En El Suplement de Catalunya Ràdio, la consejera de Economía, Alícia Romero, contó este domingo una anécdota reveladora.

Cuando estudiaba Derecho en la Universitat Pompeu Fabra participó en actividades teatrales. Y el director, según explicó entre risas con el periodista Roger Escapa, le reconoció algo que no suele figurar en los currículos de los juristas: su vis cómica.

El detalle podría parecer menor, una simple pincelada biográfica de las que se deslizan en las entrevistas radiofónicas. Pero quizá no lo sea tanto.

Quien haya observado el funcionamiento del Govern de Salvador Illa habrá reparado en un rasgo peculiar: Romero es, probablemente, la consejera más risueña del Ejecutivo. Y lo es sin caer jamás en la frivolidad.

La sonrisa —cuando es auténtica— suele ser un indicador de seguridad. En política, donde abundan las imposturas y los semblantes adustos, también puede convertirse en una forma de autoridad.

Romero la muestra con naturalidad. En sus intervenciones parlamentarias y entrevistas mantiene un tono afable, casi didáctico, que contrasta con la densidad de los asuntos que maneja: presupuestos, financiación autonómica, negociación fiscal o arquitectura institucional.

Hay políticos que creen que la gravedad del cargo exige también gravedad en el gesto. Romero parece practicar la tesis contraria: precisamente porque los temas son complejos conviene explicarlos con claridad y sin aspavientos.

Su estilo comunicativo tiene algo de pedagógico. Y quizá ahí se encuentre la huella de aquella antigua inclinación teatral.

No es casual que, dentro del Govern, Romero se haya convertido en una de las voces más sólidas. No hay otro nombre que reúna al mismo tiempo peso político y capacidad comunicativa.

Durante la última grave crisis en Rodalies, en ausencia de Illa por enfermedad, ni Albert Dalmau, consejero de Presidencia, ni Sílvia Paneque, consejera de Territorio, destacaron precisamente por su pedagogía pública.

La consejera de Economía maneja, en cambio, el área más sensible del Ejecutivo —los recursos— y, al mismo tiempo, es capaz de explicarse sin caer en el tecnocratismo.

Esta combinación no abunda. En la política catalana han proliferado perfiles muy ideológicos o, por el contrario, muy administrativos.

En el PSC abundan los segundos, magníficos jefes de negociado. Romero parece situarse en una zona intermedia: solvencia técnica, experiencia parlamentaria y camaradería transversal —de la que solo quedan fuera el PP por españolista y las dos ultraderechas.

Sin embargo, esa vocación conciliadora tiene un precio. En ocasiones Romero parece asumir con demasiada docilidad algunos de los marcos del soberanismo.

Entre ellos, la recurrente mercancía averiada de las balanzas fiscales, convertidas en un marco general que convertirá cualquier mejora de la financiación autonómica en insuficiente e injusta.

A una consejera de Economía cabría pedirle algo más que prudencia diplomática con sus socios: también claridad intelectual.

El buen clima parlamentario puede ser una virtud en tiempos de fragmentación política, pero no debería confundirse con la complacencia.

Gobernar exige negociar, sí, pero también marcar límites. Y el PSC, que ideológicamente es (¿o era?) federalista, no debería adoptar acríticamente los lugares comunes del nacionalismo.

En la entrevista, Romero esquivó la hipótesis del adelanto electoral, aunque ese escenario solo está en manos de Illa, tentado de apretar el botón de las urnas si Oriol Junqueras mantiene su negativa a los presupuestos para 2026 hasta que el Gobierno español no se comprometa públicamente a ceder a la Generalitat la recaudación del IRPF.

Pese a la gravedad del momento —si las cuentas fueran finalmente rechazadas la legislatura catalana entraría en vía muerta—, la vis cómica de la consejera invita a pensar que algún apaño de última hora con ERC aún es posible.

Si fuera así, Romero, que también de joven era aficionada al baloncesto, encestaría el tiro más importante.