La semana pasada una amiga me invitó a un té y me contó que estaba disgustada con su novio (no viven juntos) porque, cuando llega la noche, a ella le apetece charlar un rato por teléfono para comentarle cómo ha ido el día, pero él no quiere estar pendiente del móvil. “Perdona, estaba viendo una serie”, le había dicho la noche anterior, para justificar por qué no había respondido a sus llamadas.
Mientras mi amiga me contaba su problema, me acordé de un exnovio que siempre me llamaba a las diez de la noche para contarme sus batallitas en el trabajo. Se enrollaba como una persiana, así que lo ponía en altavoz y aprovechaba para hacer cosas.
“Tienes ganas de colgar, ¿verdad?”, me decía cuando se daba cuenta de que no lo estaba escuchando. Para no ofenderlo, me aguantaba las ganas de decirle que sí, que lo que quería era tumbarme en el sofá a leer un libro o ver una peli, y que ya me contaría todo eso en persona. Tanta complacencia no podía ser buena: rompimos al cabo de tres meses.
Mi padre, que sufre una discapacidad física y le cuesta mucho expresarse oralmente, nos dice a mis hermanos y a mí que nos dejemos de tanto whatsapp y utilicemos nuestra voz para llamar. “Vosotros que podéis…”.
Sin embargo, creo que de forma inconsciente he ido desarrollando una fobia hacia las llamadas telefónicas y soy capaz de mantener una interminable conversación por medio de mensajes de audio que marcar el número de mi interlocutor. ¿Por qué? Ni idea. Pensaba que era un problema de los adolescentes, pero nos afecta a todos por igual.
“La verdad es que hemos creado mejores formas de comunicación que las conversaciones telefónicas en directo”, afirma Duncan Brumby, profesor del University College de Londres, que investiga el impacto de las notificaciones de llamadas en los usuarios de teléfonos inteligentes.
A pesar de que se habla mucho de la pérdida de habilidades sociales de los jóvenes a la hora de contestar al teléfono, Brumby considera que simplemente “hemos perdido la costumbre y preferimos la comodidad de las conversaciones asincrónicas”.
Para explicar la ansiedad que sentimos al ver en la pantalla del móvil que alguien nos llama, el profesor británico cree que lo que estamos haciendo es adoptar un patrón asociativo, igual que un perro empieza a salivar cuando detecta que su amo se dirige a la cocina.
“Ocurre lo mismo cuando oímos sonar nuestro teléfono, pensamos que probablemente nos espera algo malo”, añade. Según una encuesta llevada a cabo el año pasado por USwitch, software británico de servicios al consumidor, el 56% de la población con edades comprendidas entre los 18 y los 34 años asume que una llamada espontánea significa malas noticias.
Otro dato relevante es el hecho de que más de la mitad de las llamadas que recibimos hoy proviene de estafadores o vendedores telefónicos (reales o robots) a los que a veces contestas por el mero placer de mandarlos a la m de forma original.
Por último, Brumby destaca que las llamadas “reales”, a diferencia de Facebook, Instagram o un chat de Whatsapp, ofrecen infinitas oportunidades de decir algo de lo que más tarde te puedas arrepentir, mientras que los mensajes de texto o audio permiten medir bien nuestras palabras y hasta autocensurarnos.
“Contestar el teléfono significa estar disponible aquí y ahora, sin red de seguridad y sin demora. Para muchos adolescentes (y para señoras de 46, como yo) esta inmediatez se percibe como estresante, como una pérdida de control. No hay tiempo para pensar en lo que se quiere decir. Se puede tartamudear, decir demasiado o demasiado poco, expresarse mal o quedar en evidencia”, señala Anne Cordier, profesora de Ciencias de la Información y la Comunicacion de la Universidad de Lorraine, en un artículo para The Conversation.
La comunicación escrita, por el contrario, permite un mayor control, ya que ofrece opciones, como redactar, borrar y reescribir, posponer y suavizar las cosas. “Es más fácil comunicarse de forma eficaz cuando primero puedes permanecer en silencio”, añade Cordier.
Por otro lado, la experta francesa defiende que el deseo de controlar el tiempo, las palabras y las emociones no es solo un capricho adolescente, sino que refleja una forma más amplia de navegar por las relaciones sociales a través de las pantallas, en la que cada individuo se concede a sí mismo el derecho de elegir cuándo, cómo y con qué intensidad conectarse.
En este contexto, los móviles se convierten en una interfaz flexible, que proporciona conexiones y a la vez nos ofrece vías de escape. “No querer contestar no significa necesariamente rechazo o indiferencia: se trata más bien de la necesidad de espacio, de aplazar el intercambio, de gestionarlo según los recursos emocionales de cada uno en ese momento”, concluye.
Lo dicho: “Ahora prefiero mirar una serie que contestarte al móvil”.
