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Anna Wintour con sus icónicas gafas negras

Anna Wintour con sus icónicas gafas negras

Pensamiento

Reivindicar a Anna Wintour

"En el imaginario empresarial, el hombre exigente es brillante. La mujer exigente es distante. No se trata de victimismo. A Jobs se le perdona su temperamento. A Wintour se le cuestiona su carácter"

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Estimadas lectoras y lectores,

Hoy quiero reivindicar la labor de Anna Wintour. Y lo hago enfrentándola al genio indiscutible de Steve Jobs. Las personas creativas, rompedoras y con carácter me atraen. Y por esa razón, llevo tiempo con la mosca detrás de la oreja: ¿puede ser que tenga la sensación de que socialmente no posicionamos a ambas figuras al mismo nivel?

Para evitar mis propios sesgos, pregunté al oráculo contemporáneo: ChatGPT. Le pedí los calificativos más utilizados para cada uno. El resultado fue revelador.

A ambos se les reconoce como visionarios. Pero a Jobs se le añaden carismático, innovador, perfeccionista y exigente. Mientras a Wintour se la define como influyente, decidida e institucional. Términos correctos, sí, pero desprovistos de la trascendencia que también posee su trayectoria.

Para rizar el rizo, pregunté por la memoria colectiva que genera cada uno. Jobs evoca al visionario tecnológico y genio creativo; Wintour queda definida como ice queen y por su longevidad en el poder. ¡Vaya!, pues, claramente, no era solo una intuición mía. Las evidencias confirman que la imagen que socialmente tenemos de uno y de otro no es equitativa.

Ambos son líderes que han exigido a sus equipos altos niveles de compromiso. Ambos han sido descritos como difíciles y obsesivos. Pero mientras esas cualidades refuerzan el mito de Steve Jobs, a ella la encasillan en la frialdad y la distancia.

Y me pregunto, ¿por qué la directiva que convirtió Vogue en el centro del ecosistema global de la moda, que contribuyó a construir el lujo contemporáneo y que además logró importantes resultados económicos para su empresa no se considera un referente de estrategia empresarial y de éxito?

Ninguno de los dos se licenció y ambos representan la vieja escuela del oficio: aprender haciendo; de aprendiz a Maestro. Se formaron en la disciplina casi artesanal y un profundo sentido de la estética.

Jobs fue un enamorado de la caligrafía, el cuidado por el detalle era parte de su ética profesional.

Anna creció entre periodistas. Empezó trabajando en los años setenta en una tienda en Londres. Hasta llegar a Vogue US en 1988, pasó por Harper’s & Queen, Harper’s Bazaar US, Viva, New York Magazine, British Vogue y House & Garden, ocupando casi todos los puestos editoriales imaginables.

Pero Anna no se limitó a dirigir una revista. Su visión fue radicalmente moderna: anticipó a una nueva mujer directiva en ascenso. "Quiero que Vogue sea ágil, afilada y sexy. No me interesan las personas infinitamente ociosas. Quiero que nuestras lectoras sean mujeres ejecutivas, enérgicas, con dinero propio y un amplio rango de intereses”. Una vez en el Olimpo, fue más allá y se convirtió en líder de toda una industria. Eventos como MET Gala se transformaron en auténticas plataformas de negocio y relación. Anna quería que la gente se conociera, que hablara, que surgieran vínculos. Si la industria crecía, también lo haría su negocio y su leyenda.

Hay un dato elocuente. Jobs fue expulsado de Apple, fracasó comercialmente con NeXT, regresó y triunfó. Su trayectoria es épica. Wintour, en cambio, ha permanecido más de tres décadas en la cima, acumulando poder de forma constante. “El éxito no llega siendo amable todo el tiempo. Debes seguir adelante incluso cuando no es cómodo”.

En el imaginario empresarial, el hombre exigente es brillante. La mujer exigente es distante. No se trata de victimismo. A Jobs se le perdona su temperamento. A Wintour se le cuestiona su carácter. Pero según afirma “si no puedes tomar decisiones difíciles, no puedes liderar”. Y estoy totalmente de acuerdo.

Ha llegado el momento de revisar esa asimetría. No para reducir a Jobs, sino para admirar a Wintour: reconociendo que la excelencia rara vez es cómoda y que el liderazgo que transforma casi nunca es complaciente. Wintour afirma que no habría imaginado su vida sin trabajar, ni tampoco sin ser madre. Este posicionamiento también es relevante. Porque la historia reciente ha dejado algo claro: el genio no siempre lleva jersey negro. A veces también lleva gafas oscuras.