medio mundo en defensa de España y, en distintas batallas, perdió una pierna, un brazo y un ojo.

En la batalla de Waterloo fallecieron más de 50.000 soldados el 18 de junio de 1815; en el desembarco de Normandía, hubo unas 10.000 bajas el 6 de junio de 1944; en la guerra del Vietnam cayeron cerca de 60.000 militares norteamericanos y más de un millón de soldados vietnamitas.

Aunque todo languidece cuando se compara con las grandes batallas de la primera y la segunda guerras mundiales, destacando en la barbarie la batalla de Stalingrado, con 800.000 bajas soviéticas y 500.000 alemanas. Pero la guerra antes iba de bajas militares y algunos civiles, entendidos éstos como un daño colateral, nunca como objetivo.

Ahora las guerras parece que han cambiado. Unos y otros se bombardean con el objetivo de dañar instalaciones y las bajas militares son más bien escasas, siendo muy superiores las de los civiles, porque las instalaciones militares no están aisladas, sino cada vez más escondidas entre la población civil. Las guerras ahora las siguen haciendo los militares, pero quienes fallecen son, sobre todo, civiles.

En el ataque de Estados Unidos e Israel a Irán casi no hay bajas militares por el lado atacante y, sin duda, el mayor número de bajas en Irán es de civiles.

Parece que lo que se persigue es infringir daños a la población para que se subleven y caiga el régimen, en lugar de reducir el número de efectivos del Ejército iraní, aunque sí su arsenal. Y la respuesta va por el mismo camino, molestar a las ricas monarquías de la zona para que convenzan a Trump de que pare. Lanzar drones a edificios en Dubái busca, sobre todo, un eco mediático directo e inducido a través de los influencers asentados en la zona.

Con la honrosa excepción de los generales israelíes que mantienen la tradición “acharei” (en hebreo, “seguidme”) y lideran desde el frente, los mandos militares ahora están en cuartel general, en ocasiones a miles de kilómetros de la acción.

La extracción de Maduro o la muerte de Bin Laden se retransmitieron en directo desde las cámaras de los soldados al puesto de mando en Estados Unidos. Si a esto le sumamos cómo se pilotan algunos drones mediante realidad virtual, vamos a una guerra más cercana a las películas que a lo que ha sido habitual hasta no hace mucho.

Que la Casa Blanca produzca videos de sus bombardeos para TikTok con música de la Macarena eleva la frivolidad a una nueva dimensión. Pero detrás de cada bombazo, detrás de cada casa que se hunde, hay familias y personas, no un videojuego.

Las consecuencias de esta guerra las sufren un reducido número de soldados, un número mayor de civiles en Irán que pierden sus vidas o al menos sus propiedades, un elevado número de civiles en Israel y en las monarquías del Golfo que viven asustados dentro de sus casas para evitar que les caigan trozos de misiles encima (y ojo, porque alguno de esos trozos es más grande que un coche); y, sobre todo, la economía de todo el planeta, víctima colateral y silente de este conflicto.

Si confinar a los residentes de Dubai es una consecuencia de la guerra que tiene entre poco y menos sentido desde la óptica militar tradicional, que las bolsas bajen y la economía se contraiga aún lo tiene menos. ¿Era éste el propósito de esta acción militar? Probablemente, no.

El estrecho de Ormuz, paso obligado para el 20% del petróleo mundial, no lo bloquea Irán con sus misiles, ni siquiera con sus drones; lo bloquea la aseguradora Lloyds, que se niega a asegurar a los buques en tránsito por esa zona. El petróleo sube por especulación, no porque ya haya escasez real. Una armada internacional podrá proteger a los barcos, pero alguien tiene que ir a 1 Lime Street a convencer a las aseguradoras.

La “corta” invasión de Rusia a territorio ucraniano lleva ya cuatro años, y no se ve el final. La respuesta de Israel al ataque terrorista de octubre de 2023 duró más de dos años. Esperemos que este ataque no se eternice y pronto termine, por el bien de los que la sufren en directo y, también, por la economía del planeta.