Extrañas tangencias de lo político y lo poético: pensando en Cataluña ayer tarde, las divagaciones me llevaron a recordar al escritor Fernando Pessoa.

Fernando Pessoa se inventó, a principios del siglo XX, tres movimientos poéticos, tres: paulismo, interseccionismo y sensacionismo.

Era un hombre muy creativo, tenía la obligación moral y patriótica autoimpuesta de inventarse él solito, con la ayuda de sus amigos y de sus alter egos, una generación de poetas que estuvieran a la vanguardia del mundo.

Casi lo consiguió. Lo que sí consiguió a ciencia cierta fue convertirse en el poeta portugués más importante de la historia. Véase la biografía que le dedicó Richard Zenith, publicada en español hace unos pocos meses, y que yo tuve el honor de traducir.

Esos tres movimientos que abanderó Pessoa duraron poco, él saltaba en seguida de un proyecto poético a otro. En cuanto al “paulismo”, término que procede de pauis, o sea en portugués, “pantanos”, ¿no recuerda un poco a la situación catalana, social, económica, y sobre todo política, de hoy?.

El paulismo, variante del simbolismo francés, nació del poema de Pessoa titulado “Impresiones del crepúsculo”: “Para qué es todo esto…/ Fanfarrias de opios de silencios futuros… Unos trenes distantes…/ Portales vistos desde lejos… a través de árboles… ¡tan de hierro!”. Etcétera, etcétera.

Como digo, el paulismo o pantanismo se caracterizaba por los ambientes crepusculares, sombríos, por los ambientes morales y físicos propios de las aguas estancadas y pantanosas, con gusto por las vaguedades, por lo decadente y nebuloso y exangüe, por las atmósferas pesadas y los límites imprecisos.

¿No suena a eso la vida pública catalana? Digo pública, porque en la privada cada uno va como quiere o como puede: luchando, disfrutando, teniendo claros propósitos, fracasando o triunfando. Lo público está estancado. Es paulista.

Por lo menos hasta el procés, que fue el movimiento en que desembocó con lógica naturalidad el nacionalismo pujolista (el cual sembró sus bases en la conformación, o deformación, de la psicología colectiva), se veía en Cataluña una dirección clara en la deriva de los asuntos públicos; dirección clara, y catastrófica, pero bien definida, bien perfilada, con una idea rotunda en el horizonte. Otra cosa es que no se supiera alcanzar y todo acabase en la chapuza, la fuga de capitales y de empresas, y la intervención del Estado para evitar la ruina total.

Las amnistías y los indultos que concedió el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, con el objetivo exclusivo de ganarse a cambio el apoyo a la formación de su Ejecutivo, fueron un éxito de los procesistas (yo creo que sería más exacto llamarlos golpistas, pero por no ofender, me atengo a lo de “procesistas”).

La colocación de sus líderes en empresas públicas y la distribución de otras prebendas, así como la asunción de su agenda política y económica, todo eso, a pesar de la pérdida de la Generalitat, es un éxito del procesismo, sí pero un éxito paulista: lo difumina, lo entenebrece, lo crepusculariza, lo empantana. Lo pauliza.

Algo parecido pasa con el gobierno de la Generalitat socialista: lo único que ofrece y da es no hacer demasiadas gansadas. Ni siquiera tiene oposición, con la excéntrica salvedad de la alcaldesa de Ripoll, cuya voz me suena como el gañido del grajo que desgarra la oscuridad de la negra noche.

(Espero que por calificarla de “gañido” no se considere un ataque “ad hominem” --o si se quiere, “ad feminam”, aunque “ad hominem” incluye por igual a varones, hembras y entidades no binarias--, pero estará de acuerdo el lector que a esa voz tan percutante no la podría yo calificar, en justicia, de “trino”, ni de “zureo” ni de “arrullo” ni mucho menos de “gorjeo”).

En Cataluña no hay oposición, salvo la que encabeza la señora Orriols, que promete volver a las andadas, a la independencia y todo eso que a muchos atrae, pero nadie cree posible. Es la suya una “rauxa”, sí, pero nostálgica, paulista.

En el mundo político se repiten muchos mantras, especialmente lingüísticos, pero nadie cree en ellos de verdad. Los partidos alérgicos a la fe nacionalista prácticamente no existen: fue torpedeado hasta su hundimiento --en buena parte, por el fuego amigo de la jefatura madrileña del partido--, y Ciutadans se autoinmoló en el altar de las ambiciones de sus dirigentes.

No voy a llorar por la leche derramada, y admito que algunos hacen animosos y encomiables esfuerzos por el optimismo, pero… todo suena un poco crepuscular, paulista.